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overse ahora con la torpeza de la angustia sería perderse,abandonar la conciencia, caer en la no-realidad de la desesperación ydesamparar a su pequeño quién sabe en qué mundo y en qué horrendaaflicción, quién sabe en qué recuerdo de infancia que años despuéseclipsaría toda alegría posible. Estaba parado en el borde, la desesperaciónera el abismo, le urgía detenerse, obstruir el movimiento de las cosas,eliminar la causa de su vértigo. Su hijo se había extraviado en el parque,hace unos minutos lo traía de la mano y reía, ahora era devorado por lasparedes de ese maldito laberinto que es el universo, Borges
dixit
, eseremedo de universo que era el laberinto del parque de diversiones. En elborde de la desesperación no podía salvarlo el recurso a la metáfora.Como uno de esos milagros que se derivan de estar vivo, suconciencia sobrenadó y lo arrastró a una isla de cordura; precaria, escierto, pero asible para una rama sacudida por la angustia. Y ¿por quédebía detenerse ahora? La monstruosa historia era un carro que tapaba elsol, sus ruedas convertían el paisaje en un fango pestífero que nadiedeseaba pero todos sufrían. Debía detenerse, sin embargo, para hacersedueño al menos del lapso desafortunado que se había deslizado desde quedecidió entrar con su hijo al parque de diversiones. Lo había aprendidodestruyendo objetos, unas veces dañándose a sí mismo, otras veces
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