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Enrique Serna- El naco en el país de las castas

Enrique Serna- El naco en el país de las castas

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Una genealogía del naco escrita por Enrique Serna.
Una genealogía del naco escrita por Enrique Serna.

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09/30/2014

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original

 
ENRIQUE
SERNA.
Distrito
Federal,
11
de
enero
de
1959.
Destacado
na-rrador de
vena
irónica y
periodista
cultural
asiduo en sus
colaboracio-
nes.
En
1997
publicó la
colección
de
ensayos
Las
caricaturas.me
hacen
lloran.
'
ELNACOEN ELPAÍSDE LASCASTAS*
LOS
70
PARA
ACÁ,
EL
MOTE
DE
NACO
SE
HA ENTRONIZADO
COMO
UNO DE
los calificativos más
hirientes
del
español mexicano,
en
buena
me-
dida gracias
a su
ambigüedad. Empleado
con un
sentido
a la vez
racista, clasista
y
esteticista,
funciona
como
una
palabra camaleón
que
varía
de
color según
el
punto débil
del
injuriado.
No
está
muyclara
ni lo
estará nunca
la
línea divisoria entre
los
nacos
y la
gente
bien,
quizá porque
el
mayor encanto
de la
discriminación consiste
en
practicarla veleidosamente,
sin un
criterio
selectivo bien
defi-
nido.
El
naco pertenece
por lo
común
a la
raza
de
bronce, pero
los
blancosnotenemos garantizadalaaprobaciónde lacasta divina,como lo sabe cualquier güero más o menos plebeyo que haya sidorechazado en una discoteca de moda, por no agradarle
a
un porterogeneralmente cobrizo. La naquez siempre es un atributo que nosllegadelexterior. Ignoramos nuestra condicióndenacos hastaque
alguien
viene
a
echárnosla
en
cara.
Y de la
misma
forma
en que unhombre
es alto o chaparro según la estatura de quien lo juzgue,
también hay una
escala móvil
de la
naquez,
que
depende
de las ín-
fulas
raciales
y
sociales
del
agresor.
La
gente acomodada tilda
de
nacos
a los
arribistas
de
clase
me-
dia,
que a su vez
miran
con
desprecio
a la
chinaca popular, donde
también
existe
la figura del
discriminado
discriminador,
como
lo
*
En Lar
caricaturas
me
hacen llorar,
Joaquín
Mortiz,México,
1997,
pp.
97-104.
 
