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Cueva Charles Brewer

Cueva Charles Brewer

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Published by: Josep Manuel Victòria on Oct 22, 2010
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La formación de los tepuyes por arenas de otro continenteCAPITULO XI.
Espeleotemas y Bioespeleotemas
El grupo de expedicionarios nos enfrentábamos a un dilema porque tendríamos que dejar constanciasobre la existencia de algo que hasta ese momento había permanecido ajeno al conocimientodel hombre, pero no estábamos seguros de cómo lograr que el resto del mundo, aquellos que seencontraban del lado afuera de la Cueva, comprendiera que habíamos encontrado un organismo queera diferente a todo cuanto se conocía.
 
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CAPITULO VIII.
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La formación de los tepuyes por arenas de otro continente
Había algo extraño, pero a la vez común entrenosotros y aquellas estructuras hieráticas quenos hicieron sentir de inmediato un respeto re- verencial que nos sobrecogía de manera tal quenos resultaría difícil explicarlo coherentementefuera de aquel ambiente oscuro. Algo así comouna mezcla de gozo y temor, parecido al queocurre en los templos cuando los creyentes sedisponen a murmurar rezos arcanos; porque apesar del silencio total supimos de inmediatoque estábamos frente a unos entes vivos y de li-naje ignoto, sobre los cuales habría que investi-gar la manera de alimentarse, de multiplicarse,y cual sería su edad.Pero aquello que observamos durante nuestraprimera exploración pudo haber continua-do creciendo allí como hasta ahora y duran-te otros centenares de miles de años ajeno alconocimiento cientíco, si no nos hubiésemosarriesgado a presentarlo al mundo y escapadode ese compromiso después de haber experi-mentado cierta “emoción”. Pero aquello queobservamos nos resultó desde el comienzo tanparticular y fuera de lugar, que cuando nuestrocompañero de expedición Federico Mayoralse adelantó pocos metros en la oscuridad pararegresar con los ojos colmados de gestos y de-cirnos: “¡… un poco mas adelante me parecióhaber visto unos corales marinos creciendo so-bre el piso!”, nos apresuramos hasta el lugar desu “noticia marina”, para sentarnos a contem-plar aquellos seres estatuarios tan aislados denuestra realidad terrena. Pocos días después denuestro regreso a la vida citadina y sin haberpodido evaluar completamente la experienciade aquel encuentro, una periodista documen-taría el desconcierto de alguno de los expedi-cionarios publicando: “¡ se encontraron unosarbolitos marcianos!”
Buscando palabras.
Repuestos de aquella sorpresa inicial y ante la necesidad de informar sobre loque habíamos encontrado pudimos ver que las formas pétreas que de-bíamos describir, eran muy diferentes a las estructuras minerales secundariaso espeleotemas (“spelaion“ = cueva, “thema” = depósito) como son las esta-lactitas y estalagmitas que se han encontrado presentes en todas las cavernascalcáreas del mundo, originadas por la precipitación y la acrecencia de salesminerales lapidarias que alcanzan el interior de esas cuevas al ser transporta-das por el agua que se ltra entre las rocas solubles.Pero la caverna que exploramos no correspondía a un karst clásico como losdesarrollados en roca calcáreas solubles (descrito así inicialmente por encon-trarse en una región de la antigua Yugoslavia), por lo que tendríamos queencontrar una explicación sobre el origen de aquellas estructuras pétreas quesurgían del suelo y las paredes con formas que nos recordaron grandes hon-gos redondeados, así como astas de ciervos que mostraban ramicacionescon una geometría particular y que, al igual que los “Champignons“, se agru-paban como formando rebaños, retoños o familias, pero sin que encontrára-mos gotas de agua responsables de su crecimiento. En la próxima expediciónregresamos equipados con unas linternas lo sucientemente potentes comopara iluminar el techo y así investigar si desde alguna rendija cenital hubieseel sitio desde donde se desprenderían ciertas gotas imposibles que, al caer através de tan vasto espacio, habrían de estallar de una manera tan armónica,como para distribuir con gran precisión otra generación de “gotas” (¡…estofue idea de uno de los expedicionarios..!) que, sin ser alterado su patrón dedispersión por las corrientes de aire que hay en la caverna; habrían de ate-rrizar sobre el ápice de cada una las puntas que formaban los “Muñecos“ las otras estructuras pétreas dendríticas muy parecidas por cierto, a la formaque tienen los corales de las especies
 Acropora cervicornis
 A.
 
Palmata
queconocíamos bien debido a nuestras incursiones submarinas. Lo que explica larazón por la cual el experimentado buzo Federico Mayoral decidió emplear lapalabra “corales” para explicarnos lo que había visto.
Mesa de Muñekos.Fotografía de R. Bouda
 
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CAPITULO VIII.
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La formación de los tepuyes por arenas de otro continente
Desde una playa muy antigua
 Nos encontrábamos “des-cubriendo” (quitándole el velo) algo queestuvo oculto a los hombres durante su existencia sobre la tierra ytodas las hipótesis sobre la génesis de esos posibles “entes” tendríaque ser cuidadosamente examinada, de manera de ir desechando luegolo que ese ordenador orgánico que llevamos “instalado” en nuestrocerebro considerara improbable.Y cavilábamos:¿Pero, es que entonces pudo haber ocurrido en este lugar remoto yarcano alguna convergencia evolutiva de alguna estructura similar a los estromatolitos marinos del período precámbrico que, gracias ala uctuación de la cota del nivel del mar pudieran haber quedadoaislados y obligados a evolucionar en la oscuridad eterna de estasenormes cavernas?La roca sedimentaria rosada que rodea estas cavernas tepuyanas seformó a nivel del mar y como si leyéramos un documento sus paredesmostraban cómo se dispusieron horizontalmente las delgadas capas dearena que fueron arrastradas por corrientes de agua aproximadamentehace 1500 millones de años, apilándolas unas sobre otras y mostrando,ahora, como si fueran “tocinetas” dentro de un emparedado, lasondulaciones o rizaduras que fueron moldeadas sobre su supercie por unas suaves corrientes de agua que se movían por el fondo de unaslagunas de poca profundidad.Igualmente pudimos apreciar como sobre esas paredes cavernariashabía huellas mas amplias de otras estrías con mayor ondulación queevidenciaban que allí también quedaron detenidas en el tiempo lasdunas que eran empujadas por el viento, mostrándose más empinadas
 
Anthodit, Fotografía de J. Mesa

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