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El canto dE las Marzas, la últiMa nochE dE fEbrEro, parEcE sEr dE origEn roMano, sEcristianizó dEspués Evolucionando hasta quEdar En El ritual actual quE hoy conocE-Mos dE Entonar cancionEs tradicionalEs por grupos dE hoMbrEs, con finEs jubilosos.
eduardo LoSTaL
( fotógrafo)
Un cántabroen tierra caníbal
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culturas de otros tiempos. Una afición que iba a ir amás con el paso de los años. John era un joven americano, de unos treinta y pico,informático de profesión. Se había tomado un año sa-bático para realizar el viaje de sus sueños, y en esesueño coincidimos con él durante una travesía por elrío Sepik.
de CaMINoPor La JuNGLa
Todo lo que estaba conociendo y viviendo en esa pri-mera visita a Papúa me resultaba fascinante; una cul-tura ancestral, nativos que se pintaban con llamati- vos colores y adornaban sus penachos con plumas deaves del paraíso… Todo, tal y como yo había visuali-zado de pequeño en mis viejos álbumes de cromos de“vida y color”.Sin embargo, aquella primera expe-riencia comenzó a saberme a poco trashablar con John. Él me descubrió unmundo mucho más recóndito y primi-tivo, donde aún podías experimentarla emoción de un primer contacto contribus casi paleolíticas. Por primera vez escuché aquel nombre: Irian Jaya,que significa “tierra caliente victorio-sa”. El lugar más remoto y salvaje dela Tierra. John estaba a punto de adentrarse enIrian Jaya. Con la sola compañía de unguía y unos porteadores nativos, se dis-ponía a internarse en las tupidas selvasde Papúa en busca de sus inquietantese imprevisibles moradores.En ese momento, la decisión y el arrojo de aquelamericano me llamó la atención.Nada me hacia presagiar que catorce años más tar-de, yo haría exactamente lo mismo.Con frecuencia me he preguntado de donde provienemi afición por los viajes a países remotos; a zonas delplaneta que aún te ofrecen un cierto grado de aventu-ra y te hacen sentir más libre y más vivo.De otra parte está mi faceta artística. Desde pequeñomantuve una estrecha relación con el mundo de la ima-gen, hasta llegar al área de la fotografía, íntimamenteligada al universo de los viajes y a un tan inesperadocomo creciente interés por la etnografía, y por reflejarculturas y formas de existencia humana que, aunque enmuchas ocasiones parecen trasladarte a épocas pasa-das, no por ello - y esto es lo mas sorprendente de todo
La cosa parecía seria, pero los ya ha-bituales aspavientos de los Korowais,cuando debatían con ardor, no meprovocaron ninguna inquietud. De pron-to, todo cambió. Justo antes de retirarse,el gesto del jefe, se me antojó mucho másamenazante que en veces anteriores, y lacara de Thony denotaba preocupación.Entonces, Boas se dirigió hacia el resto delos porteadores y, en pocos minutos, to-dos estaban armados con arcos y flechasa nuestro alrededor.Le pregunte a Thony si pasaba algo.“Tranquilo”- me contestó –La respuesta no me convenció…“Entonces, ¿por qué cogen los portea-dores sus arcos y flechas?” – Insistí -.“El jefe del poblado nos pide demasiadopor pernoctar aquí. Me he negado y nos ha amenaza-do. Dice que piensa volver con más guerreros” -meexplicó Thony, con gesto un tanto desencajado-.“Volver, ¿a que?” - pregunté yo -.Esta vez, Thony no se anduvo por las ramas : “ haamenazado con matarnos”.La primera vez que oí hablar de Irian Jaya fue en1991.La isla perdida; junglas impenetrables, tribus caní-bales que seguían ancladas en la edad de piedra. Unmundo tan misterioso y peligroso como enormemen-te atractivo para mí. Yo ya me encontraba en la isla de Papua, en la parteoriental, la independiente, en compañía de mi ex-mujerPatricia. Eran mis primeros escarceos en el área de lafotografía étnica, una de mis primeras incursiones en
 
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Desde el interior de la tienda de campaña
 
escuche gritos. Ya estaba acostumbrado a que,
entre ellos, se comunicaran de forma un tanto exagerada,
así que, en un principio, no di mayor importancia a las voces
que provenían del exterior. Sin embargo, el griterío se hizo cada
 vez más intenso y comencé a percibir cierto grado de agresividad en
las entonaciones, por lo que salí de la tienda a comprobar qué pasaba. Claramente,
Thony estaba enfrascado en una fuerte discusión con el jefe del poblado.
