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SI LLUEVE…
Recuerdo tu sonrisa de niña esculpiendo la mía
, Carol, mi pequeña Carol.Sí, todos los años en un día como éste me obligo a hacer memoria pararescatar tu mirada de las fauces de ese lugar. Hoy todo es distinto, creo quehe sacado el valor suficiente para narrarlo. Ser el único sabedor de esto mepuede…
 
 Antes de…
Todo ocurrió hace una década. Por aquel entonces aún era uno de esosjóvenes irreflexivos camino de la madurez, o no tan joven, pero a los treintaaños mi sentido de la responsabilidad y las consecuencias estaba obnubiladopor una energía vital aún latente. Mi única compañera, amiga y amante eraCaroline. Era guapa y su rostro reflejaba el criterio que en mí escaseaba. Elúnico con derecho a llamarla Carol era yo, y cuando le propuse el viaje denuestra vida la incité diciendo: “Carol, no tienes nada que perder”. Y Carol noperdió, al menos, la oportunidad.El proyecto era bien sencillo: dejar ats la ciudad con su climapolitizado y materialista, abandonarnos de la mano de dios y llegar acualquier lugar perdido en el mapa. Llevábamos cerca de un año calculando lafecha exacta para partir, y cuando estábamos en la carretera nossorprendimos a nosotros mismos por nuestro atrevimiento y precipitación conla que habíamos solucionado todo. Una mañana de mayo me levanté de lacama con las ideas más claras que nunca, eché un puñado de ropa en unabolsa de lona y salí del piso alquilado. Me presenté diez minutos más tarde enel piso que compartía Carol con varias amigas. Cogió otra maleta con ropa yse sentó a mi lado. Nos pusimos las gafas de sol, giré la llave, y cuando elmotor comenzó a rugir me di cuenta de que amaba a esa chica.Carol era columnista en un diario provincial y escritora, aunque su obran permanece guardada en un baúl de casa:
 ¿Cenas? 
,
Los borradoresoriginales
,
Ego
y
Rosas de alcurnia
, cuatro novelas completas y tan distintasque parecían escritas por cuatro personas diferentes. Por aquel entonces, misueldo tampoco era despreciable como cirujano. Conocí a Carol en quirófano,y el primer contacto que tuve con ella fue al extraer su apéndice inflamado.Después nos conocimos mejor, su familia me había visto y ella visitó a la mía.Nuestra relación era como otra de pareja, pero no vivíamos juntos. Ellapasaba muchas noches en mi apartamento oyendo rock&roll hasta que lostímpanos exigían un receso. Éramos una buena pareja.
 
El viaje
Pasamos Chicago, y justo tras esto recorrimos carreteras secundarias.Pasábamos por pequeñas ciudades y pueblos que nos resultaban desconocidos.Llevábamos más de tres horas de viaje, y durante la última no nos habíamoscruzado apenas con ningún vehículo, menos aún con personas. Hacía calor enel interior del viejo Buick BlueStar heredado de mi padre –una más de sustantas excentricidades-. A través del parabrisas comenzaba a distinguir esasformas ondulantes ocasionadas por la flama que emanaba de la carretera.-¿Cuánto llevamos…?-¿Sin ver un coche? –concluyó Carol. –Al menos media hora.-Te has dormido.-Tu culpa. Es delito despertar a alguien a esas horas.-¿Quieres conducir un rato? –propuse, a sabiendas de que Carol no teníapermiso de conducir. –Estoy cansado.-Si realmente lo necesitas…Giré la llave de contacto y el coche avanzó varios metros en silenciohasta que se detuvo en medio de la calzada. Abrí la puerta y el olor a gomaquemada de los neumáticos penetró hasta mi cerebro. Por un momento mequedé bloqueado, como si en ese lugar perdido mi mente tuviera la urgenciade desconectar del cuerpo. Salí y di la vuelta pasando junto al maletero.Carol, por su parte, pasó frente al capó.-Escucha –me dijo, y agudicé el oído.-No oigo nada.-Pues eso, nada. ¿No es extraño?Me detuve apoyado en la puerta del copiloto y aguardé unos minutos ensilencio total. Lo único que se oía eran las suelas de los zapatos de Carol sobreel alquitrán seco y ardiente. Nos encerramos en el coche y cuando Carolarrancó intenté dar más potencia a un aire acondicionado ya de por sí débil.-Ya estamos perdidos, ¿no era eso lo que queríamos?La miré. Ella me observaba de reojo con media sonrisa dibujada en elrostro. Le aparté los rizos castaños de la cara y acaricié su nariz.-Así es, jovencita –afirmé. –Ya pueden buscarnos, que no darán connosotros.

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