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shakespeare en la selva

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07/08/2013

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Shakespeare en la selva
1
Laura Bohannan
J
ustoantesdepartirdeOxfordhaciaterritorioTiv,en África Occidental, mantuve una conversación entorno a la programación de la temporada en Straford.“Vosotros los americanos”, dijo un amigo “soléis tenerproblemas con Shakespeare. Después de todo, era un poe-ta muy inglés, y uno puede fácilmente malinterpretar louniversal cuando no ha entendido lo particular.” Yo repliqué que la naturaleza humana es bastante si-milar en todo el mundo; al menos, la trama y los temas delas grandes tragedias resultarían siempre claros –en todaspartes–, aunque acaso algunos detalles relacionados concostumbres determinadas tuvieran que ser explicados y lasdificultades de traducción pudieran provocar algunosleves cambios. Con el ánimo de cerrar una discusión queno había posibilidad de concluir, mi amigo me regaló unejemplar de
Hamlet 
para que lo estudiara en la selva afri-cana: me ayudaría, según él, a elevarme mentalmentesobre el entorno primitivo, y quizá, por vía de la prolon-gada meditación, alcanzara yo la gracia de su interpreta-ción correcta.Era mi segundo viaje de campo a esa tribu africana, y me encontraba dispuesta para establecerme en una delas zonas más remotas de su territorio –un área difícil decruzar incluso a pie. Al final me situé en una colina quepertenecía aun anciano venerable, cabezade unaexplo-tación doméstica de unas ciento cuarenta personas,todos ellos parientes próximos de él, o bien mujeres ehijos suyos. Al igual que otros ancianos en los alrede-dores, pasaba la mayor parte de su tiempo ejecutandoceremonias de las que apenas pueden verse hoy día enzonas de la tribu que son de más fácil acceso. Yo estabaencantada. Pronto vendrían tres meses de ocio y aisla-miento forzosos, entre las cosecha que tiene lugar antesde la época de las crecidas y el desbroce de nuevoscampos tras la retirada del agua. Entonces, pensaba yo,tendrían más tiempo para ejecutar ceremonias y paraexplicármelas a mí.Estaba muy equivocada. La mayoría de las ceremoniasexigía la presencia de los hombres más viejos de varios po-blados. Cuando las inundaciones comenzaron, a los an-cianos les resultaba demasiado difícil ir caminando de unpoblado a otro, y las ceremonias fueron cesando poco apoco. Cuando las inundaciones se hicieron intensas, todaactividad quedó paralizada, con una sola excepción. Lasmujeres preparaban cerveza de mijo y maíz, y hombres,mujeres y niños se sentaban en sus colinas a beberla.Empezaban a beber al alba. A media mañana el po-bladoenteroestabacantando,bailandoytocandolostam-bores. Cuando llovía, la gente se tenía que sentar en el in-terior de las chozas, donde o bien bebían y cantaban, obienbebíanycontabanhistorias.Encualquiercaso,alme-diodíaoantesyoyameveíaobligadaaunirmealafiesta,osino, aretirarme amipropiachozaconmislibros.“Nosediscutenasuntosserioscuandohaycerveza.Ven,bebeconnosotros”. Dado que yo carecía de su capacidad paraaquella espesa cerveza nativa, cada vez pasaba más y mástiempo con
Hamlet 
. La graciadescendió sobre mí antes deque acabara el segundo mes. Estaba segura de que
Hamlet 
teaunasolainterpretacnposible,ydequeéstaerauni-versalmente obvia.Con la esperanza de tener alguna conversación seriaantes de la fiesta de cerveza, solía acudir a chozas de recep-ciones del anciano –un círculo de postes con un techadode bardas y un murete de barro para guarecerse del vientoy la lluvia. Un día, al traspasar agachada el bajo umbral,me encontré con la mayoría de los hombres del pobladoallí apiñados, con su raída vestimenta, sentados en tabu-retes, esterasymecedoras,alcalordeunafogatahumeanteal amparo de la destemplanza de la lluvia. En el mediohabíatrescuencosdecerveza.Lafiestahabíacomenzado.Elancianomesaludócordialmente,Siéntateybebe”. Acepté una gran calabaza llena de cerveza, me serví unpocoenunpequorecipienteyloapurédeunsolotrago.Entonces serví algo más en el mismo cuenco al hombre
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Constructores de Otredad
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En: Bohannan L. “Shakespeare in the busch”.
Natural History 
, Agust-September, 1966.
 
