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Antón Fernández de Rota - Reflexiones post-anarquistas Revolución, diferencia y deseo

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Ensayo sobre post-anarquismo.
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Reflexiones post-anarquistas. Revolución, diferencia y deseo.(Antón Fernández de Rota)
Antón Fernández de Rota,Enero de 2007.antonfdr[arroba]yahoo.esPublicado originalmente en www.nodo50.org/transversal.
1. Más allá del obrerismo.
Dentro del anarquismo existieron y existen muy diversas tendencias, muchas veces incluso irreconciliables. Tal es el caso delliquidador neo-primitivismo (Zerzan, et al) frente al progresismo reformador de Chomsky o el recientemente fallecido Bookchin, porcitar un par de ejemplos. Hay también vertientes radicalmente individualistas, inspiradas por el excéntrico Max Stirner, que nunca serefirió a sí mismo como anarquista. Pero, sin duda, si una fue la mayoritaria esa fue el anarco-sindicalismo, una corriente socialista(libertaria) fundada sobre la (crítica obrera) de la Economía Política, crítica aunque dentro de ellaEl anarcosindicalismo, hoy minoritario en algunos países (EEUU), mayoritario en otros (España), sigue siendo una fracción muyimportante del movimiento. No cabe duda de que el anarcosindicalismo actual, por mucho que siga refiriéndose al 1936 y que esteacontecimiento continúe siendo central en la constitución de su identidad, ya no es lo que fue. Muchas cosas han mutado en sucomposición con el devenir de los tiempos y el cambio en las subjetividades. Su discurso obrerista es casi el de siempre, suburocratismo similar, pero la subjetividad de los sindicatos del siglo XXI ha cambiado. Ya no es necesario un grupo como fue en sutiempo Mujeres Libres para combatir el machismo interno, tampoco sería hoy necesario crear un colectivo gay con las mismasintenciones anti-homófobas. De igual modo, la crítica de la retórica del progreso, cínica o miope, tiene hoy el terreno allanado enmuchas federaciones locales y el ecologismo rezumba en casi todas ellas, mucho más que en sus tiempos gloriosos. Sin embargo, laestrategia sindical, el fin de esa estrategia, la forma de entender la revolución, el discurso economicista, el obrerismo y su formaburocrática siguen siendo hoy sus santos y señas, marcas de fábrica que poco ha sido lo que han cambiado. Poco o más bien nada hamutado la percepción que se tiene del papel que debería jugar el sindicato en el proceso revolucionario. La idea sigue siendo crearun sindicato de masas que progresivamente se vaya haciendo con el poder en el reino económico, hasta que consiga derribar elestado. Sobra decir, y así nos lo hicieron saber los planificadores de la sociedad futura en vísperas de la revolución (véase elCongreso de la CNT de 1936), que en la vieja utopía anarcosindical las estructuras del sindicato con todo su entramado adyacente(ateneos, cooperativas de consumo, etc.) deberían ser quienes llevasen las nuevas riendas sociales, o al menos así debería ser en lasituación ideal, esto es, si en el momento revolucionario el sindicato es omnipotente y no necesita pactar con otras fraccionesrevolucionarias.Lejos de quienes prematuramente quieren poner fin al sindicalismo antagonista pronosticándole una prematura muerte, creo que éstetiene todavía un papel que jugar. No será el rol comentado, qué duda cabe, pero puede proporcionar al antagonismo un elementointeresante si consigue superar ciertos lastres del pasado. Ante él, en este periodo post-obrerista de luchas, se plantea la problemáticadel continuismo o la refundación, dos polos que no son otros sino los de la musealización o su salto hacia delante, su aprehensión delas pulsaciones de estos tiempos, y que requeriría su metamorfosis y renacimiento como biosindicalismo.No sería menos lo que habría que criticar a la otra fracción del anarquismo actual, el habitualmente denominado “anarquismoautónomo”. En él, en los últimos años, se ha vivido una frenética experimentación con las ideas, si bien con una seriedad yprofundidad más que precaria. Además, las nuevas ideas e identidades políticas, si bien han contribuido a hacer de él un devenirirrecuperable por las instancias de la dominación, también han desembocado en políticas autodestructivas (tal sería el caso delinsurreccionalismo), posicionamientos identitarios aislacionistas o guettistas que no conllevan más que un desempoderamiento delcuerpo anarco-autónomo. En este artículo se defenderá que, si el anarquismo tiene hoy alguna utilidad de cara a transformar elmundo de una manera revolucionaria, para hacerlo ha de reinventarse completamente, aunque esto pase por dejar de ser lo que fue ylo que es. 