-, dejan de ser tan contemporáneas como loes la sociedad que conocemos y a cuyos va-lores, virtudes y defectos, la mayoría de no-sotros pertenecemos…Con el tiempo creo haber encontrado larespuesta a esta pregunta.Mi abuelo materno ha sido probablemen-te uno de los miembros más desconocidos demi familia. El hecho de que fuera mexicano yque viviera en aquel país, unido a su prema-tura muerte - cuando yo era todavía un niño-, hizo que mi trato con él fuera mínimo yapenas supiera de su vida nada, más allá delsalvoconducto, firmado de puño y letra por elmismísimo Pancho Villa, que mi madre teníaenmarcado en casa, y que estaba a nombrede mi abuelo Manolo.No hace mucho tiempo, mi madre me mos-tró unas viejas películas en 16 milímetros,en las que se veía a mi abuelo durante variossafaris a África, que había realizado a media-dos del siglo XX.Rodeado de nativos semidesnudos, em-puñando arcos y flechas, mi abuelo se intro-ducía en las entrañas de un enorme elefan-te abatido.
de CaMINoPor La JuNGLa
Las vestimentas, el atrezzo, el escenario, yel sabor del blanco y negro, me hacía pensarque, en cualquier momento, un grito atrona-ría en la selva y aparecería Tarzán, descol-gándose con lianas, tal y como tantas veceshabía visto en el cine.Más tarde encontré distintos recortes de laprensa de San Luis Potosí, en México, que na-rraba las peripecias africanas de mi antepasa-do durante una de sus expediciones. Junto a esos recortes, había otros que ha-blaban de una faceta artística y de varias ex-posiciones de pintura que D. Manuel Piñerohabía protagonizado o producido.Me vi reflejado en todo aquello. Al final, el miembro más desconocido demi familia iba a convertirse, por obra y gra-cia de los genes, en el que más me había in-fluenciado en una de las facetas más pinto-rescas de mi vida.Por supuesto, desde muy pequeño seguí conpasión las aventuras y peripecias de los másgrandes viajeros y exploradores de la historia. Y sobre todos ellos: el reportero Tintín.Fue a raíz del safari que realicé a Kenia yTanzania, en 1990, cuando comencé a sentirmi inclinación por el descubrimiento de mun-dos y experiencias nuevas y excitantes.Los 27 días que pasé acampado en la saba-na africana, en medio de la naturaleza máspura y salvaje, aquella intensa sensación delibertad, me marcaron como viajero.Un año después, viajé por primera vez ala isla de Papúa, a la parte oriental, conoci-da como Papúa Nueva Guinea, y que, a dife-rencia de la parte occidental, que pertenecea Indonesia, es independiente.En Papúa tuve mi primer contacto con las ances-trales culturas de las tribus de la zona: los Huli, los Arapesh…Mi interés por la etnografía, y por la fotografía, en-marcada en esa área acababa de nacer.Como ya dije antes, fue allí donde conocí a John ydonde tuve por primera vez conocimiento de la exis-tencia de Irian Jaya y de las tribus que se escondían,ajenas al resto del mundo, en sus tupidas, y casi inac-cesibles junglas.Todo aquello me resultaba apasionante, enorme-mente atractivo, pero entonces, la posibilidad de em-barcarme en una expedición al interior de las selvasde Irían Jaya se me antojaba un reto excesivamentepeligroso, fuera de mis posibilidades. Sin embargo, laidea nunca se me iría de la cabeza.Durante catorce años, me fui curtiendo como viajero y como fotógrafo, y mi capacidad para adentrarme enzonas remotas y adaptarme a sus exigencias de todotipo fue a más.En agosto de 2004, recién regresado de Guatemala,tomé la decisión: el próximo verano afrontaría el reto,me adentraría en lo más profundo de Papúa occidental, viajaría a Irian Jaya.Son muchas las tribus que habitan Papúa Occiden-tal. Los más populares son los Dani que se asientanen el valle de Baliem, la zona mas accesible y conoci-da por los escasos treckers y viajeros que se decidena visitar Irian Jaya.Sin embargo, yo estaba decidido a ir más allá. A medida que recopilaba información sobre la isla, ibaadquiriendo conocimientos sobre otras etnias muchomás remotas y, por tanto, menos acostumbradas a la visita del hombre blanco: los Lani, los Yali, los Asmat,los Korowai, los Kombai, los Una…De todos estos grupos yo me centre principalmen-te en dos: los Yali de las montañas - cercanos a losDani, pero instalados en un área de mucho más difí-cil acceso y mucho más puros en cuanto a la influen-cia occidental – y, sobre todos, los Korowai, ocultos yprotegidos del resto de la humanidad por una densa y cenagosa selva.Internarme en territorio Korowai, un lugar donde po-cos occidentales se habían atrevido a llegar, habitadopor algunos de los grupos más belicosos y agresivos delplaneta, aún hoy caníbales, y que construyen sus casasen las copas de los árboles, iba a convertirse, sin lugara dudas, en el reto más exigente de todo el viaje.Lo que sí tuve muy claro desde el momento que toméla decisión de embarcarme en la aventura de Irian Jaya,es que iba a ser fundamental prepararme a fondo.
