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Un hombre que duerme, de Georges Perec

Un hombre que duerme, de Georges Perec

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Para leer en la cama y no levantarse por una semana o más. Y después, tal vez, pegarse un disparo.
Para leer en la cama y no levantarse por una semana o más. Y después, tal vez, pegarse un disparo.

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Published by: Juan Andrés Ferreira on Jun 09, 2010
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01/25/2013

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Apenas cierras los ojos, comienza la aventura del sueño. A la familiar penumbra de la habitación,volumen oscuro cortado por algunos detalles, donde tu memoria identifica sin esfuerzo los caminosque has recorrido mil veces, trazándolos a partir del cuadrado opaco de la ventana, resucitando ellavamanos a partir de un reflejo, la repisa a partir de la sombra un poco más clara de un libro,identificando la masa más negra de la ropa colgada, sucede, al cabo de un cierto tiempo, un espacio dedos dimensiones, como un cuadro sin límites definidos que formase un ángulo muy pequeño con el plano de tus ojos, como si reposara, no completamente perpendicular, sobre el puente de tu nariz, yque, al principio, puede parecerte de un gris uniforme, o más bien neutro, sin colorines ni formas, peroque, con bastante rapidez sin duda, se revela poseedor al menos de dos propiedades: la primera es quese oscurece más o menos según la mayor o menor fuerza con la que cierras los párpados, como si,más exactamente, la contracción que ejerces sobre la línea de tus cejas cuando cierras los ojos tuvierael efecto de modificar la inclinación del plano con respecto a tu cuerpo, como si la línea de tus cejasconstituyera su eje y, por consiguiente, a pesar de que esta consecuencia no parezca demostrable másque por la evidencia misma, de modificar la densidad, o la calidad, de la oscuridad que percibes; lasegunda es que la superficie de este espacio no es regular en absoluto, o, más exactamente, que ladistribución, el reparto de la oscuridad no se efectúa de manera homogénea: la zona superior esmanifiestamente más oscura, la zona inferior, que te parece la más cercana, aunque a estas alturas,evidentemente, las nociones de cercano y lejano, arriba y abajo, delante y detrás, han dejado de ser muy precisas, es, por un lado, mucho más gris, es decir, no mucho más neutra como lo crees al principio, sino sorprendentemente mucho más blanca, y por otro lado contiene, o sostiene, uno, dos, omás tipos de bolsas, de cápsulas, algo así como la idea que tienes de una glándula lacrimal, por ejemplo, con bordes finos y ciliados, dentro de los cuales tiemblan, se agitan, se retuercen relámpagosmuy muy blancos, algunos muy delgados, como estrías muy finas, algunos mucho más gruesos, casigordos, como gusanos. Estos relámpagos, aunque el término relámpago resulte absolutamenteimpropio, poseen la curiosa virtud de no poder ser observados. En cuanto fijas demasiado tu atenciónen ellos, y es casi imposible no hacerlo, pues al fin y al cabo bailan ante ti y el resto apenas existe, dehecho no hay nada verdaderamente visible aparte del eje de tus cejas y de ese espacio tan vago de dosdimensiones más o menos perceptible en el cual la oscuridad se extiende de manera irregular, pero encuanto los miras, a pesar de que, por supuesto, esta palabra no significa ya nada, en cuanto intentas, por ejemplo, asegurarte aunque sea un poco de su forma, o de su sustancia, o de un detalle,inevitablemente terminas, con los ojos abiertos, frente a la ventana, rectángulo opaco que vuelve a ser cuadrado, a pesar de que esa o esas bolsas no se le parezcan en nada. Pero éstas reaparecen, y conellas el espacio más o menos inclinado que se articula sobre tus cejas, poco después de que vuelvas acerrar los ojos, y, aparentemente, no han cambiado desde la última vez. Sin embargo, no puedes estar completamente seguro de este último punto puesto que, al cabo de un tiempo dificilmente calculable,y aunque nada te permita aún afirmar que hayan desaparecido realmente, puedes comprobar que han palidecido de forma considerable. Se te presenta ahora una especie de grisalla a rayas, que sigue perteneciendo a ese mismo espacio que prolonga más o menos tus cejas, pero, podría decirse,deformado hasta el punto de encontrarse constantemente desplazado hacia la izquierda; puedesmirarlo, explorarlo, sin alterar el conjunto, sin provocar un despertar inmediato, pero eso carecetotalmente de interés. Ahora sucede algo a tu derecha, en este caso se trata de una tabla, más o menosdetrás, más o menos arriba, más o menos a la derecha. La tabla, evidentemente, no se ve. Solamentesabes que es dura, a pesar de que no te encuentres sobre ella, y precisamente porque te hallas sobrealgo muy blando que es tu propio cuerpo. Se produce entonces un fenómeno realmente asombroso: al principio hay tres espacios que nada te permitiría confundir, tu cuerpo-cama, que es blando,horizontal, y blanco, después la línea de tus cejas, que domina un espacio gris, mediocre, oblicuo, y por último, la tabla, que se mantiene inmóvil y muy dura por encima, paralela a ti y quizá accesible.Resulta claro, aunque esto sea lo único que siga siendo claro, que si trepas sobre la tabla, dormirás,que la tabla es el sueño. El principio de la operación es de lo más simple, aunque todo te indica que te
 
