un
bajo nivel de inferencia
en las construcciones sobre la conducta evaluada (Fernández-Ballesteros, 1994), lo que proporciona, además, la disposición de tasas cuantitativas que sirven parafijar una línea base previa a las intervenciones (de carencias o excesos conductuales) con el fin deidentificar los cambios posteriores.¿Hasta qué punto los analistas conductuales han sido consecuentes con esa estrategia demedición directa en su trabajo clínico? Puede decirse que poco. Sondeos informales sobre laslabores de psicólogos clínicos (y educativos) de orientación conductual, interconductual,contextualista y cognitivo-conductual declarada, parecen indicar que sea por falta de tiempo, seapor imposibilidad material, o sea por limitación conceptual, la mayoría utilizan tests
inventarios,escalas, cuestionarios y otros procedimientos tradicionales
para evaluar indirectamente a susclientes, independientemente de que también usen alguna forma de registro directo.En la práctica, entonces, lo que hay es un eclecticismo evaluativo y un uso generalizado deconstructos sobre la personalidad, para proceder a emitir diagnósticos e informes psicológicos. Esose halla bastante alejado de los supuestos del enfoque conductista radical ortodoxo, en cuyo seno seinició la crítica a la perspectiva etiológica. Si se pregonan restricciones teóricas y metodológicas ala vez que se es inconsecuente con ellas, el resultado es una crisis de enfoque, la cual, a su vez,repercute en la imagen de los analistas del comportamiento y en el desprestigio de la asuncióncientífica de la evaluación conductual. Así es como se produce un aumento acelerado de quienes ensu devenir profesional, pese a partir de una vocación sistemática y naturalista, son incapaces deseguir una inconveniente línea inductiva ortodoxa y prefieren autodenominarse, de una manera máso menos “vergonzante”, como terapeutas
cognitivo-conductuales
en vez de
analistas conductuales
o
conductistas
, incluso convirtiéndose sorprendentemente en críticos ácidos del conductismo engeneral desde el punto de vista que adoptaría un cognitivo “puro”, sin serlo (p. ej. véase Vila yFernández-Santaella, 2009).Pero la división maniquea entre métodos de evaluación directa e indirecta es, en realidad,innecesaria, como también lo es la asunción de un enfoque ecléctico. El paradigma conductual tienela potencialidad conceptual y empírica suficiente como para resolver el problema abarcando ambostipos de evaluación y otros, sin caer en inconsecuencias teóricas ni metodológicas. Como lo señalanFernández-Ballesteros y Staats (1993), existe un modelo capaz de asumir la justificación de tareasevaluativas a través de instrumentos que recogen autoinformes, y de análisis funcionales de casobasados en hipótesis teóricas. Este modelo es el de los
repertorios básicos conductuales
, (llamadosen otro contexto “
behavioral cusps
”: Hixson, 2004), complejos sistemas de respuestasinterrelacionadas, aprendidas en la historia de condicionamiento de cada individuo, que puedenactuar como determinantes de su conducta posterior. Como tales repertorios son de orden cognitivo-lingüístico, emotivo-motivacional y sensorial-motor, debe esperarse que un cambio al interior deesos repertorios afecte al resto. Por ejemplo, las respuestas verbal-motoras
que son un sub-repertorio cognitivo-lingüístico de rotulación de actos motores concretos
, adquieren su controlrecíproco de palabra-acción en el transcurso de progresivas interacciones, ampliándose a repertorios(auto)instruccionales que permiten al individuo no sólo dirigir su propia conducta, sino tambiénpredecirla.Lo que miden los diversos tests es cierta parte de esos repertorios en función a diversassituaciones hipotéticas, planteadas en los reactivos. Esta parte es una
muestra
de lo que pasaría si elindividuo evaluado se encontrara en una situación semejante a la planteada por el test. Dichamuestra tiene, a su vez, que ser correlacionada con otros datos obtenidos a través de una evaluaciónmás completa, que incluye registros directos y autorregistros.Por tanto, para el manejo conductual las clásicas pruebas psicométricas tienen valor sólo entanto
muestreen
, no estrictamente “rasgos” molares (de los cuales brota una idea ya en laentrevista), sino
patrones de comportamiento funcionales a ciertos contextos
interesantes a laintervención). De tal manera, es mejor saber cómo reacciona una persona ante una situacióndiscriminativa o ante una tarea por resolver, que conocer si es, p. ej., “inteligente” (
in abstracto
) o“mentalmente maduro”. En este sentido, el universo de pruebas tradicionales adaptables con finesde evaluación conductual es prácticamente ilimitado. Por ejemplo, el
Cuestionario de Síntomas
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