ENTRE EL EVANGELIO Y LA NEUROLOGÍA
La cultura española a finales del siglo XX
JON JUARISTI
1.
El fin del siglo XIX inventó todos los fi-nes de siglo tras inventarse, en primer lu-gar, él mismo. Nunca antes había transita-do por la cultura europea una categoría se-mejante. No puede comparársele, porsupuesto, la de
milenio
, cargada de conno-taciones apocalípticas.
Milenio
es términovinculado a la escatología cristiana: los milaños que durará el reino mesiánico antesdel fin de los tiempos. De ese significadooriginal nació una desviación popular y quiliástica: el año mil de la era común ve-ría, a la vez, la Segunda Venida del Verboy la destrucción del mundo dominado porel Mal. Pasados los terrores del año encuestión, volvió la esperanza milenarista anutrir los sueños de las muchedumbresempobrecidas y a catalizar movimientoscolectivos que pretendían forzar la llegadadel reino de los cielos, el cual, según la en-señanza evangélica, sólo por la violenciahabría de ser logrado.La noción de fin de siglo nace, por elcontrario, en un contexto laicista, y en elpaís en que había culminado, antes queen cualquier otro, el proceso de seculari-zación iniciado en el Renacimiento. Sur-gió, en efecto, en Francia, bajo el mássecular de los regímenes políticos de laépoca: la tercera República.
Fin-de-siècle
(la expresión se lexicalizó tempranamente,y de ahí el recurso a los guiones en aque-llos países –entre otros, el nuestro– dondefue importada en su lengua original) im-plica una idea de discontinuidad o ruptu-ra ausente de la fórmula inglesa que pare-ce corresponderle:
The Turn of the Cen-tury
. Porque
turn
podría traducirse como“turno” o “sustitución”, o quizá inclusocomo “relevo”. Como relevo de una cen-turia por otra –sin que sea descabelladoleer aquí
centuria
en su antiguo sentidomilitar–, pero también como “vuelta”,“regreso” o “retorno” al origen. Vuelta aempezar. En el ámbito de la cultura victo-riana, reacia a la secularización, la visióndel tiempo conservaba aún el carácter cí-clico del viejo folclor agrario: el de los al-manaques y menologías que todavía cir-culaban entre los campesinos, el de lasediciones escolares de los poemas bucóli-cos de autores como John Clare y, desdeluego, el de las baladas tradicionales enque James Frazer encontraría abundantesalusiones a la muerte y resurrección delespíritu del grano. A este esquema, la altacultura anglicana superponía el de la his-toria sagrada con su expectativa escatoló-gica. El fin de siglo británico fue el de los“victorianos eminentes” que Lytton Stra-chey sometería a una inmisericorde revi-sión biográfica tras la Gran Guerra. El deFrazer, por supuesto. Pero también el delos grandes conversos a la Iglesia de Ro-ma: Manning, Newman, Chesterton…No muy distinto fue el fin de siglo es-pañol. O, mejor dicho, su
Zeitgeist.
Latraducción del nuevo marbete francés re-sultaba aquí inevitablemente ambigua: in-cluso la palabra
siglo
no podía menos quedespertar asociaciones obligadas con la es-pera de la Segunda Venida, no en vanohabía sido
El Siglo Futuro
la cabecera delperiódico integrista más combativo de laRestauración. Pero el matiz semántico dereversibilidad que contaminaba la visióndel tiempo predominante en la España fi-nisecular no era deudor en exclusiva de laresistencia católica a la modernidad. Tam-bién las élites secularizadas jugueteabancon las grandes mitologías cíclicas del mo-mento: con el eterno retorno del Zaratus-tra nietzscheano o con las concepcionesreligiosas orientales, brahmánicas y búdi-cas, divulgadas en Europa por la filosofíade Schopenhauer y por la charlataneríaocultista de
madame
Blavatsky y sus se-guidores. Miguel de Unamuno, al que se-ría difícil considerar un ejemplo de laicis-mo pero que, no obstante, tampoco enca- ja en la definición de un católico a lausanza tradicional española, desafió abier-tamente la linealidad de la historia secula-rizada –inseparable del mito decimonóni-co del progreso, del pensamiento hegelia-no vulgarizado por krausistas y marxistasy del evolucionismo de Spencer y Dar- win– en los primeros ensayos de
En tornoal casticismo
(1895). Según el escritor vas-co, las rupturas y espasmos revoluciona-rios pertenecen al orden de una historiapolítica que en nada turba la existenciaintemporal, intrahistórica, del puebloeterno. Si, para la mayoría de los españo-les, “fue el mismo sol después que el deantes del 29 de septiembre de 1868, lasmismas las labores, los mismos los canta-res con que siguieron el surco de la arada”,con mayor razón fueron idénticos soles,labores y cantares los de antes y despuésdel 1 de enero de 1900 o de 1901 (segúndónde se decida poner la censura entre lossiglos), fechas no marcadas en España poracontecimientos de desusada relevancia.En la tarde de San Silvestre de 1900,Indalecio Prieto, por entonces un joven y prometedor periodista, se dirigió a la bar-bería de su amigo Julián Laiseca, miem-bro como él de la Agrupación Socialistade Bilbao. Encontró al barbero y a otrosdos correligionarios atareados en compo-ner, ayudándose de una guitarra, una
Marsellesa de la paz
para saludar la llegadadel siglo XX. Concluida, con ayuda dePrieto, la labor de composición, el textofue impreso en la prensa del semanario
La lucha de clases
y distribuido, esa mismatarde, por los locales de las agrupacionesobreras. Así recuerda el dirigente socialis-ta, 65 años después y desde su exilio me-xicano, la entrada del año 1901:
Mientras se acercaba la hora solemnísima enque, con indiferencia de Clío, moriría un siglo y na-cería otro, el vecindario echábase a la calle, yendodesde los cuatro puntos cardinales y con hachonesencendidos al paseo del Arenal, corazón de la villa.Hacia allí comenzaron a descender en masas com-pactas los trabajadores, cantando al unísono la
Mar-sellesa de la paz
. Yo caminé entre ellos. Otros grupos
2
CLAVES
DE RAZÓN PRÁCTICA
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