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Peter Funke 
Oscar Wilde
(1969)
 
 PETER FUNKE Oscar Wilde
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El problema
La escala de juicios sobre Oscar Wilde oscila entre el panerico sencomiástico y el desprecio s profundo. Robert Sherard, amigo de laprimera época y su primer biógrafo dijo de él en 1902 que era «el hombremás puro de palabra y obra» que había conocido, y eso que el juez Wills, sieteaños antes, había condenado a Wilde por «constituir el centro del círculo de unvicio muy difundido y de lo s abominable»; Stuart Mason, seudónimo deChristopher Sclater Millard, primer biblgrafo de Wilde, le tea por el«escritor más brillante del siglo XIX»; George Saintsbury, ilustre historiadoringlés de la literatura, no le mencio, en cambio, en ninguna de las doshistorias de la literatura del siglo XIX que publicó en 1907 y 1908. La verdades que Wilde le había atacado duramente veinte años antes a causa de su malestilo, pero Saintsbury reflejaba además la postura de su época.En Inglaterra el nombre de Wilde deió de mencionarse después de 1895, añode su condena y de su exilio social, y aún largo tiempo después de su muerte,sobrevenida en 1900, siguió siendo tabú. Además, la condena de la personahabía alcanzado a la obra, a pesar de los prudentes pasos dados por susamigos (algunos de ellos acérrimos enemigos entre ) para despertarcompasión, interés y reconocimiento por quien antes de su proscripción socialhabía alcanzado los triunfos mundanos más brillantes.Lo que no lograron sus amigos en Inglaterra lo consiguió en Alemania todauna serie de críticos, traductores, directores artísticos de teatro y editores.Mientras en su país se haa el silencio en torno al nombre de Wilde, enAlemania se iniciaba una fase de idolatría. Entre 1900 y 1934 sus obras seeditaron 250 veces, es decir, más que las de cualquier otro autor británico.(Dickens mismo sólo alcanzó 220 ediciones.) A ello hay que añadir los éxitosde las obras representadas que, a pesar de la competencia de dramaturgoscomo Hauptmann, Sudermann e Ibsen, solamente en la temporada de1903-1904 se pusieron 248 veces en escena, de las cuales a
Salomé
lecorrespondieron 111. Hasta después de la primera guerra mundial noempiezan a destacarse las voces discrepantes; así, en 1919 H. Mutschmann,dirigiéndose a la crítica alemana, dice que ha llegado el momento de valorar aWilde por lo que es de verdad: por un
causeur 
, capaz de deslumbrar a lossuperficiales, que, en el fondo, espodrido hasta el tuétano. Sin embargo,tanto H. G. Wells como G. B. Shaw habían incluido el nombre de Wilde en unalista de «inmortales» británicos en la época en que ya se encontraba en lacárcel y su nombre se silenciaba en la sociedad inglesa.¿Quién era, pues, ese Oscar Wilde que en sus cartas se comparaba con Apolo,Nerón, Don Quijote e incluso con San Francisco de Asís, ese
dulce pecador deInglaterra de simplicidad infantil, ese tristemente célebre San Oscar de Oxford 
que fue tan conocido como rey de la vida que como maestro de la lengua ypontífice del esteticismo, como presidiario y pederasta, poeta y plagiario,
dandy 
y mártir?Un estudio detallado de esos juicios y reacciones tan dispares muestra quefueron provocados por tres factores: su fama social como maestro de laconversacn, su obra literaria y su escándalo. Los tres factores han
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