El viaje de la profesora Bellini
© Pedro Mairal, 2001
La profesora María Teresa Bellini abrió la puerta del ascensor en elquinto piso con la amarga sensación de que no iba a ser capaz de contarfielmente su viaje a los concurrentes de la peña. La doctora Loreto le habíareservado ese miércoles para que contara “sus impresiones de viaje porGrecia” y ella se sentía particularmente obligada a hacerlo bien. Meses atrás,en un descuido provocado por la copita de vino blanco que acompañaba a laempanada de rigor, la profesara Bellini había mencionado su intención derealizar el viaje, había contado que venía ahorrando desde hacía tres años y yaestaba cerca de alcanzar la suma necesaria. El miércoles siguiente, la doctoraLoreto, que no solía invitarla dos veces seguidas sino esporádicamente, volvióa invitarla y le pidió que se quedara un momento tras la partida de los demásconcurrentes. Cuando estuvieron solas, la doctora Loreto le puso en la manoun sobre y le dijo: “Tome. Juntamos este dinerito entre todos los de la peñapara ayudarla con su viaje”. Ella primero se negó a aceptarlo y despuésagradeció conmovida. Sentada en el colectivo de vuelta, espió dentro del sobrepara ver cuanto dinero era, y lloró, mirando pasar las vidrieras del Once,porque era suficiente para completar los gastos de ese viaje que había queridohacer desde sus años de estudiante y no había podido pagarse hasta ahora, alos cincuenta y siete años, cuando la decisión de su hija de irse a vivir sola lepermitía ahorrar cada mes algunos pesos del sueldo que ganaba enseñandoLengua y Literatura en un colegio secundario. Hacía tres años que juntaba laplata –a veces cien pesos por mes, a veces menos– y miraba por la ventana desu cuarto el pozo del aire y luz, los cables, las paredes chorreadas, pensandoque algún día estaría en Grecia.No sabía cuanto dinero había puesto cada uno de los integrantes de lapeña, y tampoco tenía manera de adivinarlo: salvo la doctora Loreto, noconocía a ninguno fuera de ese ámbito y todos ellos vestían y se expresabanen forma similar, sin indicios que evidenciaran su posición económica. Peroimaginaba que la mayor parte la había puesto la doctora Loreto; sin duda,había sido de ella la idea de juntarlo. Sospechaba que la doctora Loreto habíaheredado dinero porque conservaba hacia muchos años ese departamentoluminoso sobre la calle Paraná, podía recibir cómodamente a una docena depersonas una vez a la semana, e incluso a pesar de ser soltera, había donadosu sueldo a la facultad de Letras, al menos durante los años en que laprofesora Bellini había sido ayudante de cátedra de la doctora, antes dequedarse embarazada y de separarse de su marido. De todos modos, laobligación de demostrar que había aprovechado y se había cultivado con elviaje, la sentía con todos, no sólo con la doctora Loreto. Ahora, desde su silla,inmóvil durante la hora que duraría el almuerzo, con las palabras de su bocamínima, debía contar todo ese movimiento de aviones, ómnibus y barcos, esamultitud de paisajes, museos, ciudades, ruinas, hoteles y puertos. Y le parecíaque el racconto de su viaje quedaría como uno de esos ridículos souvenires decaracolas que pretenden encarnar la memoria de un verano. Tendría quedemostrar en qué medida era importantes para una profesora de Letrasconocer la Antigüedad clásica de primera fuente. Había pensado, en unmomento, empezar por los periodos históricos y contar lo que había visto de
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