 
2. Mundos post-89, galaxias post-68.
Una serie de golpes y contragolpes modelan la figura de nuestro periodo post-obrerista. Distintos martillazos golpearon contra labandera roja por “un rostro más humano” en Hungría 1956 y en Praga 1968. Definitivamente, la bandera fue derribada en 1989 y1991. En los países capitalistas hubo un momento común a muchos de ellos que fue especialmente agresivo y radical a finales de losaños sesenta.La década de los 1960 no fue tanto el “nacimiento de una contracultura” como la generalización y la refundación creativa de otraque por debajo latía y se había configurado en los grupos de artistas (surrealistas, dadá, etc.), estudiantes, bohemios, ciertosintelectuales y músicos al vapor de las luchas sociales y el paulatino minado del puritanismo y ascetismo. El 1968 marcasimbólicamente la eclosión multitudinaria de este flujo contracultural, singular en cada territorio: casi insurreccional en EEUU desdela primavera del 1964, posiblemente la localización antagonista más radical culturalmente hablando junto con Holanda;especialmente conflictivos también los alemanes, franceses y sobre todo los italianos, cuya rebelión se prolongaría hasta el final delos setenta. Común a todas estas emergencias semi-globales (desde Brasil a Japón) fue el rechazo ampliamente extendido delautoritarismo, las burocracias, el vanguardismo marxista y su dictadura del proletariado. Los insurgentes, de forma generalizada,apostaron por ideas y prácticas que los acercaban mucho a las postuladas por las corrientes anarquistas: autogestión, asamblearismo,políticas no-representativas y performativas, democracia directa, lucha extraparlamentaria.Las organizaciones clásicas del periodo obrerista, el sindicato de masas y el partido obrero, entraron en una profunda crisis con laproliferación de estos flujos de subjetividad, deseos e ideas. Una crisis de la que ya no se recuperarían. En muchos lugares la crisisya era manifiesta tiempo antes. El horror de los crímenes estalinistas se hicieron definitivamente públicos con la llegada al poder deKruschev. Desde principios de los sesenta el tedio que causaban las burocracias político-sindicales era ya patente. En muchos paíseslos sindicatos y partidos habían reformado sus políticas y se habían acabado por entregar en los brazos de las formaciones estatalescapitalistas. 1968 fue el momento en que finalmente tales organizaciones se mostraron no ya como un impedimento sino comoenemigos abiertos de lo revolucionario. Tanto en EEUU como en Francia como en Italia (en 1968 y 1977) ejercieron de apagafuegosde las revueltas y como formaciones reaccionarias frente la revolución cultural en curso. Tampoco el obrerismo que permanecíaantagonista supo, ni quiso, ni pudo actualizarse y recombinarse con esta drástica mutación de la subjetividad antagonista, es decir,con sus nuevas formas culturales, políticas y deseantes. Unos y otros no se entendían; no obstante la contracultura y la nuevaizquierda ponían en entredicho la primacía de lo económico, su determinación económica de lo político-cultural. Los nuevosrebeldes ponían en tela de juicio la idea del proletariado como el (único) agente revolucionario. De hecho, y contra todas lasprevisiones obreristas, la revolución no era llevado a cabo por la clase obrera en tanto clase, tampoco ocurría en el momento demáxima tensión de las contradicciones económicas sino en plena bonanza, en la “edad dorada” del capitalismo: sin darse las“condiciones objetivas”, subjetivamente los revolucionarios construían sus propias condiciones. Era el deseo con sus líneas de fugay no las “contradicciones económicas” el que las producía.Estas fugas contraculturales del deseo se producían tanto dentro de los sectores politizados como en los “apolíticos”. Los sindicatos,los partidos, incluso una parte del movimiento estudiantil intentaron “politizar” esta