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Sánchez Vázquez, A. - Modernidad, vanguardia, postmodernidad [1992]

Sánchez Vázquez, A. - Modernidad, vanguardia, postmodernidad [1992]

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06/28/2012

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Modernidad, vanguardia y posmodernidad
Adolfo Sánchez Vázquez
El nacimiento
y consolidación de la estética, como disciplina filosófica, sistemática yautónoma, es inseparable del proceso de formación y afianzamiento de la modernidad.Aunque las reflexiones sobre lo bello y el arte se remontan a la antigüedad griega ysalen al paso, una y otra vez, a lo largo de la historia de la filosofía, la estética se fundacuando el arte como actividad práctica humana y la belleza como valor se distinguen deotras actividades y de otros valores. Y se funda, asimismo, cuando el saber acerca de suobjeto se autonomiza respecto de otros saberes. La autonomía en ambos sentidos, queBaumgarten atisba y perfila Kant, significa que el objeto de la estética -el arte bello- selibera de sus funciones tradicionales y se confía en la razón como la vía adecuada paraconocerlo. Pero semejante liberación y confianza solo se dan en las condicioneshistóricas, sociales y culturales de la modernidad.Un fugaz vistazo a la situación de lo estético premoderno, o ajeno a Occidente, nos permitirá destacar lo que inauguran y afirman la teoría y la practica estéticas modernas.Aunque la autonomía del arte se va fraguando desde el Renacimiento impulsada por susatisbos en la Grecia clásica, sólo se alcanza en los tiempos modernos en la Europaoccidental. Fuera de esas coordenadas espacio-temporales, no existe semejanteautonomía. No se da, por ejemplo, en la Edad Media en una catedral gótica, cuyasformas se valoran y justifican estéticamente en el contexto religioso en que se integran.Tampoco, fuera de Occidente, en una cultura azteca -como la Coadicue- producida paraaplacar la ira de una deidad terrible, o mantener la armonía del hombre con el mundo;inseparable, por lo tanto, de los mitos de una sociedad prehispánica. En un caso y otro,se trata no de obras de arte, destinadas por su función principal -estética- a ser contempladas, sino de objetos supeditados al valor y a la función que rigen en larespectiva comunidad. Ni estos objetos ni la actividad humana que los produce seconciben en ella autónomamente, sino en relación indisoluble con valores que lostrascienden y al servicio de ellos. No existe, pues, un reino autónomo del arte, escindidodel conjunto de manifestaciones vitales, sino como parte del todo en el que se integranla naturaleza, los hombres y los dioses. Esto determina, a su vez, la unidad en el hombrede sus diversas actividades: mágica, religiosa, moral, política, estética, etcétera.La modernidad separa lo que tradicionalmente ha estado unido. Lo que estéticamente seintegraba en la comunidad o se supeditaba a los valores dominantes en ella, es separadodel todo en que tuvo su origen y adquiere un valor propio, cualquiera que fuese el valor al que estuvo supeditado en sus orígenes. Ese plusvalor, estético, se manifiesta al ser contemplado el producto artístico, desprendido de sus significados y funcionesoriginarios. El arte pasa de ser un medio para convertirse en un fin. De este proceso deautonomización, característico de la modernidad, surge la estética como un saber autónomo acerca de esa práctica, ya escindida de la totalidad vital en que se integraba.
 
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La teoría y la práctica estéticas modernas presuponen cierta idea de la modernidad que puede servirnos de vara para medir tanto su proyecto como su realización. Veamosalgunos componentes básicos de ella que, en todos los casos, marcan su ruptura con elmundo tradicional premoderno o ajeno a Occidente.1) _Diferenciación o autonomía._ Ya hemos apuntado este rasgo con respecto al arte, pero también se da en otros campos: ciencia y moral, política y economía, derecho ytécnica. La política ya no esta sujeta a la religión, ni la técnica a la moral, ni laeconomía a la política. Pero, por su lógica interna, el desarrollo científico, técnico yeconómico será fuente no sólo de progreso material, sino también de destrucción yenajenación.2) _Dinamismo y cambio._ Frente al inmovilismo de las sociedades tradicionales, lamodernidad es movimiento y cambio. No hay nada que permanezca y dure, o con lafrase marxiana que Marshall Berman hace suya: "todo lo sólido se desvanece en elaire". La modernidad, que Marx identifica con el capitalismo, se pone de relieve en elirresistible desarrollo de las fuerzas productivas -y la ciencia y la técnicacorrespondientes-, así como en este "deshacerse en el aire" de lo que parecía másestable y sagrado. Ciertamente el estallido del inmovilismo tradicional exige un procesode secularización, o disolución de los principios trascendentes que lo legitiman.3) _Racionalismo._ El arma con la que la modernidad destruye esos principios yvalores, y decapita incluso dioses, es la razón. Pero esta arma destructiva también le permite proyectar un mundo más humano, o más ajustado a la naturaleza humana, por esencia racional. Ahora bien, con el paso del tiempo, la modernidad adopta no solo estaracionalidad conforme a fines o valores, sino también a la que atiende a la eficiencia delos medios para realizarlos, con la particularidad de que esta forma de racionalidad delos medios -o instrumental como se la llamara después- acaba por ser propia ydominante en la modernidad tardía.4) _Progresismo._ El cambio y desarrollo incesantes se conciben como un ascensolineal, progresivo. Lo moderno es inseparable de la categoría de progreso, entendidocomo un despliegue de la razón tanto en la historia como en la ciencia, la técnica y la producción. Un progreso que, en las condiciones sociales modernas, es también unregreso, ya que se convierte en fuente de peligros, incertidumbres y terrores para lahumanidad (baste recordar Auschwitz, Hiroshima y Chernobil).5) _Universalismo._ La modernidad se caracteriza por su vocación universalista, puestade manifiesto en la ilimitada expansión de las fuerzas productivas y de la economía demercado, que disuelven modos tradicionales de producción, fronteras nacionales,etcétera, así como al universalizar nuevos valores -libertad, igualdad, justicia... Pero, alhacerlo, se prescinde del contenido concreto y de los límites reales que a esauniversalidad imponen sus orígenes y naturaleza particulares, con lo cual lo particular searropa en el manto de lo universal. Y precisamente en nombre de los valores universalesde la civilización occidental se trata de modernizar a viejas o extrañas civilizaciones,aunque esto signifique la disolución o destrucción de sus valores propios.6) _Proyecto de emancipación._ Los rasgos que hemos señalado se inscriben en elmarco común del proyecto ilustrado de emancipación de la humanidad. Este contenidoemancipa torio impregna la liberación de los grilletes teológicos y trascendentes, lasecularización de su visión del mundo, la fe en el progreso científico y técnico, así comoen la universalización del modo de producción capitalista y de los valores Occidentales.Pero, dado el carácter ambivalente y contradictorio que le imponían sus limitacioneshistóricas y de clase, y no obstante el grito de alarma que da Rousseau en plena
 
