Read without ads and support Scribd by becoming a Scribd Premium Reader.
 
JACT
JACTANCIA.
(V.
Juicio
DE
JACTANCIA.»
JEFES DE ESTADO EN EL ORDEN IN-
TERNACIONAL.* Jeíe del Estado O), es
la persona que ejerce y representa la auto-
ridad suprema. Autoridad suprema uniper-sonal cuando la desempeña un principe dela sangre, un ciudadano elegido por el puebloó el conductor civil o militar de un movi-miento revolucionario triunfante; autoridadsuprema pluripersonal o colegiada cuando ladesempeña un organismo gubernativo gene-ralmente integrado por un limitado númerode ciudadanos de elevada significación en
la política del instante. Pero se lo llame
emperador, rey, sultán, presidente, jefe delgobierno, o duque; o se diga simplementetriunvirato, directorio, consejo, soviet, etcé-
(I)
NOTA
DE LA
REDACCIÓH.
La
expresión
"jefe
del Estado" encaminada a designar a los reyes enlos regípenes de monarquía constitucional o a lospresidentes en los regímenes republicanos, seanr,!Ios de un sistema presidenciallsta o de un siste-ma de gabinete, no es aceptada por todos los tra-tadistas. Así, por ejemplo, el profesor Sánchez Via-monte ha sostenido reiteradamente —incluso enesta
Enciclopedia
—- que la persona a quien se dahabitual y equivocadamente el nombre de "jefe deEstado" no es otra cosa que'un
funcionario
o
em- pleado,
que no sólo no es
mandante
de nada, sinoque es un mero
mandatario
del pueblo que lo haelegido, lo cual representa gramatical y jurídica-mer.te todo lo contrario del ejercicio de una jefatura. En uña democracia no existe otra que la dela ley, a la cual están sometidos todos los habitan-tes y todos los Poderes del Estalo con sus respec-t vos titulares, Y allí donde no exista una Consti-tución establecida por el pueblo ni, en consecuen-cia, las autoridades sean elegidas por el pueblo,único titular de la soberanía, mal se podrá llamar"jeíe del Estado" a qxilen no es otra cosa que unusurpador, un opresor, un tirano, etc.Sin embargo, hemos incluido esa designación enei vocabulario de nuestra obra, tanto por la razónantes dicha de ser de uso corriente, cuanto por noencontrar otra comprensiva de todas las situacio-nes. Por ejemplo, no podríamos hablar de "jefe(ie.l Poder ejecutivo" porque no lo es el rey enuna monarquía constitucional ni tampoco el pre-
• Por el Dr. JUAN ANTONIO MADRSZO.
tera, para simbolizar con una sola palabrala autoridad máxima, es cosa convenida enel lenguaje..internacional que tales denomi-naciones sugieren la presencia temporal y
la personificación del Poder. Hay, sin em-bargo, diferencia, entre un soberano y unpresidente de República aun cuando ambosejerzan por el Estado el
jus representationis
omnimodae.
El primero, jefe de un gobier-
no monárquico, es soberano en cualquierpaís y en todo momento, desde que es comoun símbolo viviente de un gobierno heredi-
tario y vitalicio; el segundo, jefe de un go-
bierno republicano, lo es mientras duren las
funciones de su cargo. Hay, también, que
distinguir entre el soberano o jefe del Es-
tado y el agente diplomático: aquél repre-
senta al Estado ante la comunidad interna-,cional, y éste lo representa ante el Estado
donde desempeña su misión.