748
Ensayo
literario mexicano
han
observado ya
muchos
novelistas ydramaturgos.De
manera
que en vez de provocar una
corriente
de afirmación
racial
y
cultu-
ral,
el racismo
mexicano
se
propaga
hacia
abajo
por unefectode
cascada,
sembrando
discordias yantagonismos
entre
la
masa
va-
riopinta
que
debería oponerse
al
enemigo
común.
Hemos
vueltoasí a la
situación
prevalecienteen
tiempos
de la
Colonia,
cuando
el
castizo,
el
no-te-entiendo,
el mulato y elsaltapatrás
competían
en-tre sí por no descender al sótano de la
escala cromática,
mientras
el
hacendado español
despreciaba
a
todos.
El vocabulario
de la
discriminación
no
cambia
por capricho.Los ancestros del
naco
fueron
lospariasurbanoscubiertoscon unasábana
que la
aristocracia
pulquera
del
siglo
XIX
llamaba
léperos.
En
su
Folklore
mexicano,
Rubén
M.
Campos explica
el
tránsito
de
lépero
a
pelado:
"El mote de lépero que se daba antaño a los del
bajo
pueblo,
trocóse
en
pelado,
tal vez
porque
una
ordenanza
mu-
nicipal mandó
que el lépero
fuera
pelado
al
rape
cada
vez que
caía
en
la
cárcel".
Durante
un
tiempo,
lépero
y
pelado
seusaron-cómo
sinónimos,
pero
nunca significaron
lo mismo.
Según
Francisco
J.
Santamaría,
autor del
Diccionario demejicanismos,
lépero siem-
pre
tuvo
una carga más despectiva: "No hay que
confundir
al lé-
pero
con elpelado —advierte—.El primero se
tipifica
por la
con-dición
moral
baja,
el
segundo
por la
condición
social
humilde. El
lépero puede no ser un
pobre,
el pelado puede no ser de malas
cos-
tumbres". En
cuanto
a la
sustitución
de
pelado
por
naco, generali-
zada a
partir
de los años 70, Carlos Monsiváis la atribuye
al'enno-
blecimientodelpeladaje
suscitado
por el
éxito
de
Cantinflas
y
Pedro
Infante.'
La
dignificación
cinematográfica del
pelado
pudoser
determinante
paraque elmote
cayera
en
desuso
—ya no
cum-
plía
su
función
denigratoriay era
necesario
cambiarlo
por
otro
más.
insultante—,
pero no
explica
del
todo
la
amplitud
semántica
de la
palabra naco
ni
aclara
por qué endeterminado momentola
alta
so-
1
Véase "Lépero
y catrines,
nacos
y
yupis",
en
Mitos
mexicanos,
compilación
de
Enri-
que
Florescano,
Edil.
Aguilar,
1995.
Enrique
Sema
749
ciedad tuvo
que
recurrir
a
un
calificativo
más
humillante para nom-brar
a la
chusma, incluyendo
en
ella
a la
clase
media
en
ascenso.A
mi
modo
dever,
Monsiváis
sobrestíma
la
influencia
del
peladitocinematográfico,
sin
prestarle suficiente atención
a la
evolución
del
pelado
real,
que a
partir
de los
años
60, en
virtud
de
diversosfactores
la
emigración masiva
del
campo
a las
ciudades,
la pe-
netración cultural estadounidense, el poder inductivo del radio y la
televisión—
cambió
de
personalidad
y se
convirtió
en
otra
cosa.
Cuando el naco irrumpió
en el
escenario capitalino, México
no
era un país rico, pero había cierta movilidad social y el
PIB
crecía
másaprisa
que el
índice demográfico.
Los
años
60 y 70,
compa-rados con el derrumbe en cámara lenta que vino después,
fueron
una época
de
relativa prosperidad
en la que
había posibilidades
de
ascenso para
la
clase trabajadora.
Los
noctámbulos deambulaban
por las
calles
de la
ciudad
sin
miedo
a los
atracos, había
una
tasa
de
desempleo
muy
inferior
a la
actual,
las
colonias residencialesno estaban amuralladas ni existían los taxistas con título universi-tario. ¿Por qué se produjo entonces una oleada de racismo y ani-mosidad contra el nuevo exponente del tipo popular, si en realidadnorepresentaba
ninguna
amenaza para la minoría pudiente?Quizá la discriminación del naco fue en sus orígenes una embes-tida contra
la
masa favorecida
por el
precario bienestar
que
empe-zaba
a
mitigar
la
desigualdad
social.
En los
años
70,
cuando
el po-
der adquisitivo del salario alcanza su tope histórico (Muñoz Ledo
era
entonces Secretario
del
Trabajo),
el
naco adopta
los
modos
de
vestir, la cultura ondera y hasta los paraísos artificiales de los ni-ños bien, comolopusoenevidenciaelFestivaldeAvándaro.Elcastigo
que
recibe
por
igualado
es un
mote alusivo
a su
pasadoindígena (según Santamaría, naco significaba hasta
1959 "indio
de
calzones
blancos"),
el
estigma
que
había intentado sacudirse,
de
acuerdocon suidealdesuperación.Alpeladose leechabaencara
su
vulgaridad, pero al naco se le reprocha también su mimetismo
agresivo. Por
parte
de la
minoría
discriminadora, el
mensaje
ence-
rrado
en el
nuevo mote (para
ser
como
yo no te
basta
con
llevar
za-
 
