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Wieck Stewart - Clan Toreador (World of Darkness - Novelas de Clan Vampiro 01)

Wieck Stewart - Clan Toreador (World of Darkness - Novelas de Clan Vampiro 01)

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que libro el primero de la saga de los caballeros del santo grial WW
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World of Darkness -
Mundo de Tinieblas:
CLAN TOREADOR
(Grupo "Vampiro", Serie "Novelas de Clan" vol.01)Sterwart Wieck
Clan Novel: Toreador 
 Traducción: Oscar Díaz García
PRIMERA PARTE:Leopold_____ 1 _____Domingo 20 de junio de 1999,4: 29 hPiedmont Avenue, Atlanta, Georgia
Leopold se sentó con Michelle acurrucada en su regazo. Ambos estaban desnudos, aunque la bajatemperatura de su taller en el sótano no afectaba al cuerpo de Leopold de la misma manera que al de ella.Aunque inconsciente, Michelle reaccionaba al frío. Los pezones de sus pequeños senos estaban erectos yondas de carne de gallina aparecían y desaparecían atravesando sus largas piernas y la región lumbar hastasu esbelto cuello.Había mordido el interior de su muslo, donde la artería femoral comienza su descenso a lo largo de supierna. Al principio ella había fingido su pasión, pero se asustó un poco cuando recibió el mordisco. Acontinuación, él tragó varios bocados de sangre muy rápidamente, y su excitación se volvió más auténtica.Al borde del orgasmo, Michelle debió pensar que Leopold era muy hábil y que estaba ansioso por dar placer.Sin embargo, tras esos primeros tragos de sangre, Leopold sólo estuvo interesado en saciarse. Sealimentaba pocas veces porque se sentía incómodo al atraer a mujeres a su sótano para lo que sabía queellas asumían que era sexo a pesar de la excusa de posar para él. Siempre se reían de eso, y aunquedespués se desdecían cuando veían que realmente tenía un taller en el sótano volvían a reírse cuando lespedía que se quitaran la ropa.Con los hombres era aún más difícil, ya que el hombre que pudiera desear como modelo nonecesariamente era gay, así que en raras ocasiones les llevaba a su sótano por voluntad propia. Tenía queconvencerles cuidadosamente, con los métodos de la Estirpe.Como algunas de las chicas
-
-o quizá ya fueran mujeres; Leopold sabía que estaba perdiendo lahabilidad de calcular la edad de un humano
-
- Michelle sencillamente se quitó la ropa y fue hacia Leopold.Muchas de ellas sólo querían un lugar donde pasar la noche. Estaban dispuestas a trabajar por tener untecho sobre sus cabezas, pero el único trabajo que conocían era el sexo, y Leopold suponía que preferiríanacabar antes que después.Como hacía con todas las posibles modelos que llevaba a su casa, Leopold había recogido a Michelle alo largo de Ponce, antes de acercarse a su hogar de la Avenida Piedmont. Siempre se podía impelir un poco aaquellas que parecían poco dispuestas a irse con él. Aparte de éste, Leopold conocía pocos de los poderesasombrosos que poseían algunos Vástagos, pero no le costaba convencer a la mayoría de los mortales deque era inofensivo y simpático.Michelle vino sin que necesitara esforzarse. Era una chica guapa que evidentemente llevaba el tiemposuficiente en la calle para saber como aprovechar su belleza, pero no lo bastante para entender que subelleza no duraría. Había algo en ese atractivo deslustrado que encajaba con el carácter de Leopold.Cuando ella buscó inmediatamente su atención sexual, Leopold lamentó la oportunidad perdida deesculpir su visión, pero esa noche no le interesaba imponer su voluntad sobre la de otro mortal. Aceptó sudeseo y también hizo lo posible por satisfacerlo. Al menos esta noche tendría un techo seguro.Se río un poco de su idea de una casa segura. La mantenía a salvo según su criterio, pero Leopolddudaba que Michelle considerara seguro el lugar en el que un monstruo con colmillos le chupaba un litro desangre.Después se calmó y se tragó su risa. ¿Podría ser esto lo que querían decir los Vástagos cuandohablaban de perder su humanidad? Leopold había sentido a la Bestia
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-esa parte de él que se regocijabacuando cazaba al acecho y mataba y perdía el control de sí mismo
-
