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El laberinto
Manuel Iván Urbina Santafésalidaemergencia@hotmail.comwww.letramaestra.blogspot.com 
Esa obra era un escándalo, porque la confusión y lamaravilla son operaciones propias de Dios y no de loshombres.
 — 
 Jorge Luis Borges.
Los dos reyes y los dos laberintos 
 
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overse ahora con la torpeza de la angustia sería perderse,abandonar la conciencia, caer en la no-realidad de la desesperación ydesamparar a su pequeño quién sabe en qué mundo y en qué horrendaaflicción, quién sabe en qué recuerdo de infancia que años despuéseclipsaría toda alegría posible. Estaba parado en el borde, la desesperaciónera el abismo, le urgía detenerse, obstruir el movimiento de las cosas,eliminar la causa de su vértigo. Su hijo se había extraviado en el parque,hace unos minutos lo traía de la mano y reía, ahora era devorado por lasparedes de ese maldito laberinto que es el universo, Borges
dixit 
, eseremedo de universo que era el laberinto del parque de diversiones. En elborde de la desesperación no podía salvarlo el recurso a la metáfora.Como uno de esos milagros que se derivan de estar vivo, suconciencia sobrenadó y lo arrastró a una isla de cordura; precaria, escierto, pero asible para una rama sacudida por la angustia. Y ¿por quédebía detenerse ahora? La monstruosa historia era un carro que tapaba elsol, sus ruedas convertían el paisaje en un fango pestífero que nadiedeseaba pero todos sufrían. Debía detenerse, sin embargo, para hacersedueño al menos del lapso desafortunado que se había deslizado desde quedecidió entrar con su hijo al parque de diversiones. Lo había aprendidodestruyendo objetos, unas veces dañándose a sí mismo, otras veces
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dañando a seres que amaba: cuando se ha cometido una equivocación deperspectiva, se insiste en el error; el miedo esclerosa la capacidad dediscernir, de regresar sobre los pasos dados. Como el aviador que creefirmemente encontrarse en cierto lugar señalado en el mapa, cuando enrealidad se encuentra lejos de ese punto, aferrado con violencia a unequívoco, él debía detener incluso su lógica, especialmente su razónorgullosa, contaminada ahora por el pánico; debía reconstruir su mapa,para no elegir la ruta más coherente hacia su perdición.Regresó a la puerta de hierro cuya advertencia borrada por laherrumbre no alcanzó ahora a descifrar. Tuvo de nuevo entre sus manoslos dedos menudos que desde hace apenas cuatro años venían posándosesobre las cosas. Sabía que era una simple reminiscencia, pero le resultóconsolador constatar que pueden conservarse tibias unas manos en lamemoria. Una jirafa y un elefante de concreto ramoneaban junto a unriachuelo emboscado; alguna vez salieron del parque esas fieras,camufladas en las películas fotográficas. La locomotora, del más durometal, estaba abollada por las pisadas de los niños, por los muchosintentos de escalar sus colores. El laberinto había sido puesto al final.Varios metros a la izquierda, una mano gigantesca depositó, segmento asegmento, con la paciencia de lo colosal, un túnel sobre la hierba.Por encima del dédalo era fácil divisar una cerca de alambre,completada por una paredilla de tapia pisada, fronteras del mundo

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