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Sen,Amartya - La Vida y la Muerte Como Indicadores Económicos

Sen,Amartya - La Vida y la Muerte Como Indicadores Económicos

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07/31/2010

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La vida y la muerte como indicadores económicos
 La información aportada por los índices de mortalidad, cuando se emplean en el análisis delos logros económicos, aclara aspectos críticos de la organización de la sociedad.
Sen, Amartya
A la economía no le conciernen sólo la ingreso y la riqueza, sino también el modo de emplear esos recursos como medios para lograr fines valiosos, entre ellos la promoción y el disfrutede vidas largas y dignas. Pero si el éxito económico de una nación se juzga sólo por suingreso y por otros indicadores tradicionales de la opulencia y de la salud financiera, como sehace tan a menudo, se deja entonces de lado el importante, objetivo de conseguir el bienestar.Los criterios más convencionales de éxito económico se pueden mejorar incluyendoevaluaciones de la capacidad de una nación o una región para alargar la vida de sus habitantesy elevar su calidad.Aunque el mundo, en su globalidad, conozca hoy una prosperidad sin precedentes, no handesaparecido las bolsas de hambruna y mal nutrición crónica. Lo mismo en paísesindustrializados que en el Tercer Mundo siguen siendo endémicas enfermedades que puedendesarraigarse, muertes que son evitables. Detrás de esos problemas hay siempre una razóneconómica. Complementando los indicadores tradicionales con estadísticas que se refierenmás directamente al bienestar, pueden evaluarse de manera fructífera las ventajas y lasdeficiencias de enfoques económicos alternativos. Por ejemplo, una país puede tener un producto nacional bruto (PNB) per capita mucho más alto que el de otro y, al mismo tiempo,una esperanza de vida muy inferior a la de éste cuando los ciudadanos del primero no puedenacceder con facilidad a los recursos sanitarios y educativos. Los datos de mortalidad permitenenjuiciar la política seguida y reconocer aspectos cruciales de la penuria económica en ciertasnaciones o en grupos concretos dentro de las naciones.Que las estadísticas de mortalidad son un instrumento muy útil para el análisissocioeconómico se ve con examinar algunos problemas de distintas partes del mundo: lashambrunas, que se dan incluso en lugares donde no falta el alimento; la baja esperanza devida, frecuente en países con PNB alto; las mayores tasas de mortalidad para las mujeres que para los hombres en zonas de Asia y Africa; y los ínfimos porcentajes de supervivencia de losafroamericanos en comparación no sólo con los blancos de los EE. UU. sino con loshabitantes de países paupérrimos.A menudo, buscándole explicaciones económicas al hambre, se hace depender de la políticade producción y distribución de los alimentos, política que suele basarse en el dato estadísticoagregado de la cantidad de alimentos disponibles por persona en el país; a este indicador leotorgó ya preeminencia Thomas Richard Malthus a comienzos del siglo XIX. Pero puedehaber hambre con una valor elevado de ese guarismo. la confianza en esas simples cifras creamuchas veces una engañosa sensación de seguridad, y, con ello, hace que los gobiernoseludan el tomar las medidas oportunas.Para comprender adecuadamente el fenómeno del hambre hay que examinar los canales deadquisición y distribución de los alimentos, y estudiar cómo y en razón a qué tienen acceso aéstos los distintos sectores de la sociedad. La hambruna sobreviene porque una fracciónimportante pierde los medios para obtener comida, por culpa del paro, la depreciación salarialo una grave alteración del tipo de cambio entre la venta de bienes y servicios y la compra de
 
