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Resumen - Lettieri Alberto (2003)

Resumen - Lettieri Alberto (2003)

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07/27/2010

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Alberto Lettieri
(2003)LA GUERRA DE LAS REPRESENTACIONES: LA REVOLUCIÓN DE SEPTIEMBRE DE 1852 Y ELIMAGINARIO PORTEÑO
La década de 1850 parece haber sido uno de esos momentos de captación de la historia global y de profundo cambio en la percepciónde la temporalidad. Aún cuando sea posible poner en cuestión la verdadera magnitud de la revolución de septiembre de 1852, suriqueza no radicó necesariamente en la contienda en sí, sino en los cambios y transformaciones que se derivaron de ese hecho. En estesentido la revolución constituyó el punto de partida para el desarrollo de una serie de operaciones por parte de la dirigencia porteña,que apuntaron a consolidar y reforzar la victoria obtenida en el terreno de las armas mediante la construcción de diversos símbolos yrepresentaciones. Esta voluntad de la dirigencia porteña de operar en el ámbito del imaginario social ya había sido entrevista por 
Ramón Carcano
y
Ricardo Leve
ne, quienes utilizaron una conceptualización muy diferente. La dirigencia porteña debió elaborar undiscurso con fuertes implicaciones ideológicas, que privilegiaba la defensa de la autonomía provincial, el régimen republicano y elfederalismo. Sin embargo, pese a que las intuiciones de estos autores permitían suponer la urgencia de la dirigencia por construir unsólido consenso social, la lectura canónica ha pasado por alto el estudio de los mecanismos diseñados para legitimar ese poder deautoridad, que parecen haber desempeñado un papel esencial en la arquitectura del naciente régimen. Uno de esos mecanismos fue laconstrucción e instalación social de un nuevo discurso de la legitimidad, cuyos orígenes se remontaban a las ya míticas jornadas de junio. Ese discurso significaba un reconocimiento tanto de la opinión pública como ámbito de legitimación del poder político, cuantodel liderazgo de una elite autodesignada que pretendía fundar su mando en su capacidad para anticiparse a las inclinaciones de esaopinión o para interpretarlas de modo tácito. La revolución permitiría poner en circulación una nueva percepción de la temporalidad,así como una serie de discursos y representaciones que apuntaron a definir el imaginario social en clave provincialista, republicana y progresista, al tiempo que estigmatizaban la imagen del adversario, presentándolo como expresión de la “barbarie rural”, con objeto dedenegarle cualquier tipo de legitimidad.
 Discursos y representaciones de la revolución de septiembre
La revolución de septiembre no fue producto de una reacción generalizada de la población de Buenos Aires, ni una expresióncontundente de la opinión pública. La conciencia de la extrema debilidad de su situación exigió que la dirigencia política cerrase filasdetrás de la revolución. Sin embargo, resultaba evidente que la naciente coalición en defensa de la república no resultaba suficiente para consolidar la situación de la provincia. Era indispensable rodear al movimiento de un sólido respaldo social que permitieseoponer un frente interno consolidado ante la previsible reacción guerrera de Urquiza. De este modo, desde el momento mismo de laconsagración del levantamiento, la dirigencia provincial puso en circulación una serie de discursos y representaciones colectivas conel objeto de producir un amplio consenso social, o la ilusión de su existencia. Así, en contradicción con las narraciones posteriores, elrelato mítico de la gesta revolucionaria realizado por el periodista
José Luis Bustamante
presentaba una lectura heroica de lossucesos.La revolución de septiembre marcaba la conclusión del tutelaje de Urquiza sobre Buenos Aires. Como resultado dejaba una alianza política poco consolidada, que reconocía un predominio circunstancial de la facción liberal liderada por Valentín Alsina, con el apoyode una compacta opinión pública que no tardó en adoptar el agresivo discurso republicano y provincial de sus líderes.
Septiembre y mayo
Los trabajos de
R. Williams
y
E. Hobsbawm
han demostrado que las tradiciones son construcciones intencionalmente selectivas quea menudo se aplican a la legitimación de un grupo dirigente o de un proyecto social. La invención de tradiciones permite establecer algún tipo de relación simbólica entre el pasado y el presente, con objeto de legitimar a un grupo, un conjunto de valores e ideas, etc., presentándolos como una continuidad de alguna gesta prestigiosa del pasado. Estas operaciones no fueron descuidadas por la nuevadirgencia republicana de Buenos Aires. Otro de los mecanismos aplicados para legitimarse consistió en tratar de inventar unatradición, esforzándose por establecer una continuidad simbólica entre la revolución de septiembre y la mítica revolución de mayo de1810. Llama la atención la determinación de presentar a la revolución no sólo como continuadora de la gesta de mayo, sino tambiéncomo el producto de la acción colectiva del pueblo o de la opinión pública. Sarmiento, hacia hincapié en la excepcional situación queatravesaba la provincia, ya que no había divisiones internas de ningún tipo, sino una apuesta común para sacudirse la humillaciónimpuesta por Urquiza. Bustamante iba mucho más allá, al punto de equiparar la revolución de septiembre con la propia revolución demayo. Sin embargo, guardaba un conveniente silencio respecto de la matriz estrictamente provincial que denotaba ese patriotismo.
 Banquete y fiesta popular 