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La PrÓXIMa SeMaNa
2ª parte
Le pregunte a Thonysi pasaba algo.
“Tranquilo”
- me contestó –La respuesta no meconvenció… 
“Entonces, ¿por quécogen los porteadores sus arcos y flechas?”
 
El canto dE las Marzas, la últiMa nochE dE fEbrEro, parEcE sEr dE origEn roMano, sEcristianizó dEspués Evolucionando hasta quEdar En El ritual actual quE hoy conocE-Mos dE Entonar cancionEs tradicionalEs por grupos dE hoMbrEs, con finEs jubilosos
eduardo LoSTaL
( fotógrafo)
Un cántabroen tierra caníbal
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accesible y me olvidaba de penetrar al corazón de Irian Jaya, o asumía el reto de afrontar el viaje en solitario,tal y como hizo John catorce años antes.No lo dudé. Seguiría adelante.
de CaMINoPor La JuNGLa
Cuando decidí trabajar con la misma agencia con laque había viajado a Camerún dos años antes, lo prime-ro que les dije es que no quería abandonar Irian Jayacon la sensación de que dejaba cosas por ver y queme había quedado en la superficie.Ellos me respondieron que esa sensación seríainevitable, porque las selvas de Papúaaún esconden mucho más.Me explicaron que podría inclusoaspirar a un primer contacto con al-gún grupo tribal, pero que ellos no es-taban dispuestos a acometer semejan-te objetivo.-“Deberá ser por cuenta tuya”- medijeron- “y debes tener claro que te ju-garías literalmente la vida”.También me dejaron muy claro quesi me adentraba en las “lowlands”, enterritorio Korowai, no podría ser eva-cuado pasara lo que pasara.-“Deberás entrar con tus propiaspiernas, y esas mismas piernas debe-rán sacarte de allí; tanto si caes en-fermo, como si sufres algún acciden-te. Una vez en el interior de aquella jungla estarás sólo y prácticamenteilocalizable”.Según iba recopilando más y más información so-bre los distintos habitantes de aquellas inmensas ymisteriosas extensiones cubiertas de agua y vegeta-ción, me di cuenta que las advertencias eran absolu-tamente fundadas.La llamada “línea de pacificación” es una especie defrontera natural que puede suponer la diferencia entrela vida y la muerte para el hombre blanco. La separa-ción entre el espacio de selva donde el extranjero estolerado y allí donde los Korowai Betul - The StoneKorowais, como son conocidos en la zona -, han deci-dido mantenerse absolutamente aislados del mundo y no permiten el menor intrusismo.
