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Durante los días previos al juicio, el revuelo entre los habitantes deBéziers había estado a la orden del día, no había nadie que estuviera ajeno alo que estaba sucediendo. Los chismes corrían de boca en boca y lentamenteel hombre que pronto sería ejecutado en presencia del mismísimo soberanocobró fama casi nacional.Lorrant estaba cómodamente sentado en su silla de madera,indiferente a las miradas de terror y animadversión que apuntaban haciasu persona.El Regidor, el miembro más anciano de la Curia Regis observó a lagente que se había dado cita en el lugar. Estaban allí para impartir justiciasin embargo el anciano no podía pasar por alto que todos en la ciudaddeseaban algo más que eso: venganza por las vidas truncadas de los cinconiños.El Regidor alzó las manos y todos en la sala hicieron silencio. —Estamos hoy aquí para juzgar a este hombre—. Su mano arrugadaseñaló a Guillaume Lorrant. —Todos saben la atrocidad de sus crímenes ypor lo tanto trataré de evitar entrar en detalles, sobre todo por respeto a lafamilia de esos pobres chiquillos.Los padres de las cinco víctimas permanecían en un rincón de la sala,contenidos por unos cuantos guardias que hacían lo imposible para queninguno de ellos se abalanzara encima del acusado e hiciera justicia con suspropias manos. Ya tendría el castigo que se merecía. La muerte por garrote vil erabastante cruel. Él mismo había confesado con detalle las muertes de susvíctimas, como si estuviera contando sus hazañas más significativas. Sinembargo, lo más inusual y lo que más había aterrado a todos era el extrañohecho de que había bebido la sangre de cada una de sus víctimas luego dehacerles una pequeña incisión detrás del cuello. Los magistrados y la gentede la aldea habían escuchado horrorizados como él se jactaba de haberentrado en un paroxismo mientras los pequeños cuerpos de “sus angelitos”,así los llamaba, iban poco a poco quedándose sin vida.
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