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Proceso 1755
 
Índice
NARCOTRÁFICO
VIOLENCIA EXTREMA: Guerra contra el luto /Marcela TuratiEn la mira de La Resistencia /Francisco CastellanosTodos sabían que la matanza venía /Cayetano Osuna /RíodoceNuevo León: cirugía sin anestesia… y sin resultados /Luciano Campos GarzaLAVADO DE DINERO: Reglas de interpretación múltiple /Carlos Acosta Córdova
JUSTICIA
La política le ganó a la justicia /Jorge Carrasco Araizaga
POLÍTICA /YUCATÁN
Megaobras, megafraudes /Jenaro Villamil
ELECCIONES 2010 /OAXACA
El siniestro estilo de Ulises /José Gil Olmos
INTERNACIONAL
 ESPAÑA: Del “milagro” al drama español /Alejandro GutiérrezCHILE: Un crimen con aval /Francisco Marín
ANÁLISIS
Guardianes del infierno /Denise DresserContando muertos /NaranjoRespuestas mediáticas /Jesús CantúEl mensaje de Calderón /John M. AckermanLos ojos de la Gorgona /Javier SiciliaInterés Público /Miguel Ángel Granados ChapaLos reclamos /Olga Pellicer
CULTURA
Las cartas inéditas de Orozco a su amor adolescente /Adriana MalvidoGuadalupe Rivera: “No al paseo José Luis Cuevas” /Roberto Ponce
Páginas de crítica
Arte: Diversidad mexicana: artística y cultural /Blanca González RosasMúsica: La Cenicienta de Rossini /Mauricio Rábago PalafoxTeatro: Trabajando un día particular /Estela Leñero FrancoCine: Abel /Javier BetancourtTelevisión: Políticas públicas desde la pantalla /Alma Rosa Alva de la SelvaLibros: El mismo engaño / Jorge Munguía Espitia
ESPECTÁCULOS
Los héroes de la Independencia “tipo Disney” /Columba Vériz de la FuentePalabra de LectorMono Sapiens /Zoología Mundialista /Helguera y Hernández
 
Guerra contra el lutoMarcela Turati
En muchas ciudades del país hay grupos semejantes, pero es en Ciudad Juárez –el extremode la violencia extrema– donde han cobrado auge. Padres y madres que han perdido a sushijos, mujeres y hombres que han perdido a sus cónyuges y, sobre todo, huérfanos,aprenden en carne propia el significado de la palabra tanatología en terapias de las queescapan lágrimas y rezos. Como en otras partes del territorio nacional, desde que el actualgobierno emprendió el combate armado contra el narcotráfico, en Juárez se vive en duelopermanente. La batalla no sólo es contra el luto. También contra las lesiones severas, contrala invalidez quizá de por vida…CIUDAD JUÁREZ, CHIH.- “¿Quién sí hizo la tarea?”, pregunta la terapeuta al grupo reunidoen la pequeña capilla blanca de la peligrosa colonia Felipe Ángeles. Ninguno de los alumnosse anima a responder. Ella les recuerda que la tarea consistía en regalar la ropa de su difuntopara avanzar en el proceso de duelo. O al menos intentarlo.Desde las bancas una mujer comenta que a ella le “dio cosa” regalar los trajes caros que secompraba su hijo, un policía que se distinguía por su elegancia y pulcritud, hasta que lorafaguearon. Un anciano pregunta si está mal platicar todos los días con la foto del hijo quele balearon en la calle. Una obrera dice que no se anima a deshacerse de las pertenenciasde su esposo porque sigue desaparecido, pero que se sintió bien al regalar la de su hijoasesinado, para que otro la aproveche.“Deshacerse de sus cosas no implica deshacerse de ellos, pero hay que dejar ir”, comenta latanatóloga de uno de los Talleres de Duelo que se reproducen en esta ciudad, considerada elepicentro de la narcoviolencia mexicana.La mortandad, en serie, sin descanso, como salida de la banda de producción de unamaquiladora, ha dejado a un número indeterminado de familias sin padre o madre que lasencabece, una congregación de viudas y, según la Asociación local de Maquiladoras, 10 milhuérfanos.Desde que Felipe Calderón declaró la “guerra contra las drogas” y lanzó el OperativoConjunto Chihuahua en 2008, Juárez ha estrenado 5 mil 400 fosas. Esta ciudad solita hapuesto una quinta parte de todos los “caídos”.Por la avalancha de familias que han perdido a uno o varios miembros, una parroquiacatólica organizó un taller que pronto se reprodujo en varios templos de la ciudad, como unacuración de emergencia para esta ciudad plagada de damnificados de la epidemia de laviolencia.Las sesiones duran tres meses, dos horas por semana. Uno de los participantes es VicenteMuñoz –un hombre grueso, de 65 os, que se sienta en primera la como alumnoaplicado–, quien abre el cuaderno de notas que estrenó hace ya 10 semanas, cuando llegópor primera vez a la capilla –como todos: silencioso, apenado y cabizbajo–, y de sus apuntescomienza a leer los sentimientos que el grupo cargaba al inicio: “tristeza, enojo, coraje, odio,dolor, cansancio, culpa, depresión, sentirse un zombi, muerta en vida, por qué yo, enojo conDios”.En el grupo él puede hablar sobre su hijo, pero no puede hacerlo con su esposa, quien desdeel asesinato el 5 de septiembre del año pasado dejó de hablarle, quizás enfadada por suactitud de resignación.“Estoy como todos, con nuestro dolor, nuestro llanto, aunque yo me siento en paz porque leentregué a mi Padre-Dios a mi hijo y perdoné a quienes me lo mataron ese mismo día queestaba ahí tirado. Pero mi esposa, pobrecita, se quería arrimar, los soldados no la dejaron,era peor que lo viera todo deforme de su rostro, ya lo vio en la caja todo parchado, ni separecía”, comenta Muñoz.Todos en el grupo comparten historias similares. A su lado la señora Martha Martínezmuestra una foto de su hijo veinteañero, un investigador del Departamento de AutosRobados de la Agencia Especial de Investigaciones asesinado el 21 de mayo de 2009, ydice:
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