Primavera de 1997 año 3 Nº9 ENCUENTRO XXI12MANIFIESTO DE CORDOBA
riremos los sucesos para que se vea cuánta ra-zón nos asistía y cuánta vergüenza nos sacó a lacara la cobardía y la perfidia de los reacciona-rios. Los actos de violencia, de los cuales nosresponsabilizamos íntegramente, se cumplíancomo en el ejercicio de puras ideas. Volteamoslo que representaba un alzamiento anacrónicoy lo hicimos para poder levantar siquiera el co-razón sobre esas ruinas. Aquéllos representantambién la medida de nuestra indignación enpresencia de la miseria moral, de la simulacióny del engaño artero que pretendía filtrarse conlas apariencias de la legalidad. El sentido moralestaba oscurecido en las clases dirigentes porun fariseísmo tradicional y por una pavorosa in-digencia de ideales.El espectáculo que ofrecía la asambleauniversitaria era repugnante. Grupos amoralesdeseosos de captarse la buena voluntad del fu-turo rector exploraban los contornos en el pri-mer escrutinio, para inclinarse luego al bandoque parecía asegurar el triunfo, sin recordar laadhesión públicamente empeñada, el compro-miso de honor contraído por los intereses de laUniversidad. Otros -los más- en nombre delsentimiento religioso y bajo la advocación dela Compañía de jesús, exhortaban a la traicióny al pronunciamiento subalterno. (¡Curiosa re-ligión que enseña a menospreciar el honor y adeprimir la personalidad!: ¡religión para venci-dos o para esclavos!). Se había obtenido unareforma liberal mediante el sacrificio heroicode una juventud. Se creía haber conquistadouna garantía y de la garantía se apoderaban losúnicos enemigos de la reforma. En la sombralos jesuitas habían preparado el triunfo de unaprofunda inmoralidad. Consentirla habría com-portado otra traición. A la burla respondimoscon la revolución. La mayor expresaba la sumade la regresión, de la ignorancia y del vicio.Entonces dimos la única lección que cumplíay espantamos para siempre la amenaza deldominio clerical.La sanción moral es nuestra. El derechotambién. Aquéllos pudieron obtener la sanciónjurídica, empotrarse en la ley. No se lo permi-timos. Antes de que la iniquidad fuera un actojurídico irrevocable y completo, nos apodera-mos del salón de actos y arrojamos a la cana-lla, sólo entonces amedrentada, a la vera delos claustros. Que esto es cierto, lo patentizael hecho de haber, a continuación, sesionadoen el propio salón de actos la federación uni-versitaria y de haber fírmado mil estudiantes,sobre el mismo pupitre rectoral, la declaraciónde huelga indefinida.En efecto, los estatutos reformados dis-ponen que la elección de rector terminará enuna sola sesión, proclamándose inmediatamen-te el resultado, previa lectura de cada una delas boletas y aprobación del acta respectiva.Afirmamos sin temor de ser rectificados, quelas boletas no fueron leídas, que el acta no fueaprobada, que el rector no fue proclamado yque, por consiguiente, para la ley, aún no exis-te rector de esta Universidad.La juventud universitaria de Córdoba afir-ma que jamás hizo cuestión de nombres ni deempleos. Se levantó contra un régimen admi-nistrativo, contra un método docente, contraun concepto de autoridad. Las funciones pú-blicas se ejercitaban en beneficio de determi-nadas camarillas. No se reformaban ni planesni reglamentos por temor de que alguien en loscambios pudiera perder su empleo. La consig-na de “hoy para ti, mañana para mí” corría deboca en boca y asumía la prominencia de esta-tuto universitario. Los métodos docentes esta-ban viciados de un estrecho dogmatismo, con-tribuyendo a mantener a la Universidad apar-tada de la ciencia y de las disciplinas moder-nas. Las lecciones, encerradas en la repeticióninterminable de viejos textos, amparaban elespíritu de rutina y de sumisión. Los cuerposuniversitarios, celosos guardianes de los dog-