el de nación y el de democracia, que se pueden considerar como los fundamentos de la cohesión de lassociedades modernas. El Estado-nación, tal como se definió en Europa durante el siglo xix, ha dejado deconstituir en algunos casos el único marco de referencia, y tienden a desarrollarse otras formas depertenencia más cercanas a los individuos, pues se sitúan a una escala más reducida. De manerainversa, pero sin duda complementaria, regiones enteras del mundo se orientan hacia ampliosreagrupamientos transnacionales que esbozan nuevos espacios de identificación, incluso si suelenlimitarse todavía a la actividad económica.En algunas naciones, por el contrario, unas fuerzas centrífugas distienden o desintegran lasrelaciones habituales entre colectividades e individuos. En los países de la ex URSS, por ejemplo, juntocon el derrumbe del sistema soviético se produjo una fragmentación de los territorios nacionales. Porúltimo, la asociación de la idea de Estado-nación con la de una fuerte centralización estatal puedeexplicar la aparición de un prejuicio desfavorable en su contra, exacerbado por la necesidad departicipación de la sociedad civil y la reivindicación de una mayor descentralización.El concepto de democracia, por su parte, es objeto de un enjuiciamiento que parece paradójico. Enefecto, en la medida en que corresponde a un sistema político que procura conciliar, mediante elcontrato social, las libertades individuales y una organización común de la sociedad, es indiscutible queese concepto gana terreno y responde plenamente a una reivindicación de autonomía individual que seextiende por todo el mundo. Ahora bien, su aplicación -en forma de democracia representativa- topa almismo tiempo con toda una serie de dificultades en los países que fueron sus promotores. El sistema derepresentación política y el modelo de ejercicio del poder que la caracterizan están a veces en crisis: ladistancia creciente entre gobernantes y gobernados, la aparición excesiva de reacciones emocionalesefímeras bajo la presión de los medios de comunicación, la «política-espectáculo» propiciada por ladifusión de los debates en esos mismos medios, e incluso la imagen de corrupción del mundo políticohacen correr a algunos países el riesgo de un «gobierno de los jueces» y de un desafecto creciente delos ciudadanos por los asuntos públicos. Por otra parte, numerosos países experimentan también unacrisis de las políticas sociales que socava los cimientos mismos de un régimen de solidaridad que habíaparecido ser capaz de reconciliar democráticamente las esferas económica, política y social, bajo laégida del Estado providente.Así pues, el ideal democrático está en cierto modo por reinventar, o al menos hay que revivificarlo.En todo caso debe seguir siendo una de nuestras principales prioridades, pues no hay otro modo deorganización del conjunto político y de la sociedad civil que pueda pretender sustituir a la democracia yque permita al mismo tiempo llevar a cabo una acción común en pro de la libertad, la paz, el pluralismoauténtico y la justicia social. El reconocimiento de las dificultades actuales no debe llevar en modoalguno al desaliento, ni constituir un pretexto para apartarse del camino que lleva a la democracia. Setrata de una creación continua que exige la contribución de todos. Ésta será tanto más positiva cuantoque la educación haya inculcado en todos a la vez el ideal y la práctica de la democracia.En efecto, lo que está en tela de juicio es la capacidad de cada persona para conducirse como unverdadero ciudadano, consciente de los problemas colectivos y deseoso de participar en la vidademocrática. Se trata de un desafío para el sistema político, pero también para el educativo, cuyafunción en la dinámica social conviene definir.
La educación y la lucha contra las exclusiones
La educación puede ser un factor de cohesión si procura tener en cuenta la diversidad de losindividuos y de los grupos humanos y al mismo tiempo evita ser a su vez un factor de exclusión social.El respeto de la diversidad y de la especificidad de los individuos constituye, en efecto, un principiofundamental, que debe llevar a proscribir toda forma de enseñanza normalizada. A menudo se acusacon razón a los sistemas educativos formales de limitar el pleno desarrollo personal al imponer a todoslos niños el mismo molde cultural e intelectual, sin tener suficientemente en cuenta la diversidad de lostalentos individuales. Así, tienden cada vez más a dar prioridad al desarrollo del conocimiento abstractoen detrimento de otras cualidades humanas como la imaginación, la aptitud para comunicar, la afición ala animación del trabajo en equipo, el sentido de la belleza o de la dimensión espiritual, o la habilidadmanual. Según sus aptitudes y gustos naturales, que son diversos desde su nacimiento, los niños no sa-can el mismo provecho de los recursos educativos colectivos e incluso pueden verse en situación defracaso debido a la inadaptación de la escuela a sus talentos y aspiraciones.
Add a Comment