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PROFESOR, USTED QUE VIAJÓ EN TRANVÍA…
Para conocer hechos de ayer nomás,que no todos vivieron
A mis nietitos Laureano y Bautista Berro Paternosto.A mis nietitas Mariángeles y Guadalupe Galocha Berro A mis alumnos de Lengua Castellana del Instituto Pablo VI.Al Padre Doctor Francisco Avellá Cháfer.A la querida memoria del Pibe Valderrama y de su hermanaPura Concepción Fernández de Valderrama de Petel.1.-
El título de este trabajo
Cuando pienso que ha transcurrido más de la mitad de mi vida y quevoy “doblando la esquina…”, según una persona de mis afectos, el alumnoque, de muy buena onda, me dijo las palabras que dan origen al título deeste artículo, ha de verme ciertamente muy mayor…Quizás él piense que entre su edad y la mía hay un mundo dedistancia… Y claro que tiene razón. Desde mi perspectiva de persona adulta,me sucede algo parecido: la edad que me separa de los jóvenes es sideral.Quiero asentar aquí el gran cariño y el respeto que se ha ido dando de parte de ellos a mi humilde persona. Y también recíprocamente.Fue precisamente en un momento en que estaba dando una clase, y,no sé por qué razón, salió el tema del
“tranvía”.
 Entonces les pregunté a mis alumnos si ellos tenían alguna idea sobrecómo eran los tranvías y les comenté que, por delante del edificio dondeestá nuestro Instituto, esto es por la calle 57, desde 1 hacia 5, pasaba untranvía, el de la línea 13, que iniciaba su recorrido en las avenidas 7 y 520, zona que se conoció durante décadas con el nombre de
“Villa Rivera”.
Les comenté que dicha línea sólo tenía dos coches, uno de ida y unode regreso. Por ello, pasaba aproximadamente cada media hora, que era eltiempo que demoraba para ir y regresar.Entonces, uno de los alumnos me soltó aquello de:
“Profesor, Usted que viajó en tranvía, cuéntenos cómo eran los tranvías”.
Tomé esas palabras como un gesto de estima y les dije que sí, que ibaa contarles algo.Pero por otra parte, hacía tiempo que deseaba escribir sobre hechosque viví durante mi niñez y mi juventud, pero que, por una u otra razón, fui postergando…El año p.pdo. escribí 
“LA EDUCACION QUE HE VIVIDO”.
 
Quienes me conocen dicen que soy muy 
“anecdótico”
y que lesgusta escucharme cuando cuento cosas de otro tiempo (y más recientestambién).Por lo mismo, el título que quería ponerle a mi presente trabajo no erasino el de
“Las cosas del viejo Ángel”,
porque lo que aquí narro sonsimplemente “cosas” un tanto desperdigadas, pero que a alguno podránresultarle interesantes.Sin embargo, adopté el título que ostenta ahora, porque surgió muy espontáneamente, sin intención alguna, de parte de un alumno que quisosaber algo sobre lo cual sólo tenía lejanas mentas.De modo que con todo gusto, hablaré aquí de los tranvías, de loscolectivos, de los trenes, de algunos “personajes” simpáticos y de tantascosas hermosas que conocí y viví.En este caso, escribo para
rememorar 
, porque me gusta, y para
enseñarles a mis jóvenes alumnos
que en los años de pocos teléfonos,en los cuales la ciudad tea escasa iluminacn (nada s que unalamparita en cada esquina), en que la gente se sentaba en verano en lavereda de su casa para disfrutar de la brisa y del silencio en las noches de plenilunio, hace cincuenta y más años, todo tenía su encanto y era grata lavida, a pesar de las carencias que había de tantas cosas.
Mi objetivo es ofrecerles material de lectura.Quisiera que al menos mis alumnos lleguen a ser lectorescomo yo lo fui a su edad.
No había computadoras, por lo tanto tampoco Internet.No se vivía de prisa y se apreciaba lo que se tenía, sin pretender demasiado.Cada casa tenía un jardincito, la quinta, el gallinero, la hamaca, lafiambrera, el fuentón… A todo esto me referiré luego más ampliamente, de acuerdo con el proyecto que fui trazando para estas páginas.No existían los supermercados ni las proveedurías, como se llamanahora, pero haa
almacenes grandes,
donde
a los clientes deconfianza se les vendía “con libreta”
(se les “fiaba”) y el gasto se pagaba a fin de mes, sin intereses. A quien cumplía con puntualidad, elalmacenero le daba la
“yapa”,
que consistía en regalarle algún producto delos que se vendían en el local. El dulce de membrillo en cajoncitos demadera o la lata de duraznos al natural resultaban ser por lo común losobsequios de la yapa. Así se reafirmaba la confianza entre almacenero y cliente y se acrecía la amistad.,Cito algunas almacenes famosas, en las cuales era tan grande elsurtido de mercaderías que tenían, que no exagero al decir que había de
 
todo… Un señor español, de apellido Villegas, poseía un enorme salón en 1 y 529; el señor Otonelo tenía su almacén en 528 y 117; estaba la de don José Junqueira en 35 entre 118 y 119; el de la Rubia en diagonal 74 y 117(muchas chicas del barrio estaban enamoradas del hijo de la almacenera); lade García frente a la anterior, rambla de por medio, en la esquina de la panadería de Angeletti, donde, si el pan era bueno, ni que hablar de losmerengues, que tenían fama de exquisitos en toda la ciudad.Cada barrio contaba con su gran almacén. Así, en Los Hornos, estaba
Vismara,
sobre la avenida 60 y ciento treinta y pico…, con el tranvía que pasaba por la puerta, en los os en que esta avenida resultaba unconstante ir y venir de gente lo mismo que la avenida 137.Pero un alman, de las de tipo de abarrotes, fue la del griegoGiourgas en 524 entre 117 y 118. Aquí, sobre todo en invierno, los ancianosdel barrio se reunían a conversar a la caída del sol y tomaban una copita decaña que les obsequiaba el dueño.Hablaban de todos los temas: política, economía, historia, asuntos delbarrio…De aquello queda en algunos sólo un recuerdo.
2.- TRANVIAS Y COLECTIVOS
Había comentado, con una dilecta ex-alumna, mi proyecto de escribir sobre este asunto. En líneas generales, le manifesté cómo pretendía quefuera la estructura de mi “obrita”.Me alentó mucho y me pidió que la compusiera, porque de segurosería interesante, en especial para los niños y los jóvenes, como un modo debrindarles material de lectura, fácil y accesible.
Quien no viajó en tranvía en esta Ciudad se perdió algo bueno.
El hacerlo era, sin exagerar, como
una aventura placentera.
El tranvía era un vehículo pesado, ruidoso, vetusto… Pero al mismotiempo, también limpio, airead, lumínico y espacioso.La ciudad contaba con un buen número de ellos, en los cuales seviajaba cómodamente.Ya dijimos que la gente no tenía apuro, en aquellas calendas.Lo conducía el
“motorman”
, que, en la mayoría de las veces, eraitaliano.El
guarda
cobraba los boletos y estaba atento a la subida y a labajada de los pasajeros, para avisarle al conductor, que detuviera la marchao prosiguiera.

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