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HISTORIA ECONÓMICA DE COLOMBIA AUTOR: JOSE ANTONIO OCAMPO. COMPILADOR

HISTORIA ECONÓMICA DE COLOMBIA AUTOR: JOSE ANTONIO OCAMPO. COMPILADOR

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09/02/2014

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HISTORIA ECONÓMICA DE COLOMBIAAUTOR: JOSE ANTONIO OCAMPO. COMPILADOR
Prólogo
A Germán ColmenaresColega y amigoHemos recibido con enorme satisfacción la decisión de la Presidencia de la República de publicar dentro de suBiblioteca Familiar esta obra colectiva. Ella ha tenido una amplia acogida desde su primera impresión hace unadécada, como texto universitario y de referencia. Esto se ha reflejado en las varias ediciones que ha tenido,primero por la Editorial Siglo XXI, y posteriormente,por Tercer Mundo Editores, en todos los casos en coedicióncon Fedesarrollo. Fue distinguida en 1988 por el Premio Nacional de Ciencias “Alejandro Angel Escobar”. La obra reúne en un solo volumen los avances de lo que ha sido denominada la “Nueva Historia de Colombia”,que revolucionó, desde mediados de los años sesenta, el conocimiento sobre nuestro pasado económico ysocial. Ofrecemos, así, al estudiante de últimos años de bachillerato, al universitario de cualquier carrera, y alestudioso en general, una visión global del desarrollo histórico de la economía nacional. El libro estáestructurado de tal forma que, al tiempo que hace un análisis riguroso del período colonial y del primer siglo dela República, estudia extensamente el siglo XX. Como primiciaen esta edición, se incluye un epílogo, en el cualse presentan las transformaciones que ha experimentado la economía colombiana entre mediados de los añosochenta, época en la cual culminó su elaboración, y mediados de los noventa. Cada uno de los siete capítulos yel epílogo ha sido diseñado en forma independiente y puede ser utilizado como unidad en sí mismo. La realización de la obra fue iniciativa del editor, cuando laboraba en Fedesarrollo hace una década, y contócon la entusiasta acogida del Banco de la República. Quiero agradecer a dos gerentes generales del Banco,Hugo Palacios y Francisco Ortega, y a dos subgerentes culturales, Juan Manuel Ospina y Darío Jaramillo, elapoyo que brindaron a esta idea. Agradecemos también el interés en la publicación que ha manifestado a lolargo de los años Santiago Pombo, como director de Siglo XXI de Colombia y Tercer Mundo Editores, y ahorade Juan Gustavo Cobo, director de la Biblioteca Familiar de la Presidencia de la República. Unos meses antes de que saliera a circulación la tercera edición, falleció prematuramente Germán Colmenares,a quien recordaremos siempre como uno de los grandes historiadores económicos y sociales de nuestro país.Como amigos, colegas y coautores de este libro, queremos dedicar nuevamente esta edición a su memoria. José Antonio OcampoDiciembre de 1996
 
