El Maestro y las Magas
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Alejandro Jodorowsky
3
A pesar de que he escrito estas memorias con un estilo novelado, todos los personajes, lugares,acontecimientos, libros y sabios citados, son reales. Por haber sido educado por un padre comerciante,cuya única sabiduría consistía en estas dos frases: «Comprar barato y vender caro» y «No creer en nada»,carecí de un Maestro que me enseñara a apreciarme a mí mismo, a los otros y la vida. Desde laadolescencia, con sed de explorador perdido en un desierto, busqué un guía que proporcionara una meta ami inútil existencia. Lector voraz, sólo encontré en la literatura vagabundeos de ombligos pretenciosos. Unacínica frase de Marcel Duchamp me hizo huir de tal conjunto de descripciones inútiles: «No hay fines.Construimos tautológicamente y no llegamos a nada». Busqué consuelo en libros de filosofía oriental donde,como a un salvavidas, me aferré al concepto «iluminación». Buda Sakyamuni se había iluminado meditandobajo un árbol. Según sus discípulos, el santo vio la verdad auténtica dejando definitivamente depreocuparse de si seguiría o no existiendo después de la muerte... Veintiocho generaciones después,Bodhidharma, en China, meditó en silencio durante nueve años de cara a un muro, hasta que encontró ensu mente ese vacío insondable semejante a un cielo inmaculado en el que ya no se distingue la verdad ni lailusión. El deseo de liberarme de la angustia de morir, de no ser nada, de no saber nada, me embarcó confanatismo en la búsqueda de esa mítica iluminación: tratando de llegar al silencio, dejé de ligarme a misideas, para lo cual escribí en un cuaderno la lista de mis convicciones y lo quemé. Y exigiendo en misrelaciones sentimentales la paz, me negué a toda entrega, estableciendo con las mujeres siempre lazosprecarios, protegiendo mi individualismo entre muros de hielo. Al encontrarme con Ejo Takata, mi primermaestro auténtico, pretendí que me condujera a la iluminación eliminando de mi espíritu las ideas locas queaún no había podido desraizar, pero sintiéndome triunfador en el terreno del corazón. «Ya no me dominanlos sentimientos: mente vacía, corazón vacío.» Cuando pronuncié esta frase delante del japonés, mecontestó con un racimo de carcajadas. Quedé desconcertado. Luego me dijo:
“
Mente vacía, corazón vacío:delirio intelectual. Mente vacía, cora
zón lleno: cosas tal y como son”.
Este libro es el testimonio de dos trabajos: el primero, con el Maestro, consistente en domar elintelecto. El segundo, con las Magas, consistente en abatir las corazas emocionales, hasta tomarconsciencia de que la vacuidad tan buscada es una flor que hunde sus raíces en el amor.Aunque en
El maestro y las magas
hablo de cuatro magas, he dejado sin retratar a otras tres:Pachita, María Sabina y Violeta Parra. La curandera Pachita está ausente porque mi experiencia con ella,que me cambió la vida, la he descrito por completo en dos de mis libros: La danza de la realidad yPsicomagia. Hay un detalle sin embargo que, quizás por pudor, no narré: asistía a una de sus operacionesmágicas en la que «el Hermano» (Pachita en trance) debía abrir, con su cuchillo de caza, el pecho a unenfermo para cambiar su corazón. (Una nueva víscera esperaba dentro de un frasco. Pero ¿dónde la habíaconseguido la bruja? Misterio. Y ¿por qué nosotros, los maravillados testigos, encontrábamos totalmentenatural que para sanar un corazón enfermo, pero vivo, lo remplazara por uno muerto? Misterio.) Ella, enplena operación (sangre, olor pestilente, penumbra, aullidos del paciente), me tomó el dedo anular de lamano izquierda y con un solo gesto me colocó en él una argolla de oro. El anillo entraba perfectamente,como hecho a mi medida. Pachita, sin detenerse en conocer mi reacción, continuó operando: extrajo unapalpitante masa de carne (que su hijo se apresuró a envolver en papel negro y llevar al baño paraquemarla), colocó el corazón muerto en la herida sanguinolenta y, apoyando sus palmas sobre ella, la cerró.Cuando frotamos el pecho con alcohol vimos que no quedaba ninguna cicatriz, sólo un pequeño moratón enforma de triángulo... Llegué conmovido a mi casa. Me dormí profundamente. Cuando desperté, la argolla noestaba en mi dedo. Por más que busqué durante horas no la pude encontrar. ¿Qué quiso decirme Pachita?¿Me propuso una boda espiritual? Es posible. Mi contacto con ella me permitió años más tarde crear laPsicomagia y el Psicochamanismo. ¿Sabía la curandera que esto iba a suceder o lo deseaba e hizo todopara provocado? Misterio.También está ausente María Sabina, la sabia de los hongos.Cuando entré en contacto onírico con ella, ¿qué edad tendría? ¿Cien años? Quizás más... Nunca laví en persona, para ello hubiera tenido que subir a la sierra mazateca, por una brecha angosta rodeada deprecipicios, hasta llegar a Huautla, en México, después de diez horas de coche. En verdad, nunca mepropuse buscar a «la Abuelita». Fue ella quien me buscó. Al mismo tiempo que preparaba mi película
La montaña sagrada
, yo había creado un espectáculo de títeres,
Manos arriba
, que mostraba las visiones queproducía un alucinógeno llamado Semilla de la Virgen, ololiuhqui en náhuatl, «cosa redonda», LSD naturalque los toltecas y aztecas consideraban una divinidad y al que rendían culto. En el teatro Casa de la Paz,mientras estaba subido a una escalera para fijar un reflector de escena y mascaba un puñado de esassemillas, tuve una visión: vi la totalidad del universo, un compacto amasijo de luces que tenía la forma de uncuerpo redondo en perpetua expansión y en plena consciencia. Fue tal la impresión que, lanzando un grito,perdí el equilibrio y caí de pie, torciéndome los tobillos. Al cabo de unas horas se hincharon, causándomefuertes dolores. Después de ingerir varios calmantes, me dormí. En sueños fui un lobo que cojeaba, con lasdos patas traseras heridas. Apareció María Sabina. Me mostró un enorme libro blanco, lleno de luz. «Mipobre animal: ésta es la palabra perfecta, el lenguaje de Dios. No te preocupes de no saber leer. Entra ensus páginas, formas parte de él.» Avancé hacia esa luz. Penetró todo mi cuerpo, menos las patas traseras.La anciana me las acarició con un amor tan grande que me desperté llorando. Ví con sorpresa que mis
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