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Crónicas médicas de la primera guerra carlista (1833-1840). Crónica II Larrey

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Crónicas médicas de la primera guerra carlista (1833-1840).Javier Álvarez CaperochipiDoctor en Medicina y Cirugía2009
Crónica IILa situación médica en España y Navarra en losprolegómenos de las guerras carlistas
El concepto de enfermedad y los procedimientos para sanar; las epidemias,médicos, cirujanos, medicinas, curanderosApéndice: El cirujano de Napoleón2-1 Introducción. Inicio del siglo XIX
.El inicio del siglo XIX fue una mala época para la medicina y la cirugía española. Laciencia había avanzado poco, la práctica médica era rudimentaria; demasiadoscontratiempos seguidos: la guerra de la Independencia contra los franceses, las múltiplesepidemias consecutivas, las más recientes la fiebre amarilla procedente de Sudamérica yel cólera desde Europa. Por si fuera poco, el reinado de Fernando VII pleno de intrigas ydesaciertos.Se decía y con razón que los médicos españoles de la época, pensaban “en viejo”, en laforma y maneras de sus ancestros y aplicaban los mismos remedios. Para ellos, laenfermedad era “una discrasia de los humores y las humiditates”, que quería dar aentender un desequilibrio de los fluidos vitales que recorren todos los órganos delinterior del cuerpo humano. Según se creía, estos fluidos eran mezclas de: sangre, bilis,flema y melancolía. Mecanismos cósmicos malignos y otras fuerzas del mal, podíanalterar el equilibrio, dando lugar a un “humor pecante o corrompido”, causante de laenfermedad. En este conglomerado de hipótesis erróneas, la enfermedad estabaconsiderada como una alteración físico-químicaEn la lógica de los tiempos, los remedios terapéuticos debían centrarse en la idea de laevacuación de los humores pecantes y corrompidos. El más conocido y el más directoera la sangría, la apertura de venas superficiales con la salida de la sangre y con ella delenvenenamiento. Se abusaba tanto de las sangrías que hemos conocido que en un casode gripe-neumonía se le practicaron a un paciente 18 sangrías. De efecto más lento pero parecido eran las sanguijuelas, bichitos anélidos acuáticos del género hirudo osanguisuga, que se aplicaban en zonas de piel no visibles y que chupaban la sangre.
 
Crónicas médicas de la primera guerra carlista (1833-1840).Javier Álvarez CaperochipiDoctor en Medicina y Cirugía2009
Las lavativas y enemas trataban de expulsar los malos humores a través del ano. Loslaxantes ayudaban al proceso; el más conocido era el aceite de ricino, obtenido delcocimiento de la semilla de una planta salvaje “la higuera del diablo” de acción rápidaentre 2-4 horas. Los lavados de estómago y la provocación del vómito (emetina), pretendía eliminar el humor pecante por la boca.Los físicos antiguos consideran, que debajo de la piel era un sitio importante decirculación de humores y a su través también se podía actuar. Ese era el efecto pretendido con las ventosas, escarificaciones y las “tomas de sudores” (estufa, leña,mantas calientes, bebidas diaforéticas); el caso más conocido de aplicación de sudoresera en la sífilis y también en la gota.Medicación más rebuscada y difícil de entender para nosotros, es la colocación en elespinazo de las cantáridas, polvo desecado de escarabajo verde, con acción irritantelocal y después dando lugar a la formación de vesículas en la piel, interpretadas debidasa la depuración de los malos humores subcutáneos.Digamos para terminar esta introducción, que estas teorías, en la época que nos atañe,estaban cuestionadas, aunque no rebatidas ni superadas. No todo en la medicina era apocalíptico, había connotaciones positivas. Los estudiossobre la estructura del cuerpo humano, eran avanzados, gracias a la disección decadáveres. Existía una honda preocupación por el funcionamiento del cuerpo humano,con escuelas de medicina, que investigaban la fisiología; se conocían los aspectos principales del funcionamiento de los aparatos digestivo, circulatorio, respiratorio yurinario. Se elucubraba sobre vitalismo y las leyes de la vitalidad, unas teorías nacidasen Francia, que afirmaban; - que la capacidad para vivir estaba condicionada por uncaudal de energía almacenado en una serie de glándulas, que regulaban la longevidad;mientras no surgieran contratiempos-.También era muy positiva la preocupación en averiguar las causas de la muerte de las personas, iniciándose una cierta costumbre en la práctica de las autopsias. Personajesimportantes de la época morirán con diagnósticos ajustados: Napoleón, Espoz y Mina.Alguna luz en el camino habían encontrado médicos y boticarios con el descubrimientode dos medicaciones estrella: el láudano, una solución que contenía opio y que iba muy bien para el dolor y la diarrea; y la quinina, la medicina de las medicinas, que habíanimportado los jesuitas de Sudamérica, que ayudaba a bajar la fiebre y que servía para lamalaria y el paludismo.Las soluciones de algunos metales estaba aportando utilidad en algunos males: el hierroservía para la anemia, el cobre para las enfermedades de la piel, el mercurio contra lasífilis, el cobre y el yodo para desinfectar las heridas.Eran pocos los recursos terapéuticos, había hambre y penurias, así es que algunosalimentos los consideraban medicinales, fundamentalmente como reconstituyentes, queabrían el apetito y mejoraban el tono vital. Ese es el caso de los -caldos sustanciosos-,hechos a base de gallina, arroz, y pan; los denominados - tónicos difusibles-, con vino,
 
