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Nuestra Señora de Genet o la Sordidez de las flores

Nuestra Señora de Genet o la Sordidez de las flores

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Published by: Cesar Benedicto Callejas on Jun 05, 2010
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N
UESTRA
S
EÑORA DE
G
ENET O LA
S
ORDIDEZ DE LAS FLORES
C
ÉSAR
B
ENEDICTO
C
ALLEJAS
Alguna vez alguien tendrá que definir a la humanidad como la especie queconstruye ciudades. Con frenético ardor, sudoroso y apresurado, como si en ello lesfuera la vida, los seres humanos pueden conservar, durante siglos, su ansiaconstructora y acumulativa; puede mantener vigente en el inconsciente de todauna colectividad, la necesidad de crear una naturaleza diferente, un entornoartificial donde los árboles son un lujo, donde los prados son decoraciones y elagua un fluido escaso que corre por tuberías. Las ciudades son la otra naturalezade las personas, más humana porque es obra suya; distinta de la otra, la que era elmundo antes de que dos familias vivieran juntas e inventaran las urbes.
Sus reglas no son las de la naturaleza inhumana; aquella, la de los montes ylos océanos, desconoce la libertad y sus deleites, todo en ella es necesidad ymuerte; sin compasión ni solidaridad, la naturaleza ejerce su mandato en ciclosinfinitos que van más allá de la razón. En la ciudad, la naturaleza se llamacivilización y cultura, su norma es la libertad de hacer u omitir, de ir y venir en elanonimato de las multitudes.En la ciudad el hombre se interesa por el otro con quien convive, pero aveces su interés se pierde en el vasto oleaje de las masas que entran y salen frente asus ojos sin más rostro que el suyo propio.Nada en la naturaleza tiene capacidad de elegir, ni las estaciones, ni lasplantas ni los depredadores, han de dar muerte para vivir y han de vivir parapoder ser pasto de otras especies; en lo más profundo de la ciudad y de sudescarnada norma de vida, siempre se puede elegir a uno o varios que den
 
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dimensión humana a la convivencia y en última instancia, el hombre siempre setiene a sí mismo para hacerse compañía mientras anda por los bulevares.Ninguna regla ha pasado indemne de una a otra de estas dos naturalezas,incluso, el hombre de la ciudad debe recurrir a la cultura para interpretar lanaturaleza del orbe, para reducirla a términos de la urbe. Wilde decía que no huboniebla en Londres hasta que Whistler la inventó; es posible, después de todo, lospersonajes del 1984 de Orwell, miran a través de las ventanas para ver falsoshorizontes de valles y colinas, idénticos a como deberían ser si fueran reales yaunque habitualmente la naturaleza se comporta de acuerdo a los mandatos de laciudad y hasta lo agreste de los suburbios guarda cierto parecido con el edén dedonde nuestros primeros padres fueron expulsados, hay quienes no miran haciafuera, sino a lo más profundo de la ciudad para encontrar su estética, su lenguaje,para encontrar la belleza en la más pura sordidez de las flores. Jean Genet es un niño de ciudad, un niño grande al que las impurezas leparecen pequeñas máculas derivadas de la travesura. A Genet lo arrestan porprimera vez a los diez años, después, en el París triste y deprimido de laocupación, Jean se hace hombre sin dejar de ser lo que siempre fue, un niño deciudad jugando las reglas más hondas de lo urbano, para 1947, después de más dediez procesos por robo, intento de homicidio y prostitución homosexual, a Jean locondenan a cadena perpetua. En la cárcel, Genet perfecciona su conocimiento delas reglas de la ciudad, ¿acaso puede haber mejor compendio de la vida urbana queuna prisión?La ciudad es una gran prisión, magnánima, maravillosa y la cárcel es elmejor compendio de la ciudad; ahí el hacinamiento llega a su máxima expresión, eldolor y la soledad se subliman, ahí perseveran sólo los más fuertes, los másdotados y los que poseen el mejor ingenio para el fin fundamental de todoindividuo, sobrevivir. En prisión Genet escribe y publica, dice de la ciudad lo que
 
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todos sabemos pero pocos queremos decir y aún menos quieren leer. Sucede loincreíble, la gente lee y aprecia su literatura, al grado que un grupo de intelectualesliderado por Sarte, recurre al presidente para lograr el indulto ya en libertad,muchos años después, el niño de la ciudad se ha vuelto un viejo de ciudad, haaprendido el sutil arte de jugar con las reglas para seguir siendo libre, el mundo delas letras reconoce la calidad de su literatura, pero sobre todo su infinita capacidadde adaptación y se le concede el Grand Prix National des Lettres, tan sólo tres añosantes de su muerte.Sería injusto decir que Genet conoció la literatura en prisión; Genet retratadesde siempre lo que ve y lo que siente, se enamora, corre, sufre y se abandona enel gran marco del Paris oscuro, del oculto bajo los oropeles de la moda y de lasexpectativas de las oleadas cada vez mayores de turistas. Si hay un autor parisinoese es Genet, aunque sea el lado cruel y negro de Proust, aunque sus personajespaseen por calles distintas de los de Victor Hugo o de Pennac.En medio de la prostitución que es su modo de vida, su oficio, Genet conoceel amor, conoce la solidaridad de quienes le quieren y le infringen dolor no pormaldad sino porque esas son las reglas de su mundo y su ciudad. En NuestraSeñora de las Flores, Genet retrata ese universo e interpreta las reglas de unaestética donde la sordidez produce la luz y donde la brutalidad precede a losublime; un espacio donde la paz nada tiene que ver con la gloria y apenas quiereser un asomo de serenidad. Dice Genet:Mis épocas de dicha nunca fueron de una felicidad luminosa, ni mi paz fue jamás lo que los literatos y teólogos llaman “paz celestial”; está bien, porquesentiría un horror inmenso al sentirme designado por Dios con la punta deldedo, distinguido por él; sé muy bien que si estuviera enfermo y me salvaraun milagro, no sobreviviría. El milagro es inmundo; la paz que iba yo a

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