subversión y lo intentaron de la forma quetradicionalmente se hacía: mediante la inmersión en la clase obrera, mediante la creación de una identidad de clase trabajadora,“concienciándolos” dentro de la Economía Política. Pero los nuevos rebeldes se escapaban de estas codificaciones económicas: sulucha no era por otra economía sino por cambiar la vida entera, por una afectividad, por una sexualidad, por una convivialidad, porun estilo de vida y unos principios distintos, muchas veces incompatibles o contrarios a los valores económicos. Se posicionaronradicalmente en contra de la ética del trabajo y en contra del principio instrumental de la economía y defendieron la sustitución detodo esto por una creatividad “artística” (“la imaginación al poder”), una
 poietica
no “productivista”. De ahí el enorme éxodo de los jóvenes hacia fuera de las fábricas, lugar de referencia central para los partidos y sindicatos de clase.Con el rechazo al trabajo fordista y fabril los jóvenes inventaban formas de vida y trabajo flexibles e intermitentes, alternando mesesde trabajo y meses de fiesta, viaje y experiencias personales y comunitarias. Este éxodo del trabajo en la sociedad de (casi) plenoempleo fue un rechazo a los viejos cánones fordistas en los que se inscribían tanto los burgueses como los obreros (y obreristas)socialistas y anarquistas. El rechazo al trabajo fue también un rechazo a cualquier forma de disciplina y rigidez. En oposición altrabajo o al matrimonio de por vida se practicaban formas flexibles y experimentales con las que combatir tales instituciones.“Cambiar la vida, cambiar la sociedad” era el lema. Las revueltas contraculturales de 1967-68-69 ó 1977 fueron rebeliones contra lasociedad disciplinaria, contra el panopticismo, sus exclusiones y sus normalizaciones: contra el matrimonio, los psiquiátricos, laescuela y la universidad, la fábrica, la familia, etc. Todas estas instituciones fueron cuestionadas a la vez que se hacía lo propio con
 
las dos formas disciplinares tradicionales
del
e inmanentes
al
antagonismo: el partido y el sindicato.Estas fracturas históricas significaron el fin del proletariado en tanto “sujeto revolucionario”; marcaron el fin de la clase obrera entanto patrón-oro de las revueltas y las contradicciones entre la dominación y sus antagonistas. Los sesenta significaron también laaparición transversal de nuevos frentes de lucha que aún hoy permanecen vivos y abiertos, susceptibles de derivas revolucionarias:el feminismo, el anti-racismo, el pacifismo y el antimilitarismo, los jóvenes y estudiantes que reclaman la palabra, los artistasrebeldes, los neo-utopistas (en okupas urbanas o rurales), y más tarde el ecologismo, los indígenas, el movimiento gay, elpostfeminista y el
queer 
. Todo esto forma collage con la subjetivización obrera, que ya no es sino un componente más entre muchossin la vieja centralidad económica que subsumía bajo su monopolio el resto de las causas. Todas ellas a partir de ahora no podránmás que aspirar a estar transversalmente federadas sin primacía de una de ellas ni subordinación de las restantes.En el estado español la revuelta contracultural no tuvo la misma repercusión que en otras partes. En la llamada Transición, aunque seincorporó elementos, gestos, estilos y deseos contraculturales, aunque de alguna manera impregnó todo, ésta fue minoritaria o depoca intensidad. Las luchas que se iniciaron en los sesenta, hasta el final de los setenta seguían teniendo una forma mayoritariamenteobrerista. Incluso la lucha estudiantil, que indudablemente incorporaba elementos muy distintos, lo era hasta cierto punto, muchomás de lo que lo había sido la lucha de los estudiantes franceses o alemanes del 68. También la centralidad subjetiva del movimientoasambleario de la segunda mitad de los setenta era clásicamente obrerista, y en buena medida por esto fue fácilmente recuperable porlos partidos y sindicatos que rápidamente se vendieron, como sus homónimos habían hecho en el resto de los países. En el inicio delos ochenta ya estaba más que claro que esas organizaciones no servían para nada; se habían pasado al otro bando y su obrerismo yano era más que un