- pero era sencillo mantenerla a raya sidejaba que su conciencia fuera su guía.Pero ¿adonde le había llevado su conciencia esta noche? ¿A reírse por apurar la sangre vital de unalma agotada como Michelle? Sí, necesitaba ese fluido para vivir, pero ¿desde cuándo se ha vuelto un asuntocómico? ¿Dónde estaba la sensación de violación? ¿Y la tragedia?Sabía que había muchos Vástagos que lamentaban la pérdida de lo que consideraban que eran laspartes humanas de sí mismos. No las pérdidas superficiales, como la respiración, o incluso las psicológicas,como la luz del sol, sino las cualidades esenciales que definían a la humanidad. La capacidad de amar, desoñar, de sentir simpatía. También había muchos Vástagos que no sentían la pérdida, especialmente los viles miembros delSabbat, esos vampiros asesinos y nefandos que no se preocupaban por los Vástagos que no eran ellos, ypara los que los humanos no eran más que reses. Los Vástagos del Sabbat, y también algunos de la
 
Camarilla, parecían desechar a la ligera una porción vital de ellos mismos. Quizá consideraban que dichossentimientos, como la piedad o el amor, eran los órganos vestigiales de la existencia mortal, pero Leopold nopodía concebir el impacto profundo de dicha pérdida.Aunque quizá se encontrara en ese mismo camino.Leopold examinó la herida que había abierto en la cara interior del muslo de Michelle. La heridadesigual que señalaba dónde la había mordido se encontraba a lo largo de la línea marcada en la piel por elelástico de su diminuta ropa interior. Eso le hizo sentirse extrañamente mareado. A pesar de todo, no podíadejar sin hacer su parte, sobre todo cuando podía deshacer parcialmente el daño, así que humedeció sulengua en su boca y la extendió con indecisión hacia la herida. Cuando la lamió, saboreando la sangre de laherida una vez más, la rasgadura en la piel se cerró. Tan bien, de hecho, que las marcas del elásticodesaparecieron igualmente.A continuación Leopold miró a Michelle. Ahora estaba algo más pálida, y más hermosa por ello. Habíadesaparecido parte de la rubicundez de las tensiones a las que sometía a su cuerpo, por la mala vida y lasdrogas de baja calidad. Su piel casi luminiscente volvía diáfano su cuerpo hambriento y ocultaba loshematomas de los frecuentes pinchazos.La suya era una belleza que aún podía capturar y preservar. Muchos Vástagos, especialmente los Toreador, pensarían en cerrar sus manos alrededor de su amante mediante el Abrazo, transformándola en unVástago. Leopold no quería tener esos pensamientos, y le gustaba que dichas ideas siguieran siendosecundarias con respecto a su primer impulso: inmortalizarla en piedra.Leopold seguía pensando en ello mientras estaba sentado con las piernas cruzadas sobre el suelo conel cuerpo apoyado en su regazo desnudo. Aunque se sentía tentado, quedaba muy poco para el amanecer eincluso un boceto sería apresurado y no serviría para animar posteriormente a su memoria.Con uno de sus delgados dedos, Leopold apartó unos cuantos mechones de pelo sucio de su rostro yla miró fijamente. De repente se sintió estúpido por toda la atención que le dedicaba. Sí, era bella, peronunca le habían gustado las mascotas y hasta cierto punto necesitaba acostumbrarse a la realidad de surelativamente nuevo lugar en la vida: era un Vástago, un ser que podía considerarse superior a los mortales.Con eso, acarició de nuevo su cabello, pero esta vez como si Michelle fuera más un cachorro dormidoque una persona.Pensó que era divertida la manera de alimentarse de los Vástagos. Se río ante la dicotomía de suimagen de la Estirpe diferenciada y por encima de la humanidad, aunque eran ellos los que se escondían porla noche y vivían una vida parecida a la de los humanos de épocas pasadas, como los antiguos antepasadosde gente como Michelle que sobrevivieron mediante la caza y la recolección.Se escabulló con cuidado de debajo de Michelle, dejándola como una muñeca de trapo sobre el suelo. Tras recoger su ropa y ponérsela debajo del brazo, Leopold se agachó, la cogió por sus axilas y en parte laarrastró y en parte la llevó a cuestas hacia la escalera, y después arriba a la cocina de la primera planta.La cocina era grande, como todas las habitaciones