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Cien años de Modernismo - Padre Dominique Bourmaud

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Cien años de Modernismo. Genealogia del Concilio Vaticano II.
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Padre Dominique Bourmaud
Cien añosde modernismo
Genealogía del concilio Vaticano II
Traducción de Luz Freire
 
Introducción
El modernismo tiene cien años. De hecho, el
Larousse
describe esa herejía comola crisis religiosa que marcó el pontificado de san Pío X (1903-1914). El diccionarioseñala lo que estaba en juego en esa crisis al precisar que pretendía acomodar ladoctrina de la Iglesia a las nuevas ideas, en especial a la filosofía y a la crítica bíblicamoderna. En suma, se trataba de un conflicto generacional en el seno de la Iglesiaeterna, que se resolvió poniendo un freno drástico al afán de novedades. Y es quelas innovaciones siempre le parecieron sospechosas a la Iglesia fiel a los Apóstoles.Vista desde la perspectiva de dos mil años de cristiandad, esta herejía pareceocupar un lugar poco importante entre las crisis padecidas tantas veces por la vieja
Roca
. Por lo demás, desde san Pío X el asunto quedó zanjado. Entonces, ¿para quétraer a colación un caso ya cerrado? ¿Por qué volver a tocar un tema pasado demoda, que sólo puede interesar a un estudioso de la historia de la Iglesia?Sin embargo, el modernismo está lejos de ser un hecho superado, muerto ysepultado. Ese mismo movimiento, camuflado para las necesidades de la causa, esel que ha vuelto a salir a la superficie
en
la Iglesia y parece triunfar hoy
sobre
laIglesia. El único propósito de nuestro libro es formular una tesis sobre la identidadde dicho movimiento. En la presente introducción sólo queremos poner en evidenciael fundamento y la necesidad de semejante investigación. Y es que hay un problemapor resolver: la súbita aparición de otra Iglesia, o dicho de otro modo, la crisis que laIglesia católica siente respecto de sí misma. Si a partir de este momento el lectoradmite que la Iglesia contemponea espasando por un estado de crisisexcepcional, deseará seguirnos en nuestra investigación, consciente de que lamuerte o la supervivencia de la Iglesia dependen de su resultado.Esta crisis acometió a la Iglesia sobre todo en los años sesenta y setenta. LaIglesia pretendía renovarse y llevar a cabo un
aggiornamento
. Todos, y en especialel Papa Pablo VI, esperaban una primavera con una aurora radiante de juventud. Elresultado del cambio fue una amarga decepción. La duda, la autocrítica y lainestabilidad se establecieron en todas partes, conduciendo a la autodemolición.Durante esos años cruciales, las naciones se rebelaron como nunca antes contra elDecálogo y contra Jesucristo. Las vocaciones disminuyeron peligrosamente, y losfieles abandonaron las iglesias para afiliarse a las sectas más extrañas o a la religióndel propio gusto. Los sacerdotes y los religiosos de ambos sexos colgaron loshábitos con una frecuencia inusitada. Los obispos, custodios de la fe y de los tesorosde la Iglesia, en vez del Evangelio del Crucificado, predicaban una doctrinaedulcorada sobre el amor fraterno, un discurso social insulso, y planteaban
 
INTRODUCCIÓN
3
propuestas de diálogo con los protestantes. Roma parecía reducida a la impotencia,incapaz de reaccionar con rigor o de esclarecer a los descarriados.«La Iglesia ha tenido crisis similares en tiempos pasados; ya pasarán, comoocurrió con las anteriores», se decía. De hecho, los medios de comunicación dejaronde hablar de la crisis religiosa, en especial desde el advenimiento de Juan Pablo II, elPapa del Este. Se nos dijo que la Iglesia había recuperado sus bríos, que estaba másviva que nunca y que las vocaciones irían en aumento. Es verdad que ya no se venlas defecciones de épocas anteriores, y que los obispos más vehementes se hancalmado, de modo que cruzamos el umbral del tercer milenio con cierto optimismo.No obstante, se trata de un optimismo exagerado, difundido por los medios decomunicación, que no puede ocultar el estado de miseria actual, porque los indiciosde fuerza espiritual en la Iglesia son muy débiles. ¿De qué vida religiosa hablan losperiodistas, sino de los movimientos carismáticos y de las Jornadas mundiales de la juventud, simples calcos de las aberraciones pentecostales protestantes? Sonfuegos de paja, fundados en el sentimiento, es decir, en nada. ¿De qué magníficasvocaciones nos habla Juan Pablo II, sino de las de los países del Este, y quizá de lasdel Tercer Mundo, fuertes aún espiritualmente por su lucha contra el materialismoateo, pero a punto de hundirse en el libertinaje de la «cultura» occidental? Enrealidad, las vocaciones de los países de tradición cristiana se reducen a pasosagigantados. Es cierto que ya no se suelen ver los escándalos que antes plagabanlas ginas de los diarios, pero ¿no seporque las almas consagradas handisminuido y sobre todo envejecido? La apariencia de estabilidad y de seguridad dela Iglesia de Roma se parece a la belleza artificial de una fachada vieja y agrietada ala que se acaba de dar una mano de pintura. No hay que contentarse con palabras,cuando la fe ha muerto en casi todos lados y nada predice su resurgimiento enninguna parte. No, la crisis de los setenta no ha terminado. No es la Iglesia la que semantiene en pie, es la crisis. Ella es la que sobrevive, mientras que la Iglesia semuere.La crisis existió, y perdura en nuestros días. Suponemos que el lector admiteesto como algo cierto. Tendremos ocasión de presentar pruebas tangibles de ello enla última parte de nuestra obra, cuando hablemos del
triunfo del modernismo
, perodesde ahora debemos analizar su profundidad. Y es que esta tempestad, la másreciente de todas, no se parece a las demás crisis. Es universal, porque la palabraclave,
aggiornamento
—puesta al día—, salió de la misma Roma, del corazón de lacristiandad. Todos, desde los obispos hasta los fieles, pasando por los clérigos yreligiosos, se pusieron al a. Las congregaciones tuvieron que revisar susconstituciones s venerables. Las organizaciones de seglares se vieronreestructuradas y a menudo desnaturalizadas. Todo fue renovado sin excepción,pero siempre con miras a la facilidad y a la democracia: ¡Prohibido prohibir!¡Libertad en todo y para todos! Se puso fin a la autoridad, a los deberes y a losmandamientos. ¿Se trata de una reforma o de una deformación? La relajación de laselites, ¿no es acaso el síntoma más evidente de la decadencia de una sociedad?Esta tempestad fue tan repentina como universal. ¿De dónde salió? Aparecióexactamente entre los años sesenta y setenta. Y para ser universal, la enfermedadtuvo que proceder de Roma. Además, para producir semejante conmoción, hizo faltaun acontecimiento extraordinario. Todos estos indicios señalan al concilio Vaticano II

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