2do un mosaico romano con fondos de verde oscuro, que con el ocre frondoso del patio y lamadera vieja de las vitrinas dan al conjunto un aire septentrional, como si afuera estuviesesiempre a punto de llover.La pared principal es la que tiene en el centro una gran puerta de doble hoja. A la de-recha, haciendo esquina con los libros, está la mesa del bedel y el archivo con las fichas delectura. A la izquierda hay un par de sillones chéster de cuero marrón, y una mesita bajacon revistas. En uno de esos sillones solía sentarse Alfredo, vestido con un traje blanco deverano y zapatos de rejilla, las piernas muy cruzadas. Alfredo leía el ABC iluminado por lamejor luz de la mejor ventana. Tenía el pelo cárdeno repeinado, y su postura era la clásicadel lector de periódicos de un ateneo, el anciano que hace corro en su butaca, su cuerpoarrugado, su postura de contorsionista viejo, de abuelo aplastado por el tiempo y por la den-sidad intelectual del ABC.En la mesa de la derecha, sentado en una silla con brazos, de madera batiente, estoyyo, un hombre corpulento, como un lanzador de martillo, como un picador de toros, querellena fichas con sus manos delicadas. El flexo bajo ilumina mis manos y el joven de la perilla silvestre que hay sentado en el fondo ve mi cuerpo con una sahariana de color vino yel cráneo perfecto, rasurado, brillar en el rincón oscuro.Ese chico tan delgado lleva viniendo a la biblioteca toda esta semana. Es Jan, unamigo de mi hija que ha decidido ser artista, y antes incluso de que empiecen las clases ya pasa las mañanas estudiando a los pintores primitivos. Salvo el martes pasado, que tambiénhabía un anciano leyendo a Blasco Ibáñez, si no fuese por este chico no habría nada queatender. De hecho es su presencia la que me hace persistir en la postura del bedel de biblio-teca, aunque las fichas de lectura ni las mire y en su lugar me dedique a olfatear en los ar-chivos. El nuevo director ha venido con esas ideas absurdas de quienes se consideran a sí