750
Ensayo
literario mexicano
patos
de
plataforma
y
pantalones acampanados) reflejaba
una
mez-
cla de
indignación
y
temor: indignación
por
haber engendrado
su
prcfpia
caricatura, temor
a
perder
un
predominio social sustentado
en la
exhibición
del
Status.
Quien
sólo vale
por su
aspecto
necesita defenderse
con
uñas
y
dientes
cuando
un
sujeto
al que
considera inferior trata
de
imitarlo.De ahí que los nuevos catrines emprendieran una campaña tan sa-
ñuda
contra
el
odiado advenedizo
que
al
copiarles
la
ropa también
les
robabaelser.Con susridículos trajesdeMilano,elnaconopodía competir con ellos en materia de modasimportadas,pero su
insolencia
entrañaba una tentativa igualitaria. Por eso debían piso-tearlo. Sin embargo; el carácter .racista de la campaña era dema-
siado
evidente,
por
lo
que fue
necesario
reforzarla
con
urr
barniz;
cultural,
convirtiéndola
en una
especie
de
cruzada para salvar
áMéxico de su
vulgo. Indulgente consigo misma,
la
éliteeconómica
y
la clase media que trataba de seguir sus pasos podían soñar con
la
anexión a Estados Unidos,
irse
de
shopping
a San Antonio o re-
gistrar
niños
del
otro lado
de la frontera, en
previsión
de
futuras
di-
ficultades
migratorias»
pero cuidadocon que elnacoseatrevieraaperder
sus
raíces, pofque
en su
caso,
la aculturación significaba
una
traición
a la
patria (recuerdo
un
furioso regaño
de
Margarita
Michelena
a los albañíles que llevaban camisetas con leyendas
en'
inglés).
Hasta
el
momento,
ni la
derecha conservadora
ni los
ultras
deizquierda
pueden
admitir
que el
antiguo peladito rebosante
au-
tenticidad
se
haya
convertido
en un
falso chicano.
Su
paternalismo
los
inclina
a ver en
ello
una
corrupción
de la
identidad nacional.
A
este respecto,
un
antropólogo
de la
ENAH
piensa
lo
mismo
que elJefe
Diego. Ambos desearían que
el
grupo Bronco no llenara
esta-
dios,
que la
cultura
Tex Mex
fuera
un
espejismo
y que el
pueblo
semantuviera
"fiel
a su
espejo
diario",
como
en las
películas
del
In-
dio
Fernández. Pero el naco quiere ser lo que es y no acepta cargarsobre sus espaldas el peso de una idiosincrasia pulverizada.
Enrique
Sema
751
El
naco no sólo se distingue del pelado por su fervor imitativo,
sino
por su movilidad territorial, que le permite circular por zonasde la ciudad anteriormente vedadas para los
pobres.
Como seña-laba José Emilio Pachecoen unreciente
Inventarío,
elMetro llevóel ambiente de las fritangas y los perros callejeros a lugares comola Zona Rosa, que a mediados del siglo era una colonia elegantepoco frecuentada por la gente del pueblo. El naco nace junto con
el
Metro, de ahí que algunos
escritores
lo vean como un invasor.
En el
primer capítulo
de
Pasado
presente
(FCE,
1993),
Juan
Gar-
cía Ponce describe el Distrito Federal desde la perspectiva de unpersonaje que busca entre las ruinas de la ciudad las huellas de supasado. Cuando
el
protagonista cruza
la
plaza
de
Coyoacán
la-menta
encontrarse
"con
gente cuyo aspecto en otra época hubieraconsiderado
tan feo
como desarrapado"
y más
adelante, despuésde sortear"unagran estación del
repulsivo
Metro", desemboca en
una
avenida "infinitamente atravesada
por los
horribles habitantesde nuestra ciudad". Aunque no lo mencione por su nombre, es ob-
vio que el
autor
se
refiere
al
naco,
que en los
años
50
todavía
no
arruinaba el paseo de ningún
esteta
porque estaba confinado enel arrabal y sólo salía de ahí para ir al Centro, a la
"villa
o a LaMerced. Testimoniode unageneracióny de unaclaseque havistocomo un despojo la democratización del espacio urbano, la novela
de
García Ponce contiene muchas claves para comprender el Mé-xico actual, donde la clausura de calles y el
acordonamiento
de zo-nas residenciales, más que temor a la delincuencia,
refleja
disgusto
por
la omnipresencia del naco, a quien podría definirse, desde laparte discriminadora, como
un
pelafustán
que
nunca está
en su lu-
gar. Ante
la
proliferación
del
mexicano feo,
la
burguesía nostálgicade los tiempos en que México
estaba
menos revuelto asume una
actitud
políticamente correcta. No desea exterminarlo ni abrigarencor contra él: se contenta con dejarlo
fuera
de su campo visual.Hasta los cineastas que buscan solidarizarse con el pueblo
tie-
nen
dificultades para aceptar la existencia del ñaco. En las pelícu-
las de
María
Novare-,
por
ejemplo,
su
imagen
ha
sido
falsificada
y

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