S
TEPHENIE
M
EYER
E
XTRAS
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Esta parte es de auto-gratificación en su peor expresión. Tuve una ráfaga desensaciones con todo eso del baile de graduación y los listones y cosas de chicas… Adelante, que cada uno asuma su riesgo.Stephenie Meyer
— ¿Cuándo me vas a decir qué está pasando, Alice?— Ya lo verás, se paciente —me ordenó haciendo una mueca distraídamente.Estábamos en mi coche pero ella conducía. Tres semanas más y ya no estaríacaminando escayolada, y entonces se iba a terminar con el asunto de los chóferes. Megustaba conducir.Ya estábamos a finales de mayo, y la tierra alrededor de Forks encontraba de algunamanera la forma de ser aún más verde de lo normal. Era precioso, por supuesto, y dealguna manera me estaba reconciliando con el bosque, sobre todo porque pasaba muchomás tiempo allí de lo habitual. No éramos muy amigas todavía, la naturaleza y yo, peronos estábamos acercando.El cielo estaba gris, pero eso también era agradable. Era un gris perlado, no sombríodel todo, no lluvioso, y casi suficiente cálido para mí. Las nubes eran delgadas y seguras,esa clase de nubes que me gustaban, debido a la libertad que garantizaban.Pero a pesar de estos entornos agradables, me sentía particularmente nerviosa. Poruna parte debido al comportamiento extraño de Alice. Ella había insistido fervientementeen tener una salida de chicas este sábado por la mañana, llevándome hasta Port Angelespara hacernos la manicura y la pedicura, rechazando a dejarme usar el modesto brillo rosaque yo quería, y ordenando a la manicurista que me pintara las uñas con un brillante rojooscuro, llegó tan lejos que incluso insistió en que me pintara las uñas de mi pie escayolado.Cuando acabamos Alice me llevó a una zapatería, aunque solo me podía probar unzapato de cada par. En contra de mis vigorosas protestas, me compró un par de sandaliassobrevaluadas y de lo más poco prácticas, con tacón de aguja –algo que parecía realmentepeligroso, sujetas solamente por una cinta de satén que se cruzaban sobre mi pie y seataban en un ancho arco detrás de mi tobillo. Eran de un azul profundo, y en vano intentéexplicarle que no tenía nada con lo que ponerme esos zapatos. Incluso cuando mi armarioestaba vergonzosamente lleno de la ropa que me había comprado en Los Ángeles –lamayor parte de la ropa todavía demasiado ligera para ponérsela en Forks– estabaconvencida de que no tenía nada en ese tono. E incluso si hubiese tenido ese tono exactoescondido en algún rincón de mi armario, mi ropa no hacía juego con esas sandalias de
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