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BALZAC HONORE DE - La Bella Imperia

BALZAC HONORE DE - La Bella Imperia

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LA BELLA IMPERIAHONORATO DE BALZAC
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Librodot La bella Imperia Honorato de Balzac
Para ir al Concilio de Constanza el arzobispo de Burdeos había incluido en suséquito a un curita turenés bien apersonado, cuyos modales y discurso eran,cosa rara, exquisitos, tanto más cuanto que pasaba por ser hijo de la Soldée y delgobernador.El arzobispo de Tours se lo había entregado gustosamente a su cofrade cuandoaquél estuvo de paso en la ciudad, por aquello de que los arzobispos, sabiendocuán agudos son los pruritos teológicos, se hacen regalos entre ellos.Así pues, al concilio vino ese joven cura y fue alojado en casa de su prelado,hombre de buenas costumbres y de gran saber.Philippe de Mala, que así se llamaba el cura, resolvió obrar bien y servir condignidad al que le promovía, pero vio en aquel concilio mistigórico mucha gentede vida disoluta, sin que por eso obtuvieran menos, sino que, por el contrario,poseían s indulgencias, escudos de oro y beneficios, que todos aquellosprudentes y comedidos.Pero hete aquí que una noche, dura para su virtud, el diablo le susurró al oído yentendimiento que ya era hora de que hiciera su provisión a cestadas, ya quecada uno se nutría en el seno de nuestra Santa Madre la Iglesia, sin que jamásse agotara, milagro que demostraba con creces la presencia de Dios. Y el curitaturenés no decepcionó al diablo. Se prometió, puesto que era pobre a más nopoder, banquetear, arrojarse sobre los asados y otras salsas de Alemania, cuandole conviniera y sin pagar.Pero, como seguía manteniendo continencia, ya que tomaba por modelo a supobre y viejo arzobispo, quien, por fuerza ya no pecaba y era tenido por santo,sufría frecuentemente ardores intolerables seguidos de melancolías, dado elnúmero de bellas cortesanas de abundante pechera y de indiferencia glacial conla gente pobre, que vivían en Constanza para despejar el entendimiento de lospadres del Concilio. Rabiaba por no saber cómo acometer a tan galantes urracasqué zaherían a los cardenales, abades, comenderos, auditores de la Rota,legados, obispos, príncipes, duques y margraves, tal como lo hubieran podidohacer con simples clérigos desprovistos de dinero.Por la noche, dichas sus oraciones, intentaba hablarles, aprendiendo a estosefectos el hermoso breviario del amor. Se hacía preguntas para poder contestar acuantos casos pudieran presenrsele... Y si, al a siguiente, hacia lascompletas, se encontraba con alguna de aquellas ufanas princesas, en buenpunto, repantigada en su litera, escoltada por pajes bien armados, permanecíaboquiabierto, como perro cazando moscas, viendo aquella fría figura que tanto leabrasaba.Habiéndole demostrado claramente el secretario de Monseñor, gentilhombre delPerigord, que los padres, procuradores y auditores de la Rota compraban conmuchos presentes, no con reliquias o indulgencias, sino con piedras preciosas yoro, el favor de tener entrada en casa de aquellas encopetasimas gatasmimadas que vivían bajo la protección de los señores del Concilio, el pobreturenés, por ser tan inocente y pazguato, atesoraba en su jergón los escudos deoro que le había entregado el arzobispo a cambio de trabajos de escritura con laesperanza de que un día llegaría a tener lo suficiente para poder ver, tan sólo unmomento, a la cortesana de un cardenal, poniéndose por lo demás en manos deDios.
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Librodot La bella Imperia Honorato de Balzac
Iba desnudo de pies a cabeza y se parecía tanto a un hombre, como una cabratocada de noche se parece a una damisela, y dando rienda suelta a sus pasiones,vagaba de noche por las calles de Constanza, sin preocuparse por su vida; y congran peligro de que los soldados le atravesaran el cuerpo, espiaba a loscardenales que entraban en casa de sus amigas.Veía entonces cómo se encendían las velas de cera en las casas y cómo derepente relucían puertas y ventanas. Oía luego cómo los benditos abades odemás personajes se reían, bebían y se lo pasaban en grande, enamorados,cantando el Aleluya secreto y rezando cortos sufragios a la música con la cual seles agasajaba. Las cocinas hacían milagros, y así se celebraban oficios conbuenos pucheros grasientos y caldosos, maitines con lacones, vísperas conbocados exquisitos y Laus Deo con dulces... Entonces, terminadas las libaciones,aquellos buenos curas callaban. En las escalinatas sus pajes jugaban a los dados y en la calle peleaban las reacias mulas. ¡Qué bien iba todo! Y eso, porque habíafe y religión... ¡He aquí cómo el bueno de Hus fue quemado!... ¿Y la causa...?Ponía la mano en el plato sin ser convidado. Y además ¿por qué se hizo hugonoteantes que los otros?Pero volviendo al gentil Philippe, muy a menudo recibió porrazos y fuertesgolpes; pero el diablo le animaba, haciéndole creer que tarde o temprano lellegaría el turno de ser cardenal en casa de una de aquéllas.Su ansia le enardeció como un ciervo en otoño; y tanto, que una noche sedeslizó hasta la montera de una de las más hermosas casas de Constanza, en lacual había visto a menudo a oficiales, senescales, lacayos y pajes esperando conantorchas a sus amos, duques, reyes, cardenales y arzobispos."¡Ah! -pensó-, cuán bella y galante debe ser ésta..."Un soldado, debidamente armado, le dejó pasar creyendo que pertenecía alelector de Baviera que acababa de salir de dicha morada, y que iba a traer unmensaje de dicho señor.Philippe de Mala subió las escaleras, tan ligero como un lebrel, rabiosamenteposeído por el mal de amor, y se dejó llevar por una deleitosa fragancia deperfume hasta la alcoba donde platicaba con sus mujeres la dueña de la casa,mientras desabrochaba sus atavíos.Se quedó boquiabierto como un ladrón delante de los alguaciles. Estaba laseñora sin sayas ni caperuza. Las doncellas y sirvientas, ocupadas en descalzarla y desvestirla, dejaban su primoroso cuerpo al desnudo con tal destreza y llanezaque el cura enardecido soltó un ¡Ah! que desprendía amor.-Bueno, ¿y qué deseáis, hijo mío?... -le dijo la señora.-Entregaros mi alma... -contestó devorándola con la mirada.-Podéis volver mañana -repliburlándose abiertamente de él. A lo quePhilippe, con el rostro encendido, gentilmente contestó:-No faltaré.Se puso a reír ella como una loca.El tal Philippe, desconcertado, se quedó atónito y contento, clavando sobre ellaunas miradas que flecheaban admirables primores de amor, tales como una bellacabellera que cubría una espalda de marfil pulido, dejando ver, por entre milesde bucles ensortijados, superficies deliciosas, blancas y resplandecientes.Llevaba en su frente de nieve un rubí menos feraz en olas de fuego que sus ojosnegros humedecidos por su risa llana. Lanzó incluso su zapato de punta curva,
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