Crónicas médicas de la primera guerra carlista (1833-1840).Javier Álvarez CaperochipiDoctor en Medicina y Cirugía2009
quinina, miel y membrillo, que se difundían desde el estómago a todo el cuerpo graciasal vino; también - los cocidos poderosos-, a base de garbanzo, verdura y carne, conefectos afrodisíacos y contra la depresión. Por citar alguno más; - la leche de pantera-hecha con leche condensada y aguardiente o el -aceite hígado de bacalao-.Mención especial a los poderes curativos de algunas hierbas y plantas que conocían bienmédicos y curanderos. A modo de resumen citaremos una serie de infusiones, jarabes,tinturas o inhalaciones preparadas a partir de: corteza de sauce con ácido acetil salícilico potente antirreumático; la dedalera tonificante del corazón; la cola de caballo para ladiuresis; melisa y manzanilla para ayudar a la digestión; belladona para diarreas;eucalipto y menta para inhalaciones respiratorias, la valeriana como relajante, la canelaque ayuda a expulsar los aires, jengibre para estimular órganos sexuales; mandrágora para dolores de cabeza y ayuda para dormir…Los procedimientos diagnósticos eran rudimentarios, no existían rayos X, ni pruebasanalíticas de laboratorio, ni biopsias, ni nada que se le pareciera. Los diagnósticos eransumamente imprecisos: cólico, calentura, tisis, reuma…Como ejemplo la mujer del pretendiente don Carlos había fallecido de calenturas malignas. En resumen unamedicina muy pobre y unos recursos limitados contra las enfermedades.La gente era bastante pasiva, aceptaban las enfermedades comunes y la muerte conresignación. Un ejemplo podía ser la tisis pulmonar (la tuberculosis pulmonar), unaenfermedad frecuente, que afectaba a muchos segmentos de la población, también a los jóvenes, cursaba con tos crónica rebelde a cualquier medicación y recalcitrante,acompañada de fiebre continua, que acababa con el adelgazamiento y la consunción dela persona hasta la muerte. Entre medio, acontecían sangrados procedentes del pulmón(hemoptisis) que ponían en peligro la vida de las personas. En Francia y París hasta seconsideraba enfermedad de moda, relacionada con una corriente cultural y con elromanticismoOtro tema más peliagudo eran las plagas y epidemias de los pueblos; estas no lasentendían ni las aceptaban bien. Unos se apoyaban en la religiosidad y pensaban queeran “castigos de los dioses” y creaban las figuras de los Santos Sanadores,intermediarios con la divinidad.Otros al contrario echaban culpas donde podían. Concretamente en la epidemia decólera de Vallecas de 1834, acusaron a los curas de haber envenenado las aguas del ríoManzanares y la reacción de la población anticlerical no se hizo esperar: hubo unamatanza indiscriminada de religiosos y quema de iglesias y conventos.

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