que seguía en edad a mi anfitrión, y pasé la calabaza a un joven para que el reparto continuara. La gente importanteno debe tener que servirse a sí misma.“Es mejor así”, dijo el anciano, mirándome con apro-bación y quitándome del pelo una brizna de paja. “Debe-rías sentarse a beber con nosotros más a menudo. Tuscriados me cuentan que cuando no estás en nuestra com-pañía, te quedas dentro de tu choza mirando un papel”.El anciano conocía cuatro tipos de “papeles”: recibosde los impuestos, recibos por el precio de la novia, recibospor gastos de cortejo, y cartas. El mensajeroque le traía lascartas del jefe usaba más que nada como emblema de sucargo,dadoquesiempreconoaloqueéstasdeanyselorelataba al anciano, Las cartas personales de los pocos quetenían algún pariente en puestos del gobierno o las mi-sioneseranguardadashastaquealguienibaaungranmer-cado donde hubiera un escribano que las leyera. A partirde mi llegada, me las traían a mí. Algunos hombres tam-bién me trajeron, en privado, recibos por el precio de lanovia, pidiendo que cambiara los números por sumas másaltas. No venían al caso los argumentos morales, puestoque en las relaciones con la parentela política esto es juegolimpio, y además resulta difícil de explicar a gentes ágrafaslos avatares técnicos de la falsificación. Como no queríaque me creyeran tan tonta como para pasarme el día mi-rando sin parar papeles de esa clase, les expliqué rápida-mentequemi“papeleraunadelas“cosasantiguasdemipaís.“Ah”, dijo el anciano. “Cuéntanos”. Yo repliqué que no soy una contadora de historias.Contar historias es entre ellos un arte para el que se nece-sita habilidad: son muy exigentes, y la audiencia, crítica,hace oír su parecer. Me resistí en vano. Aquella mañanaquerían escuchar una historia mientras bebían. Me ame-nazaroncon no contarmeni una máshastaque yo contarala mía. Finalmente, el anciano prometió que nadie criti-caría mi estilo, “puesto que sabemos que estás peleandocon nuestra lengua”. “Pero”, dijo uno de los de más edad,“tendrás que explicar lo que no entendemos, como ha-cemos nosotros cuando contamos nuestras historias”. Asentí, dándome cuenta que allí estaba mi oportunidadde demostrar que
Hamlet 
era universalmente compren-sible.El anciano me pasó más cerveza para ayudarme en mirelato. Los hombres llenaron sus largas pipas de madera y removieron el fuego para tomar de él brasas con que en-cenderlas: entonces, entre satisfechas fumaradas, se sen-taron a escuchar. Comencé usando el estilo apropiado:“Ayer no, ayer no, sino hace mucho tiempo, ocurrió unacosa. Una noche tres hombres estaban de vigías en lasafueras del poblado del gran jefe, cuando de repentevieron que se les acercaba el que había sido su anterior jefe”.-¿Por qué no era ya su jefe?-Había muerto –expliqué– es por eso por lo que seasustaron y se preocuparon al verle.-Imposible –comenzó uno de los ancianos, pasando lapipa a su vecino, quien lo interrumpió. -Por supuesto queno era el jefe muerto. Era un presagio enviado por unbrujo. Continúa.Ligeramente importunada, continué.-Uno de esos tres era un hombre que sabía cosas –latraducción más cercana a estudioso, pero por desgraciatambién significa brujo. El segundo anciano miró al pri-mero con cara de triunfo-. De modo que habló al jefemuerto, diciéndole: ‘Cuéntanos qué debemos hacer paraque puedas descansar en tu tumba’, pero el jefe muerto norespondió. Se esfumó y ya no lo pudieron ver más. En-tonces el hombre que sabía cosas –su nombre era Ho-racio– dijo que aquello era asunto para el hijo del jefemuerto, Hamlet.Hubo un sacudir de cabezas general dentro del corro:“¿Eljefemuertonoteníahermanosvivos.¿Oesqueelhijoera jefe?”-No –repliqué–. Esto es, tenía un hermano vivo que seconvirtió en jefe cuando el hermano mayor murió.Los ancianos murmuraron entre dientes: tales presa-gios son asunto para jefes y ancianos, no para jóvenes;ningún bien puede venir de hacer las cosas a espaldas del jefe; evidentemente, Horacio no era un hombre que su-piera cosas.-Sí que lo era –insistí tratandode apartarun pollo lejosde mi cerveza. En nuestro país el hijo sucede al padre. Elhermano menor del jefe muerto se había convertido en jefe,yademássehaacasado conlaviuda desuhermanomayor tan sólo un mes después del funeral.-Hizo bien –exclamó radiante el anciano, y anunció alos demás: –Ya os dije que si conociéramos mejor a los eu-ropeos, encontraríamos que en realidad son como noso-tros. En nuestro país –añadió dirigiéndose a mí– tambiénel hermano más joven se casa con la viuda de su hermanomayor, convirtiéndose así en padre de sus hijos. Ahorabien,situo,casadocontumadreviuda,esplenamenteelhermanode tu padre, entonces también seráun verdaderopadreparati.¿TeníanelpadreyelodeHamletlamismamadre?Esta pregunta no penetró apenas en mi mente; estabademasiado contrariada por haber dejado a uno de los ele-mentosmásimportantesdeHamletfueradecombate.Sindemasiada convicción dije que creía que tenían la misma
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Capítulo 2. La construcción del otro por la diversidad
 