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CAPÍTULO ILA FORMACIÓN DE LA ECONOMÍA COLONIAL (1500-1740)GERMÁN COLMENARESHISTORIA ECONÓMICA Y ÓRDENES DE MAGNITUD
Una de las dificultades más comunes con las que tropieza la comprensión de la historia económica reside en lafalta de familiaridad con órdenes arcaicos de magnitudes, propios de economías precapitalistas. Esta dificultadinduce muy frecuentemente al anacronismo, es decir, a sustituir nuestras propiasnociones sobre el tamaño o elvalor de las cosas a las nociones mucho más imprecisas de épocas pretéritas. Hay una resistencia natural aaceptar, digamos, la medición de distancias en días o aun en meses, y se prefiere expresarlas en nuestrasconvenciones decimales. Con ello estamos eliminando muchos elementos que harían posible una verdaderacomprensión histórica. Por ejemplo, la dimensión sicológica de la inseguridad que podía experimentar unhombre de los siglos pasados ante la perspectiva de emprender un viaje.Aquí enfrentamos un problema que no consiste sólo en la confusión introducida por sistemas anárquicos demensura. Un problema más radical se desprende del hecho de que los órdenes arcaicos de magnitudexpresaban ante todo relaciones. No es muy intrincado determinar el contenido en gramos de oro de uncastellano o su equivalente en pesos de plata o patacones. Pero resultaría absurdo convertir talesdenominaciones acomodándolas a los precios contemporáneos de la onza de oro. Desde el punto de vistade lacomprensión histórica, el único expediente consiste en familiarizarse con los precios corrientes de las cosas quese vendían. Tener en cuenta, por ejemplo, que en el siglo XVII un esclavo negro entre los 16 y los 25 añospodía costar entre 250 y 300 patacones en Cartagena y de 500 a 600 en una región minera. Que a comienzosdel siglo XVIII una res se vendía por cuatro patacones y a finales del siglo por catorce. O que una extensiónconsiderable de tierras (digamos mil hectáreas en el Valle del Cauca)costaba apenas tres mil patacones, entanto que el rico atuendo de una mujer noble de Popayán podía llegar a valer 500 patacones, los cualesrepresentaban el salario de unos 35 peones de concierto en un año o la totalidad de los salarios que podíadevengar un peón en el curso de su vida entera.Descritas así, las equivalencias parecen incongruentes o absurdas. Obviamente ellas no hacen parte de nuestropropio sistema de relaciones. Expresan una sociedad en la que las relaciones de trabajo, los consumos o elvalor de la tierra no se ajustan a las proporciones que nos son familiares. Pero tales magnitudes y equivalenciastan disímiles a las nuestras son apenas el indicio de una discordancia más fundamental. No sólo sonintraducibles y tienen, por lo tanto, que abordarse y comprenderse por sí mismas, sino que remiten a realidadesarticuladas de una manera diferente.Estas comprobaciones preliminares proponen un problema que debe considerarse: el de si nuestros esquemasinterpretativos de la realidad económica —tal como lo formula una teoría económica— podrían utilizarse o no enel estudio de la historia de una época precapitalista. La cuestión no se refiere tan sólo a la dificultad de emplearmateriales cuantitativos procedentes de una época que ignoraba las técnicas estadísticas o en la que lasmismas nociones de mensura poseían una imprecisión absoluta. Se trata también de un problema que toca elfundamento mismo de la reflexión sobre la economía. En nuestros días dicha reflexión está basada en unconcepto central, el del mercado, y en el supuesto de que absolutamente todos los bienes y servicios serealizan a través del mercado. La noción del mercado hace posible la homogeneización y la mensura defenómenos sociales que de otra manera desorientarían cualquiertipo de análisis debido a su complejidad. Eneste sentido, el mercado es un mecanismo de abstracción que despoja relaciones sociales complejas de todoaquello que no resulta pertinente para el análisis económico.Ahora bien, durante el período colonial, factores económicos esenciales se hallaban excluidos del mercado. Lacirculación misma del dinero era muy escasa. El numerario que se acuñaba en las Casas de Moneda de SantaFe y Popayán consistía en monedas de plata. Estas acuñaciones eran insuficientes para rescatar la producciónde oro (es decir, para comprarla). Tanto monedas de plata como oro físico eran drenados por el comercio con lametrópoli, en mayor volumen aún por el contrabando y en parte por las cargas fiscales cuyo producto debíaremitirse periódicamente a España. Las elevadas denominaciones de la plata acuñada y el alto valor del orohacían de estos metales un vehículo inadecuado para las transacciones más corrientes. Aunque a veces setraía a la colonia moneda de cobre, ésta resultaba insuficiente para los intercambios menudos. Por tal razón, las
 