sideiite de una república regida por el sistema de
gabinete, en las cuales esds cargos representan—ateniéndonos a un concepto clásico— un Podermoderador entre el legislativo y el ejecutivo. Tam-poco cabe la designación le "jefe del gobierno",tanto por la razón que acabamos de señalar, cuan-to porque en las repúblicas de tipo presidencialístael gobierno está constituido por las tres ramas delPoder y no sólo por el ejecutivo; contrariamentea lo que sucede en los sistemas de gabinete, repu-blicanos o monárquicos, en que se suele llamar"gobierno" a la rama ejecutiva y jefe del gobierno,no al titular de la monarquía o de la república,sino al presidente del Consejo de ministros (o pri-mer ministro, según la nomenclatura política demuchos países).Así. pues, aun cuando personalmente podamoscompartir la opinión de Sánchez Viamonte, no nosha sido posible eludir, ni en ésta ni en otras vo-ces,' el empleo de la designación de que se trata,pero sin que su inclusión represente la aceptaciónde la tesis de que al presidente de la república oal rey corresponda la calificación de "jefe del Es-tado". Por otra parte no se puede desconocer laexistencia de quienes jurídicamente opinan de otromodo. Por la responsabilidad que nos afecta en ladirección de la obra, mantenemos una posición im-parclal y respetamos las ideas de todos los colabo-radores, con la única limitación de que no seanatentatorias a la esencia de un Estado de Dere-
cho.
(M. O.
ti F.)
 
El Derecho constitucional de cada país
señala el límite de la competencia del res-
pectivo jefe de Estado como depositario del
poder supremo. En la República Argentina
el asunto se encuentra regido por la Consti-
tucn Nacional, artículo 86,_ inciso 10: "El
Presidente de la Nación nombra y remuevea los ministros plenipotenciarios y encar-gados de negocios con acuerdo del Senado;
y por sí solo nombra y remueve los minis-
tros del despacho, los oficiales de sus Se-
cretarías, los agentes consulares y demás
empleados de la administración cuyo nom-
bramiento no está reglado de otra manera
por esta Constitución". De acuerdo con el
inciso 14 el presidente "concluye y firma
tratados de paz, de comercio, de navegación,
de alianza, de límites y de neutralidad, con-
cordatos y otras negociaciones requeridas
para el mantenimiento de buenas relaciones
con las potencias extranjeras, recibe susministros
y
admite sus cónsules". Concuer-
da esta disposición con el artículo 67, inci-
so 19: "Corresponde al Congreso... aprobar
o desechar los tratados concluidos con las
demás naciones y los concordatos con laSilla Apostólica". Por el texto del citado
artículo 86, inciso 18, el presidente "declarala guerra y concede patentes de corso y car-tas de represalias con autorización y apro-
bación del Congreso". Recordemos el ar-
tículo 67, cuyos incisos 21 y 22 resuelvenque al Congreso corresponde "autorizar al
Poder Ejecutivo para declarar la guerra o
hacer la paz", y "conceder patentes de cor-so y de represalias y establecer reglamentos
para las presas".
De lo cual se deduce que entre las atribu-
ciones privativas del presidente de la Repú-
blica Argentina en el orden internacional,figuran las siguientes: a) mantener las reía"
clones del país con los Estados extranjeros;
b) Celebrar convenciones y tratados inter-
nacionales
ad referendum
del poder legis-
lativo; c) declarar la guerra con autoriza-
ción del poder legislativo, e independiente-
mente de la autorización en caso de invasión
o agresión extranjera; d) hacer la paz ad
referendum
del poder legislativo. "El presi-
dente —resume Joaquín V. González— es
absoluto y discrecional durante la prepara-
ción de los tratados, sin que el Congreso
pueda rever o reexaminar los actos o las
personas que en ellas intervienen, sino
cuando le llega el momento" de ejercer su
poder de aprobación o rechazo. Cuando un
tratado es aprobado por el Congreso y se
hace ley de la Nación, los tribunales dé jus-ticia no tienen atribución para verificar la
autoridad de las personas que los suscribie-
ron, o con la cual se acordó lo en ellos esti-
pulado, porque son cuestiones políticas aje-
nas a su ministerio, y deben limitarse a la
interpretación y aplicación de sus cláusulas.