de la vieja y anticuada casa. No obstante, adiferencia de muchas cocinas de soltero, esta no tenía una mota de polvo, aunque era por su completodesuso y no por la actitud perfeccionista de Leopold. Para mantener las apariencias ante invitados comoMichelle guardaba unas cuantos alimentos, como mantequilla de cacahuete y cereales en la despensa y losarmarios, además de un puñado de productos no perecederos, como cerveza barata y pizzas congeladas enel frigorífico y el congelador, respectivamente.A medida que se acercaba el amanecer Leopold podía sentir temblores fríos en su corazón, algo quepensaba que había sentido cuando su pulso se aceleraba aún siendo mortal. Una mano gélida cerrándosesobre él y apremiándole a buscar refugio.Llevó deprisa a Michelle a través de la cocina, por el vestíbulo y hacia la puerta que mantenía cerrada.Apoyó el cuerpo desnudo y desplomado contra sus muslos y rodillas, liberando así una mano para coger eltirador. Al abrirse la puerta salió aire frío hacia el vestíbulo. Era la única habitación de la casa en la queLeopold tenía aire acondicionado, y lo puso únicamente para comodidad de sus invitados. El gasto fuemoderado y consideró que ayudaba a mantener las apariencias.La habitación estaba algo desordenada. Una cama con sábanas y mantas revueltas. Muchas prendasde hombre y unas pocas de mujer tiradas por el suelo, pero en su mayoría agrupadas en un montón situadoal lado de las puertas de un armario que se abrían a izquierda y derecha. Una cómoda grande de decentefactura con botellas de cerveza vacías y ceniceros llenos aunque no a rebosar.Las ropas de Michelle cayeron al suelo y después Leopold la puso sobre la cama y la tapó con unasábana y una manta. Ajustó el aire acondicionado empotrado
-
-la casa era demasiado vieja para haber hechouna instalación central
-
- y después abrió el armario. Atornillada al suelo, bajo las sombras de camisas ypantalones en perchas, había una pequeña caja fuerte.Leopold manejó el dial y abrió rápidamente la caja. Retiró unas cuantas cosas, cerró la caja y laspuertas del armario y caminó hacia la cómoda para completar su camuflaje.Extendió los objetos sobre la superficie de madera de modo más o menos aleatorio. Doce dólares enun billete de cinco y siete de uno. Una papelina de coca y una pajita para aspirarla. Y el
coup de grace:
unapequeña bolsa con varias rayas de coca. La puso debajo de un número atrasado de la revista
Time
para quepareciera olvidada.Casi con toda seguridad, la mujer desesperada que llevó a su casa cogería el dinero y la coca y semarcharía antes de que el hombre que no recordaba volviera para sorprenderla, o quisiera volver a hacer elamor con ella. Una cantidad tan pequeña de coca no era muy cara, pero era algo de gran valor psicológicoque permitía pensar a una mujer que era ella la que había salido ganando de la noche. Además, la cocaexplicaba el dolor de cabeza y la debilidad que sentiría tras haber perdido una buena cantidad de sangre.Leopold cerró la puerta a su espalda y echó la llave a la puertas principal y a la trasera de la casa
 
antes de volver a bajar al sótano. Cerró y atrancó la puerta del sótano desde dentro. Sólo un invitado habíasido lo bastante valiente o avaricioso como para esforzarse lo suficiente para derribar esa puerta. Se habíallevado unas cuantas esculturas pequeñas, pero Leopold las recuperó tres noches después cuando sealimentó algo más de lo habitual. Incluso entonces, la chica no se preocupó en hurgar en la bodega en la queLeopold pasaba sus días.Faltaba menos de media hora para el alba, y Leopold no quería arriesgarse a la más mínimaexposición, así que se retiró a esa bodega. Las viejas puertas eran de roble pesado y prácticamenteirrompible. Cuando se mudó a la casa, Leopold hizo quitar las puertas y darlas la vuelta para que se pudieraatrancar desde dentro. Un Brujah duro de pelar podría abrirse camino a través de ellas, y una Res con unasierra eléctrica también, pero se mantenía alejado de los tipos problemáticos, y las mujeres para las que unapequeña bolsa de coca compensa una noche de olvido no se molestaban tanto.Por tanto, Leopold estaba a salvo, al menos por el momento y hasta el día siguiente.
