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El Hombre en El Castillo

El Hombre en El Castillo

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Libro de ciencia ficcion de Philph K. Dick
Libro de ciencia ficcion de Philph K. Dick

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02/13/2013

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EL HOMBRE EN EL CASTILLO
Philip K. Dick 
 Título original: The Man in the High Castle Traducción: Francisco Arellano Selma© 1962 by Philip K. Dick© 1987 Ediciones Orbis-HyspamericaISBN: 84-7634-920-3Edición digital: SadracRevisión: Sadrac, Ren&StimpyVersión 2.0
 A mi mujer, Ana, sin cuyo silencionunca hubiera podido haberse escrito este libro.
AgradecimientosLa versión del
«I Ching»
o
«Libro de los Cambios»
utilizada en esta novela esla de edición de Richard Wilhelm traducida al inglés por Cary F. Baynes, ypublicada por Pantheon Books, en Bollingen Series XIX, 1950, por la BollingenFoundation Inc., Nueva York.El
haiku
publicado corresponde a Yosa Buson, traducido por Harold G.Henderson, para la
«Antología de Literatura Japonesa»
, tomo I, recopilada yeditada por Donald Keene, Grove Press, 1955, Nueva York.El
waka
fue escrito por Chiyo y traducido por Daisetz T. Suzuki, en
«Zen y Cultura Japonesa»,
publicado por Pantheon Books, Bollingen Series LXIV, 1959,Bollingen Foundation Inc., Nueva York.He utilizado mucho
«El surgimiento y la caída del Tercer Reich, una historia dela Alemania nazi»
, de William L. Shirer, publicado por Sacker and Warbug 1960;
«Hitler, un estudio sobre la tiranía»,
de Alan Bullock, Odaham, 1952;
«Los diariosde Goebbels 1942-1943»,
editados y traducidos por Louis P. Lochner paraDoubleday & Co. Inc., 1948;
«El libro Tibetano de los muertos»,
recopilado yeditado por W. Y. Evans Wentz, Oxford University Press, 1960;
«El zorro deldesierto»,
de Paul Carell, publicado por MacDonald, 1960. También le estoy profundamente agradecido al eminente escritor de
westerns
Will Cook, por su ayuda en cuanto se refiere a utensilios y a todo lo relacionadocon el periodo fronterizo de los Estados Unidos de América.
 
1
Childan había estado esperando el correo durante una semana con ansiedad.Pero el valioso envío procedente de los Estados de las Montañas Rocosas nohabía llegado. El viernes por la mañana, cuando abrió la tienda y vio que por elsuelo no había más que cartas echadas por la boca del buzón, lo primero quepensó fue: «Voy a tener a un cliente enfadado».Se sirvió una taza de té instantáneo de la máquina de bebidas de cincocentavos que había en la pared y empezó a barrer. No tardó en tener el frentede
 Artesanía Artística Americana Inc.
listo para el resto del día, todo limpio yreluciente, con la caja registradora llena de cambio, un jarrón de caléndulasnaturales y la radio difundiendo música ambiental. Fuera, por las aceras de lacalle Montgomery, los hombres de negocios se apresuraban para llegar a susoficinas. A lo lejos, podía verse pasar la cabina del funicular; Childan se detuvounos instantes para contemplarlo todo con verdadero placer. Incluso para echaruna mirada a las venes vestidas con trajes de seda multicolor. Soelteléfono. Se dio media vuelta para contestar.—Sí. —Una voz familiar sopara responderle. El coran de Childan sesobrecogió.—Soy el señor Tagomi. ¿Ha llegado ya mi
 póster 
de reclutamiento en la GuerraCivil? Haga el favor de recordar que me lo prometió la semana pasada. —La vozera exigente, enérgica, poco educada, apenas lo suficiente para mantener lasapariencias—. Señor Childan, ¿no le deuna cantidad a cuenta con esacondición? Es para un regalo, ya se lo expliqué.—He estado haciendo averiguaciones bastante completas por mi propiacuenta, señor Tagomi, sobre el paquete, y ya se imaginara usted que no hansido dentro de esta región. Así que... Tagomi le interrumpió.—De modo que no ha llegado.—No, señor Tagomi.Una pausa de hielo.—No puedo seguir esperando.—No, señor. —Childan echó un vistazo malhumorado por el escaparate delalmacén hacia los edificios de oficinas de San Francisco que se alzaban en el
2
 
cálido y brillante día.—Va a tener que buscarme algo a cambio. ¿Usted qué me recomienda, señorChil
dán
? —Tagomi pronunció mal el nombre deliberadamente, como un insultoque, aunque dentro de las normas, hizo que a Childan le ardieran los oídos. Sedio cuenta de la espantosa realidad de su situación. Todas las aspiraciones,temores y tormentos de Childan aparecieron para mostrarse ante él como eran,y le dejaron hundido, con la lengua paralizada. Con la mano pegada al teléfono,no era capaz de otra cosa que de tartamudear. La atmósfera de la tienda olía acandulas, la sica seguía sonando, pero él se sentía caer como en unprofundo y distante océano.—Bueno... —consiguió murmurar—. Quizá la mantequera, una máquina dehelados de aproximadamente 1900. —Su mente no era capaz de pensar, como sise hubiera quedado en blanco, aturdido. Tea treinta y ocho os y aúnrecordaba los días anteriores a la guerra, los tiempos de Franklin D. Roosevelt yla Exposición Mundial, el mundo mejor de ayer—. ¿Quiere que le lleve variosobjetos bastante adecuados a su lugar de trabajo?Concertaron una cita para las dos. Al colgar el teléfono se dio cuenta de quetendría que cerrar antes la tienda. No tenía elección. Era su obligación mantenerel buen nombre ante clientes como Tagomi; el negocio dependía de ellos.Estaba de pie, temblando aún, cuando se dio cuenta de que alguien, unapareja, había entrado en la tienda. Eran un hombre y una mujer, jóvenes, ambosatractivos, bien vestidos. Ideal. Se tranquilizó y se dirigió con aire profesional,con naturalidad, hacia ellos, sonriendo. Estaban ligeramente inclinados,observando uno de los estantes de exposición, y ya haan tomado unmaravilloso cenicero. Casados, supuso. Viven fuera, en la Ciudad de las NieblasFlotantes, en los nuevos y exclusivos apartamentos de la
Línea del Cielo
, frente aBelmont.—Hola —dijo, sintndose mejor. Le sonrieron sin superioridad, loamablemente. Sus escaparates, que eran realmente los mejores de su estilo entoda la costa, les habían causado cierta admiración. Childan se dio cuenta y se loagradeció. Los jóvenes lo entendieron.—Son excelentes piezas, señor —dijo el hombre.Childan asintió de forma espontánea.Sus ojos destellaban, no sólo por un sentimiento humano, sino también por elregocijo compartido por los objetos que vendía, sus mutuos gustos ysatisfacciones. Le agradecían que tuviera cosas como aquéllas para que ellos laspudieran ver, tomar y examinar, incluso observarlas en sus propias manosaunque no las comprasen. No eran baratijas para turistas. No había placas desecuoya en las que pudiera leerse:MADERAS MUIR, CONDADO DE MARIN,Estados Americanos del PacificoNi divertidos carteles, ni anillos para las muchachas, ni pósters con vistas delpuente. Los ojos de la muchacha eran muy grandes y oscuros. Podaenamorarme de una chica como ésa fácilmente, pensó Childan. Qué vida más
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