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ilustración, el proyecto liberador que la razón venia a fundar y garantizar se haconvertido en una forma de dominación, no ya del hombre sobre la naturaleza, sino delhombre por el hombre E incluso la dominación ilimitada sobre la naturaleza se havuelto cada vez más contra la propia existencia humana. Pero volvamos a la modernidadestética.Desde que en el siglo XVIII la modernidad se ofrece como una alternativa en la querellaentre los "antiguos y modernos", hasta que, con el ocaso de las vanguardias artísticas,deja de serlo, pueden distinguirse en ellas dos periodos claramente delimitados: el quese extiende hasta mediados del siglo XIX, y el posterior, que viene a finalizar en ladécada de los cincuenta del presente siglo. En el primer periodo, se consuma laautonomización del arte y se propaga el culto, de raíz renacentista, a lo bello, tanto alidealizar como al representar la realidad. Aunque el cambio y la innovación, propios dela modernidad, contrastan con el inmovilismo y repetición de las sociedadestradicionales, se hallan atemperados en el arte moderno por su fidelidad a una formaestética: la clásica, y por su actitud mimética hacia lo real. En verdad, el dinamismo y larenovación incesantes en la ciencia, la técnica y la producción material no se dan paralelamente, y con la misma intensidad y aceleración en el terreno estético. En estedesarrollo desigual, la ruptura renacentista con el arte tradicional conduce con un nuevoropaje ideológico al clasicismo. Y cuando la modernidad se zafa de él con el barroco yel romanticismo, permanece anclada en el modelo representativo de la realidad.Vemos, pues, que la categoría moderna de progreso pierde su sentido en el arte. Todo progreso se orienta hacia el futuro como meta inexistente aún. Pero, en el arte del sigloXVIII, su meta ya está dada o conquistada. No hay progreso, sino regreso, hacia lasformas clásicas que la estética, apenas nacida, viene a legitimar, legitimación que habráde perdurar mucho después. No es casual que, todavía en los albores del siglo XX,dijera Worringer que las estéticas del pasado eran todas estéticas del arte clásico.La autonomía del arte, frente a ideales o valores ajenos, no contradice ni excluye el proyecto moderno de construir un mundo más racional, y, por tanto, más humano. ParaKant, Schiller, Hegel o Goethe, el arte como esfera de la libertad frente a la necesidad,de la armonía frente al conflicto real, de lo universal ante los desgarrones de lo particular, es medio de emancipación por sí mismo, es decir, por su autonomía y valor  propio.De acuerdo con su potencial universalista, la modernidad proclama también launiversalidad del arte y de su valor fundamental: lo bello. Pero, en verdad, con esto nohace sino generalizar los principios y valores de un arte históricamente determinado: elclásico-renacentista occidental. Hasta bien avanzado el siglo XIX, la pretendidauniversalidad estética no irá más allá de esos limites, sin alcanzar por tanto a las artes deotros tiempos o de otras sociedades. Y cuando productos culturales tradicionales oajenos son reconocidos, al fin, como "obras de arte", lo son en la medida en que,desprendidos del todo vital correspondiente y de las funciones que cumplían en él, seconvierten en objetos dignos de ser contemplados por su forma. El lugar en que esosobjetos cumplen esta nueva función -estética-, y en el cual se consagra su entrada en elreino universal del arte, es el museo, institución que nace en Francia en el siglo XVIII yse desarrolla con la modernidad. Lo que originariamente no era "obra de arte" sesanciona como tal desde el momento en que, desconectado del contexto mágico oreligioso respectivo, es admitido en el museo para que, por su valor propio, seacontemplado. De este modo, en el santuario de lo bello recibe el aval de su artisticidad y

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