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Octave Mirbeau, « Las bocas inútiles »

Octave Mirbeau, « Las bocas inútiles »

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Cuento de Octave Mirbeau, "L'Écho de Paris", 23 de Julio 1893.
Cuento de Octave Mirbeau, "L'Écho de Paris", 23 de Julio 1893.

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Octave MIRBEAU
Las bocas inútiles
El día que quedó plenamente comprobado que François nopodía trabajar más, su mujer, mucho más joven que él y muy viva,con dos ojillos brillantes de avara, le dijo :— ¡ Qué quieres, mi hombre !... Por mucho que pases lashoras lamentándote... Todo tiene un final en esta vida... Eres viejocomo el puente del Bernache... tienes casi ochenta años... tieneslos riñones nudosos como un viejo tronco de olmo... Tienes quetomar una determinación... descansa... Y aquella noche no le dio de comer. Cuando vio que el pan yla jarra de vino no estaban sobre la mesa como de costumbre,François sintió frío en el corazón. Y con voz temblorosa, una vozhumillada que imploraba, dijo :— Tengo hambre, mujer... me gustaría comer un bocado...— ¡ Tienes hambre !... tienes hambre..., es una lástima, mipobre viejo... no puedo hacer nada... Cuando uno no trabaja... notiene derecho a comer... hay que ganar el pan que uno se come...¿ No es cierto ?... Un hombre que no trabaja no es un hombre... esnada de nada... es menos que una piedra en un jardín... menosque un árbol muerto sobre un muro...— Pero, puesto que no puedo... lo sabes muy bien... — objetóel buen hombre — me gustaría trabajar... pero no puedo... laspiernas y los brazos no quieren trabajar más.— ¿ Te reprocho yo algo ?... ¿ Es culpa mía, vamos ver ?...Hay que ser justo en todo... Yo soy justa... Cuando has trabajado,has comido... Ya no trabajas... muy bien, pues ya no comes... Esaes la cuestión... ¡ No hay nada que decir !... Tan claro como quedos y dos son cuatro... ¿ Guardarías en el establo, con el pesebrelleno y avena en el comedero a un viejo jamelgo que no semantuviera sobre las patas ? ¿Lo guardarías ?...— ¡ No, claro está ! — respondió lealmente François, al queesta comparacn pareció consternar por su implacableexactitud...
 
¡ Entonces !... ¡ Ya ves ! ¡ Hay que tomar unadeterminación !... Y, con voz burlona, le recomendó :— ¡ Si tienes hambre, cómete un puño... y guarda el otropara mañana!...La mujer iba y venía por la habitación muy pobre pero muylimpia, ordendolo todo para adelantar el trabajo del asiguiente — pues a partir de ahora tendría que trabajar por dos —,y para no perder tiempo, desgarraba con mordiscos rápidos untrozo de pan moreno y una manzana n verde que habíarecogido bajo los árboles, en el patio...El viejo la miró con ojos tristes, con ojillos parpadeantes que,por vez primera probablemente, supieron lo que es una lágrima.Sintió pasar sobre él, sobre sus viejos huesos anquilosados, unainmensa y pesada angustia, pues sabía que ninguna discusión,ninguna súplica podrían conmover a aquel alma más dura que elhierro. Sabía que aquella terrible ley que le aplicaba, la habríaaceptado para sí misma, sin ningún desfallecimiento, pues eraestricta, simple y leal como el crimen. Sin embargo, se atrevió adecir, sin convicción, y con una mueca solapada en los labios :— Tenemos algunos ahorros...Vivamente, la mujer exclamó :— ¡ Algunos ahorros ! ... ¡ Algunos ahorros !... ¡ Ah, muybien, gracias ! ¿ Has perdido la cabeza, verdad ? Si hubiera quetocarle a nuestros ahorros, ¿dónde iríamos, me lo quieres decir?... Y el hijo para el que los hemos guardado ¿ qué diría ? ... No, no... ¡Trabaja y tendrás pan... No trabajas y no tendrás nada ! Es justo...¡ así es como debe ser !...— ¡ Está bien !... — dijo François. Y se calló, con la mirada ávidamnte clavada en la mesa vacíay que a partir de ahora estaría siempre vacía para él... Encontrabaaquello duro, pero en el fondo lo encontraba justo, pues su almade ser primitivo no había podido elevarse jamás de las tinieblasesquivas de la Naturaleza al luminoso concierto del Egsmohumano y del Amor.Se incorporó trabajosamente, dando pequeños gritos dedolor : « ¡ Oh ! ¡ mis riñones ! ¡ oh ! ¡ mis riñones ! » Y entró en la
 
habitación contigua, cuya puerta se abría completamente oscuraante él, como una tumba.* * *Ese terrible momento tea que llegarle, como le llegóantaño a su padre, a su madre, a los que, como brazos impotentesy bocas inútiles, él también le había negado el pan de los últimosdías sin trabajar, con implacable rigor. Este momento lo veía venirdesde haa tiempo. A medida que sus fuerzas disminan,disminuían también las raciones parsimoniosamente medidas desus comidas. Primero le habían recortado parte de la carne deldomingo y del jueves, luego parte de las legumbres diarias. Ahorale tocaba el turno al pan, que le quitaban de la boca. No se quejópor ello y se dispuso a morir, silenciosamente, sin un grito, comouna planta demasiado vieja, cuyos tallos secos y cuyas raícespodridas ya no reciben la savia de la tierra.Él, que no había soñado jamás, soñó esa noche con su últimacabra. Era una cabra muy vieja, muy dulce, muy blanca, concuernecillos negros y una larga perilla similar a la de los diablosde piedra que brincan sobre la portada de la iglesia. Después dehaber dado durante mucho tiempo lindos cabritos y buena leche,su vientre se había quedado estéril, y sus pobres ubres se habíansecado. No costaba nada, no obstante, en alimento ni en lecho depaja, y no molestaba a nadie. Atada a una estaca todo el día, aunos metros de la casa, ramoneaba las puntas del árgoma de lalanda comunal y se paseaba tanto como le permitía la longitud desu cuerda, balando alegremente a las personas que pasaban a lolejos, por el sendero. Habría podido dejarla morir también. Pero lahabía degollado una mañana, porque es necesario que todo lo queya no produce nada, leche, semillas o trabajo, desaparezca ymuera. Y veía de nuevo sus ojos de cabra, sus ojos tiernamenteasombrados, sus dulces ojos llenos de afectuoso y moribundoreproche cuando, sujetándola abatida entre sus piernasapretadas, le urgaba en el cuello sangrante con el cuchillo. Aldespertarse, con el pensamiento n ocupado por el suo,François murmuró :

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