El presidente, como jefe supremo, lo es tam-
bién de todos los representantes de la Na-
ción en el exterior, y en tal calidad la re-
presenta igualmente en la recepción de los
ministros extranjeros, cuando son acredita-
dos ante el país, o cuando se inician gestio-
nes para entablar con él relaciones de amis-
tad, así como en el, caso expuesto de la
Constitución, que manda mantener "buenas
relaciones con las potencias extranjeras" y
autoriza, por lo tanto, a iniciar las corres-pondientes negociaciones diplomáticas. La
admisión de cónsules extranjeros por medio
del
exequátur o
aprobación de su investidu-
ra, es acto de soberanía y una forma del
poder de representación, y por ella asegura
a la Nación la conveniencia de admitir tal
funcionario, que puede responder a la nece-sidad del comercio con la nación respectiva;
o a un medio de iniciar "buenas relaciones"
con ella. Por medio del ministerio de Rela-
ciones Exteriores, el Presidente atiende a la
administración interna y externa de esa
parte de sus atribuciones y deberes. Este po-der ha sido expresamente prohibido a laprovincias, como delegado en el Gobierno
de la Nación
(Manual de la Constitución
 Argentina,
ed. 139 pág. 564).Los poderes de representación exterior y
de guerra son consecuencia del título de "je-
fe supremo de la Nación a cargo de la ad-
ministración general del país", que la Cons-titución Nacional, artículo 86 inciso 1"? atri-
buye al presidente de la Nación.
El diplomático y tratadista brasileño Hil-debrando Accioly dice que "algunos autores
opinan que el soberano o jefe de Estado no
tiene derecho de representación fuera de los
límites en que tal derecho le es explícita-
mente reconocido por la ley constitucionaldel respectivo Estado. Siendo así, un acta
suyo, en nombre del Estado, en la esfera
internacional, será válido únicamente cuan-
to esté de acuerdo con las modalidades pre-
vistas en dicha ley.
"Otros, sin embargo, piensan de manera
contraria y sostienen que, ante el Derecho
internacional, todos los actos practicados
por un jefe de Estado, en tal calidad, en las
relaciones con otros Estados, todas las ma-
nifestaciones de voluntad expresadas por él,
en tal carácter, deben ser atribuidos al pro-pio Estado, se encuentren o no en contra-dicción con su Derecho constitucional.
"Entre estas dos opiniones divergentes,
nos inclinamos más bien en favor de la se-
gunda. En efecto, según observa Cavaglieri,
las restricciones constitucionales no deben
ejercer ninguna influencia sobre la eficacia
internacional de las manifestaciones de vo-
 
luntad del Jefe del Estado, porque ello se-
ría contrario a la seguridad de las relaciones
internacionales. La propia soberanía del
Estado hace inoportuna cualquiera verifi-
cación, por parte de otros miembros de la
comunidad internacional, de su derecho
constitucional"
(Tratado de Derecho Inter-
nacional Público,
t. 2<? ed. 1946, Río de Ja-
neiro).
Los jefes de Estado para ser reconocidos
por los demás soberanos o presidentes, de-ben notificar que han alcanzado el poder.
El reconocimiento es expreso cuando se pro-
duce por comunicación especial, y tácito
cuando resulta del envío de un agente di-
plomático, o del público recibimiento de un
emisario del nuevo gobernante. También
es menester que el "cambio de título" en
los regímenes monárquicos sea reconocidopor los soberanos extranjeros, porque casisiempre oculta móviles que tienden haciauna nueva organización política. "Este re-
quisito —dice Daniel Antokoletz—, existe en
virtud de un uso tradicional que el Tratado
de Aix-la-Chapelle, de 11 de Octubre de
1818 reafirmó diciendo: «Los gabinetes se
comprometen al mismo tiempo a no reco-
nocer en lo sucesivo cambio alguno en los
títulos de los soberanos, ni en los de los
príncipes de sus casas, sin un previo acuer-
do entre sí». Rivier explica y justifica esta
solución, por que «está en el interés de to-
dos, que el título y rango de cada Estadoresponda a la situación que ocupa realmen-te en la sociedad de las naciones, a fin de
que sea la expresión de la verdad». Sinembargo, es preferible permitir que cadasoberano se dé el título que le convenga,
hoy que las cuestiones de la precedencia no
afectan los derechos y deberes fundamenta-
les de los Estados. El «no reconocimiento»,responde casi siempre a móviles políticos:
la Gran Bretaña se rehusó a reconocer a
Napoleón I el título de emperador; el Con-
greso de Aix-la-Chapelle de 1818, se negó a
reconocer al Elector de Hosso el título de
rey. Tuvo, también, casos de reconocimien-to condicional, como cuando Francia en1745, y España en 1759, reconocieron a Pe-
dro I como emperador de Rusia, a condición
de que el cambio de título no había de afec-
tar las reglas de la precedencia"
(Tratado
de Derecho Internacional Público, t.
