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Modelo Sin Dolor

Modelo Sin Dolor

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Published by Rojas Muñoz
por Antonio Castellote
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 1
MODELO SIN DOLOR 
I
La biblioteca ocupa el semisótano de la escuela. El mejor sitio para el lector essiempre el extremo izquierdo de los pupitres, encarado hacia la puerta principal. Sólo entraluz por unas ventanas altas que comunican con el patio interior, porque la pared de la dere-cha, la que da a la calle, está protegida del ruido por un muro de granito y forrada de vitri-nas con volúmenes de arte. Todas las mesas tienen una minúscula bombilla que ilumina ellibro sobre un vade de cuero desgastado, inclinado y abatible, como en los pupitres del co-legio, que tenían arriba un tintero. Pero durante la mañana se puede leer con un sol tibio desegunda mano, húmedo de tapias, de rosales trepadores y arizónicas como cipreses, y delriego hipnotizante de los aspersores. Tan sólo, de cuando en cuando, se ve pasar a Rosita,que cuida el jardín.Debajo de las ventanas y en las otras dos paredes, la del fondo, de unos diez metros, yla transversal cerrada a la calle, de casi el doble, no hay más que libros. Sólo se salva, alfondo a la derecha, la puerta que da acceso al despacho del director. En el techo hay pinta-
 
 2do un mosaico romano con fondos de verde oscuro, que con el ocre frondoso del patio y lamadera vieja de las vitrinas dan al conjunto un aire septentrional, como si afuera estuviesesiempre a punto de llover.La pared principal es la que tiene en el centro una gran puerta de doble hoja. A la de-recha, haciendo esquina con los libros, está la mesa del bedel y el archivo con las fichas delectura. A la izquierda hay un par de sillones chéster de cuero marrón, y una mesita bajacon revistas. En uno de esos sillones solía sentarse Alfredo, vestido con un traje blanco deverano y zapatos de rejilla, las piernas muy cruzadas. Alfredo leía el ABC iluminado por lamejor luz de la mejor ventana. Tenía el pelo cárdeno repeinado, y su postura era la clásicadel lector de periódicos de un ateneo, el anciano que hace corro en su butaca, su cuerpoarrugado, su postura de contorsionista viejo, de abuelo aplastado por el tiempo y por la den-sidad intelectual del ABC.En la mesa de la derecha, sentado en una silla con brazos, de madera batiente, estoyyo, un hombre corpulento, como un lanzador de martillo, como un picador de toros, querellena fichas con sus manos delicadas. El flexo bajo ilumina mis manos y el joven de la perilla silvestre que hay sentado en el fondo ve mi cuerpo con una sahariana de color vino yel cráneo perfecto, rasurado, brillar en el rincón oscuro.Ese chico tan delgado lleva viniendo a la biblioteca toda esta semana. Es Jan, unamigo de mi hija que ha decidido ser artista, y antes incluso de que empiecen las clases ya pasa las mañanas estudiando a los pintores primitivos. Salvo el martes pasado, que tambiénhabía un anciano leyendo a Blasco Ibáñez, si no fuese por este chico no habría nada queatender. De hecho es su presencia la que me hace persistir en la postura del bedel de biblio-teca, aunque las fichas de lectura ni las mire y en su lugar me dedique a olfatear en los ar-chivos. El nuevo director ha venido con esas ideas absurdas de quienes se consideran a sí
 
 3mismos muy emprendedores. Quiere renovarlo todo, empezarlo todo, a las personas nostrata como moldes vacíos que hay que rellenar con sus inconsistentes escayolas organizati-vas. Ahora viene con que hay que reorganizar el fichero de la biblioteca, hacer un duplica-do y anotar por la parte de atrás un extracto de la solapa y un sistema de catalogación queincluye las medidas de los volúmenes, tampoco dijo para qué.Ese chico amigo de mi hija me obliga a permanecer en un estado de concentración proporcional a la imagen que él tiene de mí. Ayer se acercó a pedirme un libro sobreBrueghel y cruzó conmigo unas palabras. Me preguntó si me gustaba Brueghel. En princi- pio es como si vas a la biblioteca municipal y le preguntas al conserje si le gusta Theodor Adorno, pero en el fondo me halaga. Sí, claro, ya lo creo, le dije, Brueghel me gusta mu-cho. El muchacho me miró con sus ojos de hambre, firmó la hoja de préstamo, cogió ellibro, me dio las gracias, se dio la vuelta y se marchó a su sitio. Desde entonces no dejó demirarme.Yo tengo cierta experiencia en sentirme mirado, pero me incomoda cuando no es parte del trabajo, porque la mirada de cualquiera tiende a inmovilizarnos, a disponernos enalguna postura profesional. Yo ahora mismo he adoptado una clásica postura de escritor. Élestá con El Bosco, me mira de vez en cuando, pero hoy es más como para pensar en lo queha visto, depositar en mí la mirada mientras devora nuevas combinaciones de color. Yo lomiro a veces de reojo porque me gusta el espectáculo del entusiasmo. Y me quedo conganas de decirle lo que pienso sobre Brueghel. Le he dicho que me gustaba mucho con elaire amable de quien se siente seguro al afirmar algo en lo que sin duda es experto, pero laverdad es que no he añadido nada. Quizá debiera haberle soltado alguna frase, alguna bro-ma, una pincelada erudita y casual. Quizá debiera haber dicho: Oh, sí, ya lo creo, Brueghelel Viejo es uno de mis artistas favoritos, yo diría que es el gran pionero de los dibujos ani-

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