Un sábado a mediodía de mitad de diciembre, unsábado muuuuy tranquilo como alguien dijo por la radio esamañana, poquísimo tránsito, templado como se podíaadvertir en la piel, en el ánimo de los vecinos de BuenosAires, brisa del sur con sol, siete troscos de mediana edad,con participación en las comisiones internas de distintasempresas privadas y privatizadas, deliberaban en unapequeña oficina del edificio de la Central de Trabajadoresde la Argentina en la calle Piedras al 1000, barrio de San Telmo, iluminados por una luz blanca y titilante y con hilosde humo de cigarrillos serpenteando el aire y aportandomística, ensoñación o clima conspirativo a la escena.Depende quién mire, depende qué busque. Roberto Pianelli,de 43 años, caucásico, alias “el Beto”, alias “el gordo”,delegado de la línea E del subte, gran estrella emergentede la izquierda argentina, terror del sindicalismo peronista,era el anfitrión de esta cita que debía mantenerse ensecreto puesto que la mayoría arriesgaba mucho al visitarterritorio enemigo de la Confederación General del Trabajoque es la central de los gremialistas millonarios y madretirana y violenta de los sindicatos en los que ellosdespliegan con más o menos suerte su pasión política yclasista, su hambre de salario y de más días al sol para loscompañeros.Pianelli vestía una gorra negra en la cabeza, con laemblemática estrellita roja del desorden estampada a laaltura en que van los tiros en la frente. Una bermuda verde,una remera negra y zapatos náuticos marrones oscuros, sinmedias, le completaban la facha para ese sábado inglésque el sindicalista partió en dos, entre reuniones y familia.
La pinta es lo de menos, vos sos un gordo bueno,
silba elsindicalista cuando se viste y hay más sobre eso: a la alturadel tobillo de la pierna derecha tiene un tatuaje en tintaazul de algo que podría ser una tobillera de espinas o dealambre de púa (ese invento argentino). La panza le cae a
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