3? ed.
1928
p.
235).
Como tratamiento honorífico el papa es
llamado "Su Santidad" o "Muy Santo Pa-
dre"; los emperadores "Su Majestad Impe-
rial" y los Reyes "Su Majestad Real"; los
presidentes de Repúblicas, salvo casos ex-
cepcionales como los de EE. UU. y Suiza que
no exigen para sus gobernantes un trata-
miento solemne, reciben el título de "Exce-
lentísimo Señor". La historia presenta famo-
sos ejemplos de singulares títulos otorgados
a soberanos y jefes de Estado para carac-
terizarlos ante la posteridad añadiendo a sus
nombres el adjetivo lisonjero que revela el
rasgo sobresaliente de su personalidad y de
su acción gubernativa. Un escritor recuerdaque "algunos soberanos tuvieron títulos re-
ligiosos: el de España, "Su Majestad Cató-
lica"; el de Inglaterra "Defensor de la Fe";
el de Portugal, "Su Majestad Fidelísima";
el de Hungría, "Rey Apostólico"; el de Fran-
cia, "Muy Cristiano". Otros Jefes de Estado
ostentaron títulos militares: Bolívar se lla-
mó "Libertador"; San Martín "Protector";
Melgarejo "Gran Ciudadano". En su corres-
pondencia, los emperadores y reyes se dan
trato de "Hermanos"; los presidentes,
"Grande Amigo". Algunos jefes de Estado
tuvieron o tienen títulos especiales: "Czar"
de Rusia, "Kaiser" de Alemania, "Mikado"
del Japón, "Schah" de Persia" (D. Antoko-
letz, ob. cit. p. 236). Hoy predomina una per-
fecta paridad de categoría entre los jefesde Estados soberanos. Cierto es que las fa-
milias remantes católicas y los países cris-
tianos le dan al papa un privilegiado lugar
y le rinden excepcionales homenajes, pero
tal distinción no nace de su condición de
 jefe de Estado, sino tíe su excelsa jerarquía
espiritual. No se trata, pues de un jefe de
Estado, sino del vicario de Cristo.
El monarca o jefe de Estado que realiza
un viaje oficial por territorio extranjero,
tiene derecho al tratamiento adecuado. La
costumbre internacional le reconoce y hace
extensivo el reconocimiento a las personasde su familia y de su séquito, ciertas pre-
rrogativas o inmunidades de miembro de
misión diplomática. Dichos privilegios com-
prenden inmunidades tales como la inviola-
bilidad de, la persona y el domicilio, la exen-
ción de los impuestos locales y la exención
de la jurisdicción criminal y civil del país.
En los siglos xvn y xvni los privilegios del
soberano se fundaban en la ficción de la
extraterritorialidad. Juzgábase que el sobe-
rano estaba en su propio país. La doctrina
moderna repudia semejante ficción por con-siderarla tan falsa como inútil y exagerada.
Lo cierto es que un jefe de Estado es re-
presentante directo de su patria y paradig-
ma de la soberanía de su pueblo. Apartando
consideraciones de cortesía y recíproca uti-lidad, debemos admitir que ningún Estado
extranjero puede aplicarle sus leyes ni so-
meterlo a sus tribunales.
Par in parem, non
habet imperium.
El principio no es absoluto. Lo es en ma-
teria penal y cubre la persona del jefe del
Estado, sus documentos, su carruaje, la ca-
sa en que habita, y lo exime del pago de
Search History:
Searching...
Result 00 of 00
00 results for result for
  • p.
  • More From This User

    Notes
    Load more