Un grumete de unos diecisiete años descendió por la escalera de fierro y se dirigió a Alejandro: —Ven arriba, a lavarte; anoche te vi cuando te sacaron de tu escondite, no tengas miedo, no seas tonto, sólo algunos de esos viejos brutos sonmalos, el resto son buenos, les gusta hacer chistes pero no hacen daño. Ya verás, si quedas a bordo lo vas a pasar bien; yo te vine a buscar, porque me gustan los tipos “gallos”, y no es cualquiera el que se atreve a embarcarse de “pavo” enun buque de guerra. “¡Si quedas a bordo!. • .“ --e1 niño recordó las palabras del comandante:—: “La orden de viaje dispone seguir directo a Punta Arenas.“; esto lo hizo sentirse confortado. —Gracias —dijo, y siguió al grumete, que 1. pasósu toalla y su jabón. —Después preguntas dónde queda la “Ayudantía”, y te presentas al sargento primero escribiente; él te ordenará lo que hagas —le dijo aquél.En la cubierta, la tripulación estaba formada pasando revista, y, en realidad,se dio cuenta de que nadie se fijaba en él ahora, como si no existiera. Esto loalentó: prefería sentirse solo; se lavó, devolvió a su protector los útiles de aseo y se dirigió a la Ayudantía, que quedaba en el centro del buque. De paso, pudo ver un mar verde, florecido de olas regulares, que reventaban en espuma, empujadas por un fresco viento que daba de’ costado en las velas. La nave, siempre escorada de babor, corría velozmente surcando el Océano Pacífico; costas no se divisaban por ninguna parte, a pesar de la claridad del día, brillante de sol. Elagudo silbato del contramaestre se dejó oír, y, al pie de los palos, voces vigorosas ordenaron: “Cargar las escotas de las cuchillas y de la mesana!” Los grumetes se apiñaron junto a los motones y jarcias, se oyó el chillido de cabos que secobran, las velas verticales que quedan3