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transacciones que se valían de moneda quedaban confinadas a los centros urbanos, pero aun allí el comerciodebía valerse de créditos con plazos muy largos.La situación permanente de iliquidez se traducía en la ausencia de lo que hoy llamaríamos mercado decapitales. Aunque los comerciantes empleaban capitales ajenos, sólo lo hacían en el momento en que las flotasdel monopolio metropolitano llegaban a Cartagena. Entonces constituían sociedades en comandita destinadas aencubrir préstamos usurarios (de 15 a 25% para una transacción que debía durar seis meses). Losterratenientes, por su parte, gozaban de una forma de crédito institucional en el que la tasa de interés estabafijada en un cinco por ciento anual. Los créditos se otorgaban mediante el sistema de censos y el prestamistadebía garantizar su pago mediante un gravamen sobre sus bienes inmuebles. Esos préstamos, que sólo seamortizaban en el curso de varias generaciones (o a veces nunca, lo cual traía como consecuencia que laspropiedades inmuebles fuesen pasando poco a poco a manos de institutos religiosos), dan una idea de lainmovilidad de los capitales.La fuerza de trabajo tampoco constituía un factor ofrecido libremente en el mercado. Las empresas másconsiderables (minas, haciendas de trapiche) ocupaban mano de obra esclava. Otros tipos de unidad productivaagrícola apelaban a diferentes formas de coerción para obtener fuerza de trabajo. En cuanto a lasmanufacturas, éstas podían organizarse íntegramente con formas coercitivas de trabajo, como en los obrajes, oimitar el patrón de las corporaciones medievales.Finalmente, la tierra, el factor de mayor peso, junto con el trabajo, en un sistema agrario precapitalista, tampocose ofrecía en un mercado abierto. Naturalmente había algunas ventas de tierras, pero la rareza de estastransacciones no justifica hablar de un mercado de tierras.Varios fenómenos se conjugaban para producir la inmo-vilidad de las propiedades agrarias. Uno era laimportancia de las propiedades eclesiásticas, tanto en extensión como en riqueza, pues eran bienes de manosmuertas, es decir, bienes excluidos del comercio. Otro era la estructura social misma, en la que los agenteseconómicos, antes que los individuos, eran las familias. Ello implicaba que la transmisión de propiedad territorialfuera mucho más frecuente como sucesión hereditaria que como enajenación directa a un individuo ajeno alcírculo familiar. La cohesión familiar y social de una casta de terratenientesreforzaba privilegios políticos que asu vez daban acceso a recursos como el crédito o la mano de obra.El sistema colonial español se ha visto casi siempre como un sistema con una intervención estataldesmesurada que debía coartar cualquier iniciativa individual. Esta interpretación de carácter liberal haceénfasis en la existencia de controles odiosos y mezquinos y de una burocracia frondosa e ineficiente. La verdades que el aparato burocrático español no era tan grande como para producir los resultados que se le atribuyen.La imagen de inmovilidad y de pesantez paquidérmica no se originaba en el exceso de controles y cargasfiscales sino en la inmovilidad de los factores económicos, la cual hemos tratado de describir. Naturalmente, adicha inmovilidad contribuían las instituciones que regulaban el crédito |(censos, capellanías), el acceso a lafuerza de trabajo |(encomienda, mita, concierto), a la tierra o a otros recursos |(mercedes de tierras, resguardos,ejidos, derechos de estaca) tanto como las estructuras familiares y sociales. Esta es la razón por la cual laeconomía colonial no puede examinarse independientemente de los factores institucionales y sociales como sise tratara de un libre juego de fuerzas, en las que sólo el mercado pudiera servir como mecanismo regulador.Este sistema de relaciones en el que motivos religiosos, instituciones políticas de dominación o estructurasfamiliares recubrían actos económicos o se mezclaban con ellos de manera indisoluble, señala las limitacionesde aquellos modelos explicativos que se construyen a partir de factores económicos aislados en toda su pureza.Cuando se trata de conocer los mecanismos de una economía precapitalista hay necesidad de familiarizarsecon el clima de las relaciones sociales en las cuales se desenvolvía. Además, la escala y las formas restringidasde circulación de los bienes estaban enmarcadas por instituciones rígidas cuya naturaleza, muchas vecesinsuficientemente comprendida, se presta para introducir conceptos inadecuados como el de “mercado detierras” o “mercado de trabajo” o algunos otros prestados del marxismo como los de “renta de la tierra” o“acumulación de capital”.El espacio y los hombres El orden de magnitudes esencial para la comprensión de una economía precapitalistao de |antiguo régimen es el de la simple ecuación entre el número de hombres y el espacio roturado para laagricultura. El anacronismo más frecuente en el que incurren aquellos que comienzan a interesarse por la“cuestión agraria” consiste en omitir los datos factuales elementales respecto a ambas magnitudes. Sobre todocuando los rasgos más chocantes de desigualdad en la distribución de la tierra se atribuyen a una “herenciacolonial”, la presunción parece ser la de que se está hablando del mismo espacio y casi que del mismo número

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