hará falta mucho tiempo: habría que reducir la cama y el cuerpo, hasta que no fueran más que un punto, una canica, o bien, lo que es lo mismo, habría que condensar toda la flaccidez del cuerpo,concentrarla en un solo lugar, por ejemplo en algo así como una vértebra lumbar. Pero el cuerpo, eneste momento, ya no presenta en absoluto la bella unidad de hace un rato, de hecho, se dispersa entodas las direcciones. Intentas traer hacia el centro un dedo del pie, o el pulgar, o un muslo, peroentonces, cada vez, olvidas una regla: y es que nunca debes perder de vista la dureza de la tabla, quehabía que proceder con astucia, conducir tu cuerpo sin que éste sospeche absolutamente nada, sin quetú mismo lo sepas con certeza, pero es ya demasiado tarde, cada vez desde hace mucho tiempo es yademasiado tarde y, curiosa consecuencia, la línea de tus cejas se rompe en dos y en el centro, entre tusdos ojos, como si el eje hubiera sostenido todo el conjunto, como si toda la fuerza de ese eje seconcentrase en ese punto, te llega de golpe un dolor preciso, sin lugar a dudas consciente y en el quereconoces inmediatamente la más banal de las jaquecas.
 
Estás sentado, con el torso desnudo, vestido únicamente con el pantalón del pijama, en tu buhardilla, sobre el estrecho banco que te sirve de cama, con un libro,
 Leçons sur la société industrielle
de Raymond Aron, posado sobre las rodillas, abierto en la página ciento doce.Al principio es sólo una especie de lasitud, de fatiga, como si súbitamente te percataras de quedesde hace mucho rato, desde hace muchas horas, eres presa de un malestar insidioso, entumecedor,apenas doloroso y sin embargo insoportable, la impresión dulzona y sofocante de no tener músculosni huesos, de ser un saco de yeso entre sacos de yeso.El sol pega sobre las láminas de cinc del tejado. Frente a ti, a la altura de tus ojos, sobre una repisa demadera blanca, hay un tazón de Nescafé medio vacío, un poco sucio, un paquete de azúcar casiterminado, un cigarrillo que se consume en un cenicero de propaganda de falsa opalina blanca.Alguien va y viene en la habitación de al lado, tose, arrastra los pies, desplaza los muebles, abrecajones. Una gota de agua cae continuamente del grifo de la toma de agua del rellano. Los ruidos dela rue Saint-Honoré llegan desde abajo.Suenan las dos en el campanario de Saint-Roch. Levantas la vista, dejas de leer, pero no leías yadesde hace mucho rato. Pones el libro abierto junto a ti, sobre el banco. Extiendes el brazo, aplastas elcigarrillo que humea en el cenicero, terminas el tazón de Nescafé: está apenas tibio, demasiadoazucarado, un poco amargo.Estás empapado de sudor. Te levantas, vas a la ventana y la cierras. Abres el grifo del minúsculolavamanos, te pasas una manopla de toalla húmeda por la frente, la nuca, los hombros. Con los brazosy las piernas encogidos, te tiendes de costado sobre el estrecho banco. Cierras los ojos. Sientes lacabeza pesada, las piernas entumecidasMás tarde, llega el día del examen y no te levantas. No es un gesto premeditado, no es un gestosiquiera, sino una ausencia de gesto, un gesto que no realizas, gestos que evitas realizar. Te acostastetemprano, has dormido plácidamente, habías puesto el despertador, lo has oído sonar, has esperado aque sonara, durante varios minutos por los menos, ya despierto por el calor, o por la luz, o por el ruidode los lecheros, de los basureros, o por la espera.Tu despertador suena, tú no te mueves en absoluto, te quedas en la cama, vuelves a cerrar losojos. Otros despertadores comienzan a sonar en las habitaciones contiguas. Oyes ruidos de agua, de puertas que se cierran, de pasos que se precipitan por las escaleras. La rue Saint-Honoré comienza allenarse de ruidos de coches, chirridos de neumáticos, cambios de marchas, breves sonidos de bocina.Los postigos golpean, los comerciantes levantan sus persianas metálicas.Tú no te mueves. No te moverás. Otro, un sosia, un doble fantasmagórico y meticuloso hace,quizá, en tu lugar, uno a uno, los gestos que tú ya no haces: se levanta, se lava, se afeita, se viste, seva. Lo dejas lanzarse por las escaleras, correr por la calle, atrapar el autobús al vuelo, llegar a la horaindicada, jadeante, triunfal, a las puertas del aula. Certificado de Estudios Superiores de SociologíaGeneral. Primer examen escrito.Te levantas demasiado tarde. Allá, cabezas concentradas o aburridas se inclinan pensativamentesobre los pupitres. Las miradas quizá inquietas de tus amigos convergen sobre tu lugar vacío. No dirásen cuatro, ocho o doce cuartillas lo que sabes, lo que piensas, lo que sabes que debes pensar sobre laalienación, sobre los obreros, sobre la modernidad y el tiempo libre, sobre los burócratas o laautomatización, sobre el conocimiento del otro, sobre Marx rival de Tocqueville, sobre Weber enemigo de Lukacs. En cualquier caso, no habrías dicho nada porque no sabes gran cosa y no piensasnada. Tu lugar permanece vacío. No terminarás tu licenciatura, no conseguirás nunca un título. Noestudiarás más.Te preparas, como todos los días, un tazón de Nescafé; agregas, como todos los días, unas gotasde leche condensada azucarada. No te lavas, apenas si te vistes. En una palangana de plástico rosa, pones a remojar tres pares de calcetines.

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