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Pollito una anécdota familiar

Pollito una anécdota familiar

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Published by: J. Enrique Cáceres-Arrieta on Jun 10, 2008
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Pollito: una anécdota familiar
J. Enrique Cáceres-Arrieta
El Día del Niño de 2007, mientras los niños celebraban su Día enescuelas y colegios, mi hijo Jonatán (de 12 años hoy) se ganaba un pollitoen una tómbola escolar. No era la primera vez que mis hijos regresaban con pollos de la escuela, pues hacía unos años me habían preguntado si podían llevar unos pollitos asu apartamento. No puse objeción y su madre tampoco lo hizo. De maneraque tres pollos fueron acogidos en la familia, y después de crecidos fueronllevados a la casa de una amiga.El pollito ganado por Jonatán era un caso diferente. Ese día del premio,los mellizos (Jonatán es mellizo con David) estaban rebosantes de contento por el pollito, y lo metieron en una bolsa para transportarlo. Con todo,David lamentó no haber ganado un pollo. Al subir al auto, dije a mis hijosque soltaran al pollito en el piso para que piara y se alimentara.Pasaron días y semanas, y Pollito (así lo llamaba su dueño) creció; y junto con un conejo, unos pececillos y una perrita contribuía a la alegría delhogar.Una noche, la mamá de mis hijos me llamó y con triste voz manifestó queJonatán y David lloraban desconsoladamente porque Pollito había sidogolpeado por la puerta de la cocina y estaba moribundo. Mientras memudaba de ropa para ver qué pasaba, un zarpazo de sentimientos yemociones encontrados me llevó a una escena en la cual lloraba mis periquitos que un hambriento gato había devorado. De ellos solo quedaron pocas plumas como recordatorio. Créeme que eso fue devastador para mí.De modo que saa perfectamente bien lo que sentían los mellizos,especialmente Jonan, dueño del pollo. (Quipara alguien sea unatontada contar y escribir sobre un
 
 pollo, y hasta pensará que el problema sehabría solucionado comprando otro. Uno de los terribles errores que los padres cometemos con los hijos es no validar correctamente sussentimientos y emociones y abandonarles física y afectivamente, criándosenuestros hijos como niños huérfanos de padres vivos)Al llegar al apartamento de mis hijos, encontré a Jonatán llorando alágrima viva y a Pablo (14), mi hijo mayor, contemplando y abanicando aldesdichado pollo. Lo primero que hice fue abrazar a Jonatán y preguntarlequé pasaba. Sabía lo que sucedía, mas quería oírlo de él. Entre llantos ysollozos me contó lo que su madre ya había narrado a través del teléfono.Miré al pollo; se veía muy mal. Estaba más muerto que vivo. Mi mentenaturalista me dijo que no sobreviviría e intenté preparar a mis hijos para lo peor. Me equivoqué. Mientras trataba de consolar a Jonatán, David salió
 
del cuarto llorando. De pronto Pablo exclamó que el pollo estaba vivo. Lamamá de mis hijos dijo que David se había arrodillado a orar por el pollo.“¡Ridículo!”, gritan la creencia naturalista y el creyente racionalista.Contra los diagnósticos, el pollo sobrevivió; los mellizos lo atribuyeron aun milagro. Decían que Dios había escuchado sus plegarias. Cierto o no, el pollo se recuperó gracias al cuidado de los niños y a las sugerencias queuna veterinaria nos diera a Jonatán y a mí.Los días pasaron... y el 20 de agosto me llamó de nuevo la mamá de mishijos, comunicándome que Jonan por accidente haa atropellado aPollito con un carrito que montan los niños más pequeños.En efecto, Pollito estaba muerto y Jonatán lloraba a cántaros. Traté queel chico no se sintiera culpable, y en medio de todo sintiera mi consuelo,amor y empatía. En ningún momento le insinué reprimir el llanto, sino queconvalidé sus emociones y le animé a expresar su dolor. Tampoco leinsinué comprar otro pollo por no querer herir sus sentimientos.La tarde del 20, los mellizos y yo fuimos a enterrar a Pollito; Pablo nohabía regresado del colegio. Camino al entierro, Jonatán advirtió: “de
 
ahoraen adelante no tendré más mascotas tan fgiles”; se refea a lavulnerabilidad de los animales pequeños.Después de cavar para enterrar a Pollito, le pedí a su dueño que locolocara en la excavación. Me partió el alma lo manifestado por Jonatán alexteriorizar el profundo cariño que tenía al pollo. También me preguntó:“Papá, ¿los pollos van al cielo?”. Le respondí no saber; que la
 Biblia
nodice nada al respeto. (A solas con mis pensamientos y meditando en la pregunta de mi hijo, recordé que la
 Biblia
revela que en la Nueva Jerusalénhabrá animales, pero las bestias salvajes no harán daño ni al niño de pecho,y morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará) Mas sabía que los humanos tenemos la opción de ir o no a tanhermoso y placentero lugar. Además, aseveré a mis hijos que esto era unalección para que viéramos la brevedad, unicidad y fragilidad de la
 
vida.Pero que los cristianos tenemos fe y esperanza de que nos reencontraremoscon nuestros seres queridos, donde habita Jes. (Si la creencia yconvicción del cielo es perversa como creen algunos incrédulos, más tóxicoy brutal es asegurar a los niños que “la vida se acaba al morir” basado noen reales evidencias científicas sino en especulaciones filosóficas)Al ver la tristeza y el amor de mi hijo por su muerto y sepultado pollo, laslágrimas brotaron y quedamos llorando los dos por Pollito, el pollo que elDía del Niño vino a formar parte de la familia y del corazón de tres niños.A la fecha, mi hijo Jonatán sigue visitando el lugar donde enterramos a sumascota Pollito. Ello me enternece por ver que un niño pequeño tienesentimientos tan nobles como recordar y seguir queriendo a un animalito para muchos tan insignificante como un pollo.

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