Conflictos
y
perspectivas
en
el
período
precolonial
tartésico
¡51
otras
alternativas como
la
chipriota
(Ruiz-Gálvez,
1995)
ola
tardomicéni
-
ca
(Bendala,
1979; 1995).
Es
posible que haya
influido
en esa
atribución
las
ilusiones
de
coherencia
con la que
un
acontecimiento
puede ofrecerse
como
la
preparación
de
algoposterior
(Lessing,
1983) y
cabe
pensar,
por
tanto, que
sin
ellas
y
con
los
datos arqueológicosdisponibles
t
este
origen
de
los exploradores
o
hastaelpropio
recuerdo
de
sus
aventuras
hubiera
sido
difícil
de atribuir.
El
trabajo de
Mulhy ilustra
así
aspectos
del
problema
de
la
vero
-
similitud
en
ausencia
de
datos
y
por
tanto
de
los
marcos lógicos
uti
-
lizados
en
la
interpretación. Cuando éstos
se
ocultan
tras
la
obviedad,
como
creo
que
es
el
caso
de
algunos
en
el
mundo precolonial
ibérico,
también adquieren
la
condición
de
invisibles,
con
lo
que
un
método
útil
para
observarlos
puede
consistir
en
proponer alternativas
—aún
delirantes—que
contrasten
sus
contornos
y
muestren
sus
cualidades.Las
líneas
que
siguen
ofrecenuna
de
ellas;
se
limitan
a
una
presenta
-
ción,
en
ningúncasounademostración,
quese
obtiene
con
un
simple
esbozo de
datos
e
ideas
muy
conocidos
y
sin
el
aparatocrítico
que
habría
menester
otra
meta
6,
Y
que,
finalmente,
ni
pretende
ni
desea
interesar
con
aquello
que
lanza
cuanto
observar
las
consecuencias
del
impacto
en
la materia que
lo
recibe.
Es
una alternativa que
se
intere
-sa
exclusivamente
por
las
premisas generales
que
se
han
proyectado
sobre
el
mundo
de
los comienzos del
1
Milenio
a.C.
en
el
MediodíaIbérico
y
que
se
contenta
con
poner
de
relieve
no
tanto
la
realidad
del
pasado cuanto
las
convenciones
del
presente; plantealaposibilidad
de
que
un
ídolo
de
la
Caverna correspondiente
a las
conductashayaafectado
a
los
escasos
datos
que
pueden reconstruir el entorno
indí
-
gena
de
la Península Ibérica
en las
décadas
anteriores
al
asentamien
-
to
fenicio.
En
1989, M.
Almagro-Gorbea
haciarecuento
de
las
pruebas
admitidas
a
reconstruir
la
etapa
de
los
primeros
contactosprecoloniales,
y
contaba
más de 60
objetos
reales
y
casi
cien
imágenes,
entre creaciones
del
artesanado
sirio-fenicio
o
grabados
en
estelas
deco
-
radas.
Eran
objetos
de
prestigio
y
habían
llegado
a
la
Península
Ibérica
en
un
goteo
regu—
lar
y
creciente
desde
el
último
cuarto
de
II
Milenio
a.C.
hasta
el
sigloVIII
a.C.
Adquiri
-do
porcontactosquehabían
sido,
según
este
autor,
unainiciativafeniciaqueheredaba
los
sistemas
de otros
precursores,
en el
tiempo
de los
pueblos
del
mar (Almagro-Gorbea,
1989:
284)
y
testimoniaban por
tanto
las
primeras recaladasfenicias
en las
playas
de la
Península Ibérica.
6
Esto
supone graves
inconvenientes
y
agravios.
Re., es
ridículo reducir
del
modo
que
aquí
se
hace
el
pensamiento
y la
obra
de M.
Ruiz-Gálvez,
artífice
de
una
investiga
-
ción
mucho
más
extensa
y
ampliamente
reconocida
en el
ámbito
de la
Arqueología
pro
-
tohistórica
de la
Península Ibérica.