¡astil,
ntT
cuín hahct.
decían los romanos); seextingue con la obligación a la que sirve de ga-
rantía.
Ya el artículo 70 de la ley de 1856 decía quela hipoteca, entre otras situaciones de caducidad,
se extingue "por la extinción de la obligación
principal", lo que se repite en el art. 786 delCódigo de Comercio, que incorporó la misma
solución de la ley de 1865, y en el art. 2347 del
Código Civil.
La inscripción en el registro exige, en cambio,
un modo expreso de extinción, con la única ex-
cepción de la prescripción o caducidad por el
transcurso del tiempo.
III. LA INSCRIPCIÓN DE I.A HIPOTECA. 4. Cons-
tituyendo la hipoteca un derecho real de garan-tía sobre el inmueble, independiente de la per-
sona del titular, se comprende los inconvenien-
tes que supondría para el adquirente de buena
fe el desconocimiento de la existencia de ese
gravamen, ocultado maliciosamente por el
vendedor.
Esto preocupó muy especialmente al antiguo
legislador español, cuya experiencia dio origen
a la imposición del registro, en la legislación
nacional, a partir de 1856. Ya en 1539, Carlos Ipromulgó la que luego vendría a ser ley 1
a
del
título XVI, libro X de la Novísima Recopilación
(y ley 3
a
, título 15 del libro 5" de la Reco-
pilación), disponiendo que en cada cabezade jurisdicción hubiese un libro en el que se
registrara, entre otras convenciones, las "hipote-
cas que tengan las casas y heredades que com-
pran", "por cuanto nos es hecha relación que
se excusarían muchos pleitos" conociendo esosgravámenes los adquirentes (
3
). Pero no habría
de haber tenido mucho éxito ese mandato (rei-
terado por Felipe II), cuando Felipe V, ya en
1713, en consulta del Consejo del Reino, habría
de mandar que se cumpliera la ley de 1539,
"a fin de embarazar la multitud de pleytos,
fraudes é inconvenientes que se experimentaban"
(
4
). Carlos III, por pragmática de 31 de enero de
1768, publicada en Madrid el 5 de febrero de
ese año, dispuso el establecimiento de registros
de hipotecas en las cabezas de partido de todo
el reino, reglamentando la toma de razón res-
pectiva por cédula de 10 de marzo de 1768
(
5
).
Según el Dr. Canon Nieto (
6
), Narvaja expresa-ba que en la ley de 1856 se tomó en consideración
dicha realidad, siguiendo el precedente de la ley
chilena de 25 de octubre de 1854, la más avanza-
da de la época, sin perjuicio de tomar en conside-
(3) "Los Códigos Españoles, concordados y anotados";
Madrid, edit. Antonio de San Martín, 1872, 2
a
edic.; tomo IX,
pág. 384.
(4)
Op. cit. en
la nota anterior, tomo IX, pág. 385.
(5)
Op. cit.
en las notas anteriores, tomo IX, págs. 385 y
387.
(6) Según manustrico cedido gentilmente por su autor.
ración, en sus líneas generales, el derecho francés
entonces vigente. En efecto, refiriéndose a las dis-
posiciones sobre hipoteca del Código Civil, Nar-
vaja en las
Fuentes, notas y concordancias
reco-
piladas por su hijo Ricardo, expresa: (está ha-
blando de la situación española primitiva) "Pero
la hipoteca de que hablamos era
oculta, y
esta
circunstancia abría un ancho camino a la mala fe
de los propietarios: no encontrando éstos obstácu-
lo ninguno para vender o hipotecar, como bienes
libres, fincas que de antemano habían gravadopor más de su valor, se multiplicaron los estelio-
natos de una manera escandalosa, sin que los ter-
ceros poseedores o los que prestaban sobre esas
fincas su dinero, pudiesen evitar los efectos desas-trosos de tales fraudes. Hízose necesario pues otro
orden de cosas, y los monarcas españoles, desde
Carlos I, contrajeron sus esfuerzos a desterrar el
secreto de la hipoteca como inconciliable con el
carácter de transmisibilidad y propensión a trans-
formarse de la propiedad moderna. (...). Pode-
mos traer en confirmación de lo dicho el ejemplo
elocuente de la República de Chile que, sin duda,
está a la vanguardia de la civilización sudame-
ricana"
(
T
).
5.
El art. 2323 del Código Civil, entonces,
por inspiración de Narvaja, y siguiendo el pre-
cedente de la ley de 1865, en la que también
intervino nuestro codificador, y con un sentido
más radical que la ley de 1956, edicta que "la
hipoteca deberá otorgarse por escritura pública
e inscribirse, además, en el Registro de Hipote-cas; sin cuyo requisito no tendrá valor alguno,
ni se contará su fecha desde la inscripción".
Se ha discutido si la inscripción es o no unrequisito de solemnidad. No obstante el aparen-
te rigor de la ley, consideramos, con Gamarra,
que la hipoteca, como contrato, nace con la so-
lemnidad de la escritura; pero que la inscripción
en el registro, mejor que una solemnidad del
contrato, es la manera de darle eficacia al dere-
cho real. De otro modo, no se explicaría, como
lo dice el mismo artículo, que el contrato (comotítulo) tenga existencia antes de la inscripción yadquiera vigencia en el tiempo luego de la ins-
cripción.
Por otra parte, como acaba de verse, la fina-
lidad de la inscripción, como todo caso de regis-tro, es de publicidad: que los terceros conozcan
la existencia del gravamen. Se trata, a nuestro
juicio, de una exigencia formal con fines de
publicidad.
IV. LA CANCELACIÓN DE LA INSCRIPCIÓN. 6. En
general, nuestro Derecho positivo ha previsto dos
medios para cancelar la inscripción de la hipo-
teca en el registro respectivo (la anulación de la
llamada "toma de razón"): el acuerdo de las
(7) Narvaja, Tristán:
Fuentes, Notas y Concordancias
del Código Civil de la República Oriental del Uruguay, Mon-
tevideo,
Tipo-iitograffa oriental, 1910: págs. 311,312 y 314.