3hombres, siguiendo sus brutos impulsos naturales, constituyen indefectiblemente unaciudad terrenal que sólo puede ser vencida por la gracia de Jesucristo, por la verdad deDios. Esta lucha de poderes absolutos no terminará nunca, porque sólo se impondrá laciudad divina en el fin de los tiempos, cuando Jesús venga de nuevo a la tierra a ponerseal frente de ella. Mientras tanto hay que aceptar la convivencia siquiera sea en forma decontraposición encarnizada. Hasta entonces es inútil pretender asentarse en la ciudad deDios porque cabalmente, a diferencia de la
civitas terrena
, no es de este mundo, es unautopía en el sentido preciso del término: u-topia, no está en ningún lugar.La ciudad de Dios es una
civitas justitiae
(y justicia divina, por supuesto) que, entérminos modernos, legitima (
justitia est justificatio
) su existencia. Recuérdese larepetida expresión agustiniana de que sin justicia no son los Estados más que cuadrillasde bandoleros a gran escala. Y aquí es donde aparece el gran error, un engañodeliberado. El Mal, acosado por la fuerza del Bien, se defiende engañando, presentándose como si fuera el Bien. La
civitas terrena
se presenta entonces como sifuera la
civitas Dei, la civitas justitiae
del final de los tiempos; pierde su naturaleza deutopía y afirma haberse encarnado en un lugar histórico concreto, digamos en el Estadode la Constitución española de 1978. Esto es obra inequívoca de Lucifer. Recuérdeseque Lucifer era sabio y hermoso, la criatura más perfecta después de Dios, a quien quisosuplantar hasta que fue arrojado a las tinieblas con el inmenso séquito que leacompañaba, desde donde sigue conspirando.
Lucifer es el que afirma que la justicia yareina en el mundo con objeto de engañar a los justos para que cesen en su lucha por alcanzarla,
puesto que si creen que la poseen, no tienen que buscarla más.He aquí, en suma, que frente al mito griego de la justicia que vivió en. este mundo hastaque fue expulsada de él, se alza el mito cristiano de la Justicia que ha de venir algún díaal mundo cerrando así una lucha agónica, históricamente eterna porque a partir de talacontecimiento se acabará la historia.En mi opinión, el mito que hoy tiene vigencia es el cristiano, no el griego. Losrenacentistas -antes incluso que los románticos- buscaron en el pasado al «buen salvaje»que vivía en un estado de justicia («sin jueces injustos», como había informado Pigafetadesde América); pero eran conscientes de que tal Estado no se encontraba «en ninguna parte» y por eso lo localizaban en islas fantásticas como la Utopía o la Solaría de Moroy Campanella. El político moderno ha perdido, en cambio, el sentido de la realidad y ensu paranoia cree estar viviendo en una fantasmagórica
civitas justitiae
real. La duda essi cree de veras o sólo pretende convencernos de que cree. A este propósito yo sostengo personalmente la tesis del engaño luciferino porque ofrece para sus autores la ventajaestratégica de que desestimula a las fuerzas del Bien y hace bajar la guardia, por asídecirlo, a sus militantes. No se busca lo que ya se tiene, el engaño es cómodo para losengañados y útil para los engañadores.Desde la perspectiva del mito cristiano-agustiniano de la ciudad de Dios, el papel de los juristas se agiganta porque el buen jurista se convierte en abanderado de una justicia quereconocidamente no existe pero por la que vale la pena luchar para irse acercando a ella poco a poco, en espera de su advenimiento final. Nótese, por tanto, que no es una luchaamarga, desesperanzada, perdida de antemano, antes al contrario, una lucha ilusionada,convencida de que llegará el último día; tenaz porque si no se avanza se retrocede; ygratificante aunque sólo sea porque está cerrando el paso a los hijos de Lucifer y a susengaños. De esta manera, paradójicamente, los soldados de la utopía -los juristas que buscan la justicia- son realistas en cuanto que combaten un engaño tangible que procedede las Tinieblas. La sinceridad obliga a reconocer que no vivimos (todavía) en la futura
civitas Dei
; mas la honestidad nos empuja a luchar por la justicia terrena, aunque seaimperfecta, no sólo porque con este esfuerzo nos aproximamos al final utópico sino