simulacro
. Los sindicatos que permanecían antagonistas y autónomos rápidamente perdieron el atractivo que porun breve tiempo (resucitado fugazmente el fantasma de la guerra civil) tuvieron tras la muerte de Franco. Más que el flujoinminentemente antagonista y creativo de la contracultura lo que llegó fue su remasticación capitalista mediante el espectáculo y elconsumo, incluso esto fue así con la “movida” (madrileña y televisiva). De todas maneras, el nuevo ciclo de luchas post-obrerista sematerializó en los años ochenta. Los partidos revolucionarios desaparecieron, los sindicatos rebeldes se desinflaron y la innovaciónmovimentística provino continuamente del lado de las políticas autónomas post-obreristas: el movimiento contra la OTAN y elantinuclear hasta el 1986, la insumisión al ejército (hasta el 2000), las marchas contra el paro y la pobreza en los noventa, laokupación desde mediados de los ochenta hasta hoy, el movimiento de los centros sociales que los entienden como nuevaterritorialidad política, los movimientos “anti”-globalización, las multitudinarias manifestaciones contra la guerra, etc.
3. La contrarrevolución.
La polinización de los antagonismos contraculturales y anticoloniales sobre el campo global provocó a nivel mundial lo que los“científicos sociales” llamaron en los setenta “la crisis de gobernabilidad”, o como la llamaría alarmado Samuel Huntington en el1973 en un informe para la Comisión Trilateral: “el exceso de democracia”. La respuesta fue un movimiento de huída, recuperacióny ofensiva hacia el neoliberalismo y el capitalismo cognitivo, en el cual cobraba especial importancia el trabajo inmaterial y losflujos desterritorializados de capital financiero global. Al mismo tiempo perdían poder el estado y las organizaciones obreras.Para aplastar el levantamiento antagonista se recurrió a la represión física (especialmente en el 1977 italiano), al aumento salarial ytambién a la movilización de la población reaccionaria (como hizo De Gaulle en Francia). Se recurrió a la cultura del miedoreconstituyendo un deseo cancerígeno (preso del pánico) por medio de la subjetivización a través de la “amenaza comunista”(especialmente en EEUU, pero no sólo allí) y también mediante la subjetivización en la estética y los mundos producidos por elespectáculo.
 De la sociedad disciplinaria se pasó a la sociedad de control.
 A pesar de la represión y los modos de subjetivización, si no fuese por toda esa enorme masa de ciudadanos a los que les irritaba lacontracultura y la izquierda, el movimiento no se abría podido parar. Pero una vez movilizada la población reactiva, tras ladesarticulación de los movimientos los gobiernos y las empresas se encontraron con otro problema nada despreciable, por lo demásimposible de eludir: la radical transformación de la subjetividad, cultural y deseante, no afectaba solamente a los sectoresinsurgentes sino a capas sociales mucho más amplias. El cuestionamiento de las viejas instituciones disciplinarias y normalizadorasera algo mucho más general: desde la fábrica a la sexualidad, desde la familia a la escuela y el estado. La respuesta a estasubjetividad suave, flexible, creativa, anti-laborista, hedonista e indisciplinada fue el neoliberalismo y el capitalismo cognitivo. Fueuna innovación reactiva o más bien una rufianización, como prefiere llamarla Suely Rolnik. Esta rufianización captaba einstrumentalizaba lo que inventaron las subjetividades en los sesenta y setenta, innovaciones que, como decíamos, ya venían de

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