PREFACIO
Sobre los montes Sabinos se estaba formando una tormenta. Era una hora m sde la medianoche. Los últimos días de septiembre habían sidoexcepcionalmente calurosos y pesaban sobre Roma como un techo ardiente.Pero aquella noche, un viento procedente del Adri tico barría el país,amontonaba nubes preñadas de tormenta que ahora quedaban prendidas delas cumbres hasta que las r fagas huracanadas las ahuyentaron hasta el Valledel Tíber. El lejano retumbar del trueno se iba acercando ensordecedor y losrayos lamían con lenguas de fuego el monte Pincio.El emperador se despertó sobresaltado. Había pasado hasta lamedianoche sin encontrar el momento de acostarse. Se quedó, al fin, dormido,completamente borracho, pero ahora, con el fulgor deslumbrante de los rayosy el estr‚pito de los truenos, se despertó. Nada podía contra su miedo a lastormentas, por mucho que se dijera una y otra vez que aquí, en su palacio delmonte Palatino, estaba tan seguro como en el Olimpo. Aunque cayera un rayoen el tejado, por todas partes había templos y palacios donde hubiera podidorefugiarse.Se había incorporado y, tembloroso, se agarraba a la sábana de seda.Guardia! chilló con voz destemplada.La puerta se abrió bruscamente, y saludaron dos pretorianos.Sólo quería ver si habíais escapado aterrorizados por la tormenta intentóbromear el emperador.Pero, imperator... Ya est bien. Se acabó! Fuera!Aquellos eran los únicos en los que seguía confiando. Sabía que en loscírculos del Senado se tramaban conjuras. Yen el talante servil con que todosse le acercaban, sentía el odio que lo rodeaba. L‚mures!
I.
Máscaras tras las cuales acechaba el crimen. A docenas los había hechoejecutar, había sofocado las conjuras en su origen, había hecho torturar ymatar, había poblado con ellos las canteras, pero volvían a crecer como lascabezas de la hidra. ¨Qu‚ podía hacer? Y pensó, como había hecho en tantasocasiones, que si Roma entera tuviera un solo cuello no dudaría en cortarlo deun tajo. Pero en esta Roma, en esta fruta podrida y hedionda del rbol delImperio, había muchos cuelíos, muchas cabezas. Cabezas en las que a menudopodía con ayuda de los dioses leer pensamientos sombríos encaminados sólo aaniquilarle, a aniquilarle a ‚l, el augusto, el divino, el emperador Cayo JulioC‚sar Germ nico, gemelo de Júpiter, amo del mundo, a quien, sin el debidorespeto pero desde niño, llamaban ~Zaiígula, porque en su infancia usabasiempre c ligas o sandalias militares. Y permitía que lo hicieran porque lepusieron este apodo los soldados en un tiempo que ‚l consideraba el m s felizde su vida.En las largas noches en que el sueño huía de ‚l como de un leproso,trataba de consolarse y calmarse con im genes del pasado. Nadie podía
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