Shakespeare en la selva
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Laura Bohannan
J
ustoantesdepartirdeOxfordhaciaterritorioTiv,en África Occidental, mantuve una conversación entorno a la programación de la temporada en Straford.“Vosotros los americanos”, dijo un amigo “soléis tenerproblemas con Shakespeare. Después de todo, era un poe-ta muy inglés, y uno puede fácilmente malinterpretar louniversal cuando no ha entendido lo particular.” Yo repliqué que la naturaleza humana es bastante si-milar en todo el mundo; al menos, la trama y los temas delas grandes tragedias resultarían siempre claros –en todaspartes–, aunque acaso algunos detalles relacionados concostumbres determinadas tuvieran que ser explicados y lasdificultades de traducción pudieran provocar algunosleves cambios. Con el ánimo de cerrar una discusión queno había posibilidad de concluir, mi amigo me regaló unejemplar de
Hamlet
para que lo estudiara en la selva afri-cana: me ayudaría, según él, a elevarme mentalmentesobre el entorno primitivo, y quizá, por vía de la prolon-gada meditación, alcanzara yo la gracia de su interpreta-ción correcta.Era mi segundo viaje de campo a esa tribu africana, y me encontraba dispuesta para establecerme en una delas zonas más remotas de su territorio –un área difícil decruzar incluso a pie. Al final me situé en una colina quepertenecía aun anciano venerable, cabezade unaexplo-tación doméstica de unas ciento cuarenta personas,todos ellos parientes próximos de él, o bien mujeres ehijos suyos. Al igual que otros ancianos en los alrede-dores, pasaba la mayor parte de su tiempo ejecutandoceremonias de las que apenas pueden verse hoy día enzonas de la tribu que son de más fácil acceso. Yo estabaencantada. Pronto vendrían tres meses de ocio y aisla-miento forzosos, entre las cosecha que tiene lugar antesde la época de las crecidas y el desbroce de nuevoscampos tras la retirada del agua. Entonces, pensaba yo,tendrían más tiempo para ejecutar ceremonias y paraexplicármelas a mí.Estaba muy equivocada. La mayoría de las ceremoniasexigía la presencia de los hombres más viejos de varios po-blados. Cuando las inundaciones comenzaron, a los an-cianos les resultaba demasiado difícil ir caminando de unpoblado a otro, y las ceremonias fueron cesando poco apoco. Cuando las inundaciones se hicieron intensas, todaactividad quedó paralizada, con una sola excepción. Lasmujeres preparaban cerveza de mijo y maíz, y hombres,mujeres y niños se sentaban en sus colinas a beberla.Empezaban a beber al alba. A media mañana el po-bladoenteroestabacantando,bailandoytocandolostam-bores. Cuando llovía, la gente se tenía que sentar en el in-terior de las chozas, donde o bien bebían y cantaban, obienbebíanycontabanhistorias.Encualquiercaso,alme-diodíaoantesyoyameveíaobligadaaunirmealafiesta,osino, aretirarme amipropiachozaconmislibros.“Nosediscutenasuntosserioscuandohaycerveza.Ven,bebeconnosotros”. Dado que yo carecía de su capacidad paraaquella espesa cerveza nativa, cada vez pasaba más y mástiempo con
Hamlet
. La graciadescendió sobre mí antes deque acabara el segundo mes. Estaba segura de que
Hamlet
teníaunasolainterpretaciónposible,ydequeéstaerauni-versalmente obvia.Con la esperanza de tener alguna conversación seriaantes de la fiesta de cerveza, solía acudir a chozas de recep-ciones del anciano –un círculo de postes con un techadode bardas y un murete de barro para guarecerse del vientoy la lluvia. Un día, al traspasar agachada el bajo umbral,me encontré con la mayoría de los hombres del pobladoallí apiñados, con su raída vestimenta, sentados en tabu-retes, esterasymecedoras,alcalordeunafogatahumeanteal amparo de la destemplanza de la lluvia. En el mediohabíatrescuencosdecerveza.Lafiestahabíacomenzado.Elancianomesaludócordialmente,“Siéntateybebe”. Acepté una gran calabaza llena de cerveza, me serví unpocoenunpequeñorecipienteyloapurédeunsolotrago.Entonces serví algo más en el mismo cuenco al hombre
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Constructores de Otredad
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En: Bohannan L. “Shakespeare in the busch”.
Natural History
, Agust-September, 1966.