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En vistas de su propia debilidad política, el control de los ámbitos imaginario y simbólico adquiría una importancia estratégica. Por ese motivo, la puesta en escena había constituido una preocupación central, ya que el discurso revolucionario se había difundido por medio de la lectura pública de proclamas y por al tarea de los redactores de la prensa porteña. Sin embargo, ninguno de los actos públicos llevados a cabo por la nueva dirigencia podía equipararse con la magnificente y elaborada liturgia de las fiestas federales, quehasta hace poco tiempo atrás se habían desplegado en el espacio público provincial. Era necesario, pues, obtener un impacto mayor: si bien los revolucionarios de septiembre pretendían contar con un respaldo positivo de la opinión pública, necesitaban imponer laimagen de una alianza consolidada entre liberales y federales, sometiéndola a una exposición pública masiva. Esta urgencia de ofrecer a la vista de la población una prueba contundente de la solidez y el respaldo de que gozaba la coalición gobernante fue abordada con premura. Los actos y declaraciones se sucedieron, mientras se aguardaba con impaciencia la reacción de Urquiza.La velada del Coliseo, organizada por la Comisión de Hacienda para celebrar la revolución de septiembre, contó con un públicoselecto, compuesto sobre todo por notables, y permitió enviar a la opinión pública, como también a una sociedad ritualizada, señalesinconfundibles de la consagración de la alianza entre liberales y federales y del respaldo que ésta recibía de las clases propietarias. Sinembargo, las operaciones orientadas a la manipulación del imaginario social no terminaron allí. Un mes después, el 28 de octubre, ladirigencia duplicaba la apuesta organizando una multitudinaria fiesta militar y popular para festejar la revolución.Según
Roberto da Matta
, los rituales desplegados durante los desfiles militares permiten consolidar o renovar la vigencia de unaidentidad nacional -o provincial- por medio de la dramatización de valores globales y abarcadores de una sociedad: en estaoportunidad, tales valores no eran otros que la revolución de septiembre, la provincia y la república. El desfile es organizado por lasautoridades y permite instalar un sentido jerárquico en el interior de una sociedad. Dado que el pueblo asiste en calidad de meroespectador, separado de los protagonistas, lo que permite subrayar las diferencias de status. Desde la perspectiva de la manipulacióndel imaginario colectivo, la compra de lealtades significó una herramienta efectivísima para allanar el logro de un consenso amplio para los revolucionarios.
 La defensa de la “ciudad sitiada”
Según
Bronislaw Baczco
, en cada grave conflicto social las acciones de las fuerzas presentes se ajustan a “
condiciones simbólicas de posibilidad 
” que permiten expresar las imágenes magnificadas de los objetivos a alcanzar o de los frutos de la victoria buscada. Estasrepresentaciones colectivas permiten articular ideas, imágenes, ritos y modos de acción que tienen una historia, y de ella extraen susavia para resignificarla por medio de extraños sincretismos con nuevas imágenes, valores o emblemas.Pocos días antes de la celebración de la victoria –el 28 de octubre de 1852- fuerzas militares encabezadas por Hilario Lagos pusieroncerco a la ciudad de Buenos Aires. En esa oportunidad, la dirigencia porteña decidió afrontar el sitio combinando estrategias militaresya probadas – el despliegue de ingeniería militar y el soborno de las tropas invasoras- con la no menos efectiva acción sobre elimaginario colectivo. Las operaciones tendientes a manipular el imaginario social utilizaron con generosidad aquellas representacionesy discursos construidos durante el período previo. Esas imágenes y discursos fueron incorporadas a un sistema simbólico articuladoalrededor de una representación que había comenzado a construirse durante la hegemonía urquicista sobre la provincia y que yaocupaba un papel rector: la “ciudad sitiada”. El sistema simbólico desplegado en torno de la representación de la “ciudad sitiada”incluyó la construcción de un antagonista externo sintetizado en la figura de Urquiza, dotado de características invariablementenegativas, y la elaboración de la representación del guardia nacional, ciudadano armado en defensa del terruño, que permitió instalaen la sociedad una serie de comportamientos, emblemas, virtudes y aspiraciones compartidas, en virtud de los cuales los porteños pudieron asumir y reconocer fácilmente una identidad común. Si bien la elaboración de estas representaciones fue simultánea, es posible distinguir dos momentos dentro de ese proceso. En el primero, que se desarrolló entre la victoria de la revolución deseptiembre y el inicio del sitio de Lagos, las intervenciones parecen haber hecho mayor hincapié en la estrategia de construcción deuna sólida cohesión social recurriendo a la diferenciación respecto de la amenaza exterior que suponía Urquiza. En el segundo, que seextendió entre el inicio del sitio y la recuperación de la autonomía porteña, a mediados de1853, el énfasis parece haberse puesto en laelaboración de la representación del ciudadano armado de la guardia nacional.
 La construcción de un antagonista
El inicio de la invasión de Lagos tuvo como contrapartida la construcción de la representación de Buenos Aires como una “ciudadsitiada”. Cuando el gobierno provisional dispuso la reorganización de la guardia nacional pocos días después de haber tomado el poder, su flamante comandante, el coronel Bartolomé Mitre, incluyó en sui proclama para convocar a los porteños a las filas unaimagen profundamente emparentada con ella. LA efectividad de la proclama residía en que su discurso se adaptaba perfectamente alas condiciones simbólicas de posibilidad vigentes por entonces. En una sola operación discursiva Mitre conseguía cohesionar y provocar la reacción de los porteños, convocándolos a armarse en defensa de su “ciudad sitiada”, al tiempo que definía un antagonista,cuyo nombre sintetizaba todos los males que sufría por entonces Buenos Aires: Justo José de Urquiza. El denuesto de su figura
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