madre, pero que no estaba segura –la historia no lo decía.El anciano me replicó con severidad que esos detalles ge-nealógicos cambian mucho las cosas, y que cuando vol-viese a casa debía de consultar sobre ello a mis mayores. A continuación llamó a voces a una de sus esposas más jó-venes para que le trajera su bolsa de piel de cabra.Determinada a salvar lo que pudiera del tema de lamadre, respiré profundo y empecé de nuevo: “El hijo
Hamlet 
estaba muy triste de que su madre se hubieravuelto a casar tan pronto. Ella no tenía necesidad de ha-cerlo, y es nuestra costumbre que una viuda no tomenuevo marido hasta después de dos años de duelo”.-Dos años es demasiado –objetó la mujer, que acababade hacer aparición con la desgastada bolsa de piel decabra-. ¿Quién labrará tus campos mientras estés sin ma-rido?-Hamlet –repliqué sin pensármelo– era lo bastantemayor como para labrar las tierras de su madre por símismo. Ella no precisaba volverse a casar. –Nadie parecíaconvencido y renuncié–. Su madre y el gran jefe dijeron aHamlet que no estuviera triste, porque el gran jefe mismoseaunpadreparaél.Ess,Hamlethabríadeserelpró-ximo jefe, y por tanto debía quedarse allí para aprendertodaslascosaspropiasdeunjefe.Hamletaceptóquedarse,y todos los demás se marcharon a beber cerveza.Hice una pausa, perpleja ante cómo presentar el dis-gustado soliloquio de Hamlet a una audiencia que se ha-llaba convencida de que Claudio y Gertrudis habían ac-tuado de la mejor manera posible. Entonces uno de losmás jóvenes me preguntó quién se había casado con lasrestantes esposas del jefe muerto.-No tenía más esposas –le contesté.-¡Pero un gran jefe debe tener muchas esposas! ¿Cómopodría si no servir cerveza y preparar comida para todossus invitados?Respondí con firmeza que en nuestro país hasta los jefes tienen una sola mujer, que tienen criados que leshacen el trabajo y que pagan a éstos con el dinero de losimpuestos.”De nuevo repicaron que para un jefe es mejor tenermuchasesposasehijosqueleayudenalabrarsuscamposalimentar a su gente; así todos aman a aquel jefe que damucho y no toma nada. -Los impuestos son mala cosa. Aunque estuviera de acuerdo con este último comen-tario,elrestoformabapartedesumodofavoritoderebajarmisargumentos.-Asíescomohayquehacer,yasíescomolo hacemos.Decidí saltarme el soliloquio. Ahora bien, incluso sipudiera estar bien visto el que Claudio se casara con la es-posa de su hermano, aún quedaba el asunto del veneno.Estaba segura de que desaprobarían el fratricidio, de ma-neraquecontinmásesperanzada:-EsanocheHamletsequedó vigilando junto a los tres que habían visto a su di-funto padre. El jefe muerto apareció de nuevo, y aunquelos demás tuvieron miedo, Hamlet le siguió a un lugaraparte. Cuando estuvieron solos, el padre muerto habló.-¡Los presagios no hablan! –el anciano era tajante.-El difunto padre de Hamlet no era un presagio. Alverlo podría parecer que era un presagio, pero no lo era–miaudienciapareaestartanconfusacomoloestabayo.-Era de verdad el padre muerto de Hamlet, lo que noso-tros llamamos un “fantasma”. –Tuve que usar la palabrainglesa, puesto que estas gentes, a diferencia de muchas delas tribus vecinas, no creían en la supervivencia de ningúnaspecto individualizado de la personalidad después de lamuerte.-¿Qué es un ‘fantasma’? ¿Un presagio?-No,un‘fantasmaesalguienquehamuerto,peroqueanda vagando y es capaz de hablar, y la gente lo puede very oír, aunque no tocarlo.Ellos replicaron -A los zombis se les puede tocar.-¡No, no! No se trataba de un cadáver que los brujoshubieran animado para sacrificarlo y comérselo. Al padremuerto de Hamlet no lo hacía andar nadie. Andaba por símismo.-Los muertos no andan –protestó mi audiencia comoun solo hombre. Yo trataba de llegar a un compromiso. -Un ‘fantasma’es la sombra del muerto.Pero de nuevo objetaron: -Los muertos no tienensombra.-En mi país sí que la tienen –espeté.El anciano aplacó el rumor de incredulidad que inme-diatamente se había levantado, y concedió con esa aquies-cencia insincera, pero cortés, con que se dejan pasar lasfantasías de los jóvenes, los ignorantes y los supersticiosos.-Sin duda, en tu país los muertos también pueden andarsin ser zombis. –Del fondo de su bolsa extrajo un pedazode nuez de cola seca, mordió uno de sus extremos paramostrar que no estaba envenenado, y me lo ofreció comoregalo de paz.-Sea como sea –retomé la narración– el difunto padrede Hamlet dijo que su propio hermano, el que luego seconvirtió en jefe, lo había envenenado. Quería queHamlet lo vengara. Hamlet creyó esto de corazón, porqueaborrecía al hermano de su padre. –Tomé otro trago decerveza. En el país del gran jefe, viviendo en su mismo po-blado, que era muy grande, había un importante ancianoque a menudo estaba a su lado paraaconsejarley ayudarle.Se llamaba Polonio. Hamlet cortejaba a su hija, pero el
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Constructores de Otredad

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