alimentos. La información acerca de estos factores y de los demás procesos económicos queinfluyen en la capacidad de procurarse comida debería estar en la base de las políticasencaminadas a evitar la escasez y aliviar el hambre.La hambruna de Bangladesh en 1974 es prueba de que hay que ampliar mucho la apreciaciónde los factores que originan tamaños desastres. Aquel año la cantidad de alimento per capitaen Bangladesh era elevada, mayor que cualquier otro año entre 1971 y 1976. Pero lasinundaciones que hubo desde finales de junio hasta agosto impidieron el trasplante del arroz(el proceso por el que los plantones de arroz son trasladados de los lugares de siembra a lasordenadas hileras de los bancales anegados y otras prácticas agrícolas en el distrito norte.Aquello arruinó, a su vez, la contratación de peonadas, en el campo, donde los jornalerosviven al día. Sin salario, estos trabajadores no pudieron comprar ya mucha comida, y llegarona ser víctimas del hambre.El pánico agravó todavía más la situación. Aunque no se esperaba recoger la principalcosecha de arroz, que había sido dañada sólo en parte por las inundaciones, hasta diciembre,el temor a una posible escasez promovió inmediatamente el aprovisionamiento precautorio yel acaparamiento. Los precios se dispararon. Al encarecerse el arroz y otros cereales, se leshizo imposible a los bangladeses pobres la compra de su comida. Cuando los precios de losalimentos alcanzaron, en octubre, la cota más alta, también fue máxima la mortandad.Llegada la cosa a ese punto, el gobierno, con evidente retraso, empezó a dirigir ayuda a granescala. Su respuesta se retrasó por varias razones, una de ellas que los EE.UU., en represalia porque Bangladesh exportaba yute a Cuba, suspendieron los envíos de alimentos. Pero uno delos mayores obstáculos fue la engañosa sensación de seguridad que originaron las elevadascifras del volumen de subsistencias disponibles. Una vez puestas en marcha las ayudas, elmercado comenzó a readaptarse a una estimación más realista de la cosecha de invierno: las pérdidas de grano fueron mucho menores de lo que antes se había supuesto. En noviembre,
 
los precios de los alimentos empezaron a bajar: a finales de ese mismo mes, se cerró lamayoría de los centros de auxilio. El hambre desapareció casi por completo antes incluso deque se pusiese fecha a la recogida, de la cosecha parcialmente dañada.Como se ha dicho más arriba, las proporciones de alimento per capita eran altas ese año enBangladesh (porque en diciembre de 1973 se había recogido una cosecha magnífica). El quesobreviniese luego la hambruna pone de manifiesto lo desastroso que puede ser fiarse sólo delas cifras que expresan la cantidad global de alimentos. Esa cantidad nunca la comparteequitativamente toda la población, ni la disponibilidad es absoluta. Además, elalmacenamiento privado o comercial de productos salen al mercado, o se retiran, en respuestaa los incentivos monetarios y cuando se espera que haya cambios de precios.Frecuentemente ha habido hambruna cuando las estadísticas mostraban poca o ningunadisminución de las subsistencias. Por ejemplo, durante el hambre que azotó Bengala en 1943,la merma del poder adquisitivo de los salarios que percibían los jornaleros del campo fue loque hizo que se extendiese la inanición. De manera similar, en 1973, una hambruna en la provincia etíope de Wollo fue causada por una sequía que allí se prolongó mucho y queempobreció a la población de aquellos lugares, si bien no redujo mucho la producción dealimentos en el conjunto de la nación. Como la capacidad adquisitiva de los habitantes deWollo quedó muy menguada, resultó que en esta provincia los precios fueron a menudo más bajos que en cualquier otra parte del país; de hecho algunas subsistencias se sacaron de laregión castigada por el hambre para venderlas en zonas de más abundancia. (Este trágico girode los acontecimientos se dio también durante la década de 1840, cuando de una Irlandahambrienta se enviaban alimentos a una Inglaterra próspera).Hay varios modos de evitar el hambre. En África y en Asia contribuiría obviamente a lograrlola extensión de los cultivos, no sólo porque ello rebajaría el costo de la manutención, sinotambién porque aumentaría el poder adquisitivo de poblaciones empleadas en las faenas delcampo. Para incrementar esta producción habría que ofrecer incentivos que hicieran rentableslas inversiones agrarias. Se necesitarían también políticas de regadíos y fomento de latransformación tecnológica (que en África está muy descuidada).Pero no basta con incrementar la producción de alimentos. Si bien se mira, dada lavariabilidad del clima, concentrar demasiado los recursos de una nación en la agricultura yganadería puede hacer a la población más vulnerable respecto a las sequías y lasinundaciones. Especialmente en el África subsahariana es muy necesaria una diversificaciónde la producción que incluya la gradual expansión de la industria. Cuando la gente tienemedios económicos se puede comprar comida, trayéndola, si es preciso, de otras partes.

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