_____ 2 _____Domingo 20 de junio de 1999, 5:00 AMCorporación Financiera de Boston, Boston, Massachusetts
El hombre de traje oscuro tamborileó los dedos sobre uno de sus teléfonos móviles. Era el últimomodelo, brillante y finísimo, con sofisticadas opciones de programación que permitían a Benito Giovannirealizar muchas acciones asombrosas de hechicería comunicativa.Su tamborileo insistente definitivamente fue demasiado para el ligero objeto y se movió de suposición. La frente de Benito se frunció aún más y sus ojos intensos y furiosos taladraron el aparato negro. Lopuso derecho y con unos cuantos movimientos diestros lo volvió a alinear con los otros dos teléfonos móvilesque había encima de su enorme escritorio rojo de cerezo.Benito prefería que las cosas estuvieran estructuradas y fueran seguras, pero sin duda pasaba algo.Su rostro se relajó un poco cuando observó su ordenada oficina. Los adornos de marfil del escritoriocasi era fluorescentes en la oscuridad. Los estantes de armas orientales perfectamente pulidas ymeticulosamente ordenadas proyectaban extrañas sombras sobre las mesas a cada lado del enorme sofá decuero. Cada mesa del extremo contenía un conjunto de katana y wakizashi a juego, y los pomos de las cuatroarmas apuntaban hacia el sofá. Por encima de éste, había colgados dos Chagall originales en marcosconcienzudamente alineados a la altura del tercero que estaba colgado detrás de Benito y entre las ventanasabsolutamente inmaculadas con vistas a la Bahía de Boston.Su traje negro tenía rayas azules y, aunque faltaba poco para el amanecer, su corbata no tenía ni unasola arruga, y seguía firmemente anudada alrededor de su cuello. Los gemelos de diamantes estabancolocados para ser el reflejo perfecto el uno del otro, y en cada dedo anular llevaba anillos fabulosos de oroblanco y diamantes.Benito era claramente de origen italiano y la plenitud de dichos rasgos étnicos, como su pielmediterránea, su pelo moreno y su rostro atractivo, hacían probable que no le separaran muchasgeneraciones de su tierra natal. Llevaba un pequeño bigote que ayudaba a llenar su estrecha cara, y susmanos estaban apretadas con los dedos índices sobresaliendo y apoyados contra esa línea de pelo que habíasobre su labio. Los frotaba lentamente entre sí mientras sus ojos oscuros brillaban con la luz verdosa de lalámpara de banquero del escritorio. Aunque estaba en reposo, parecía un depredador, un hombre que semostraba atento mientras acechaba pacientemente, pero que podía atacar abiertamente si la situación lorequería. También era un hombre rico y poderoso, y la oficina hubiera podido ser la de uno de estos hombresque medita acerca de las intrusiones misteriosas y no deseadas. Pero Benito no era un hombre corriente. Nosólo porque la sangre de la familia más rica de la Tierra corriera en tiempos por sus venas. No sólo porquehubiera ascendido a la cima de su familia. No sólo porque esta familia fuera prácticamente desconocida parael mundo en general. No sólo porque únicamente trabajara de noche. No sólo porque se regalara con lasangre de cualquier secretaria que no pudiera mantener adecuadamente la disposición de su oficinamientras dormía durante el día. Y es que más allá de todos estos hechos, y probablemente de otros igual de destacados, BenitoGiovanni, como algunos miembros de su familia, su clan si se prefiere, era Vástago. Vampiro. Y pocos jugaban con la poco común mezcla de inteligencia sustancial, buen aspecto diabólico, riqueza impía, poderíofísico y existencia eterna que se daba en Benito. Por supuesto, también había otros Vástagos de otros clanesque poseían muchas de esas ventajas, pero no eran Giovanni, y al menos según el punto de vista de Benito,eso significaba mucho. Benito se permitió una sonrisa sombría, ya que incluso él
-
-un Giovanni
-
- a vecestenía miedo de su familia. Incluso él, un miembro poderoso de la familia, sólo sospechaba de una pequeñaparte del alcance del poder e influencia que ejercían los Giovanni.Pero alguien le insultaba esta noche, y de hecho lo había estado haciendo durante toda la noche.Ahora que se acercaba el alba, Benito seguía esperando pacientemente pero cada vez más enojado para versi se sabría algo más. Sí, alguien era claramente estúpido o se sentía muy seguro de sí mismo, porque elteléfono volvió a sonar.Benito se ajustó los guantes de cuero negro que llevaba. Eran rayados como su traje, y se aseguróque las líneas estaban orientadas adecuadamente antes de coger el teléfono tras la cuarta llamada.

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