 Y que decir del aspecto psicológi-co. Adentrarte en mundos tan dis-pares al nuestro como las selvas deIrian Jaya, es algo que requiere un altogrado de adaptación y una adecuadamentalización.En enero de 2005 comencé a dar real-mente forma al proyecto. Leí mas sobre lazona, busqué en Internet, y me puse ma-nos a la obra para encontrar una agenciaespecializada en este tipo de viajes, que seencargara de la infraestructura, las reser- vas de vuelos, el asesoramiento, y con laque planificar adecuadamente la ruta.No creí que sería tan difícil encontraralguien interesado en encargarse de laorganización de la expedición. Especial-mente cuando explicaba las zonas dóndeestaba dispuesto a llegar.La mayoría de las agencias que traba- jan en Irian Jaya centran su actividad enlos alrededores de Wamena y en el valle de Balien. Unrecorrido por territorio Dani, que reduce sustancial-mente el nivel de exigencia del viajero.Sin embargo, alcanzar territorio Yali, y sobre todo,internarte en las lowlands, y sus impenetrables selvas,era harina de otro costal.El otro problema era el coste del proyecto. Despla-zarte grandes distancias por las montañas o selva através, sería durísimo, y, desde luego, llevaría meses,por lo que necesitaríamos contratar avionetas que nosacortaran los trayectos.Me di cuenta, entonces, que iba a tener dos alter-nativas: o reducía la expedición a un área mucho más
 
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Mis anteriores viajes me habían dotado
del bagaje y la experiencia necesaria, para saber
que la condición física es esencial para disfrutar de la
experiencia, e incluso, para salir sano y salvo de ella. Irian Jayai
ba a ser una vivencia muy exigente físicamente, por lo que,
desde el primer día me dispuse a realizar, durante los 10 meses previos
al viaje, un entrenamiento planificado específicamente para la ocasión.
Los Betul son una rama de los Korowai tremenda-mente belicosa. Temida incluso por el resto de sus vecinos.Me apasionaba la idea de llegar a contactar a estagente, pero pronto me di cuenta que podría realmente jugarme la vida en el empeño.Leí sobre varios reporteros - incluido un equipo delNational Geographic -, que habían intentado ir másallá de la “línea de pacificación”. En todos los casosdebieron salir huyendo casi inmediatamen-te, porque su seguridad comenzó a correrserio peligro.Decidí no arriesgar tanto y olvidarme porahora de los Betul.Cuando comenté a la agencia que estabadispuesto a seguir con la idea en solitario,la respuesta no fue la esperada.No les vi convencidos. Me describían elacceso a territorio Yali como altamentepeligroso debido a los precipicios y a lospuentes semidestruidos que deberíamosatravesar. Además, intentaron persuadirme de in-tentar el encuentro con las tribus Korowai,dibujando un ecosistema auténticamente in-fernal, para nadie que no estuviera acostum-brado: serpientes venenosas, sanguijuelas,arenas movedizas, un calor y una humedaddemoledores, y unas caminatas durísimascon el fango y el agua por la cintura…
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Me contaron que la última vez que se encon-traron con unos occidentales que se habíaninternado en aquella selva - un grupo de ita-lianos -, estaban desencajados, exhaustos yabsolutamente demacrados. Describían laexperiencia como “una pesadilla”, y además,tampoco habían sido capaces de avistar unsolo Korowai, algo de lo que también fui ad- vertido que podría ocurrir, debido al carác-ter nómada de este grupo, que no siemprees fácil de localizar en la jungla.-“En la selva, los Korowai pueden hacer-se invisibles para el visitante. Puedes serobservado, escudriñado a poca distanciapor ellos sin que tú seas capaz de percibirsu presencia. Encontrarles o no encontrar-les depende más de su propia decisión. Enrealidad tu poco puedes hacer; si despier-tas su curiosidad, serán ellos los que te en-cuentren a ti”.Por si fuera poco, el precio que pedíanlos misioneros jesuitas por disponer de susavionetas, para reducir trayectos era altí-simo, y el montante total de la expedición,para ser soportado por una sola persona,alcanzaba ya números que superaban el es-fuerzo que estaba capacitado a realizar.Estaba ya a principios de junio, quedabapoco más de un mes para la fecha previstapara la partida, y todo el proyecto parecíatambalearse.Por primera vez, me encontraba unpoco desconcertado y empezaba a pensarque quizás debiera aplazarlo para mejorocasión.Entonces, tuve mucha suerte.Quedaban poco más de 15 días para lafecha de partida y empezaba a resignarmea ceñir el viaje al valle de Baliem, cuandocasualmente oí hablar de un periodista cán-tabro, que había realizado varios reportajesen distintos campos de refugiados, y queestaba a punto de marchar con su mujer a Irian Jaya,para pasar una semana en el Baliem.Conseguí localizarle y él fue quién me puso en con-tacto con Alfonso Carrasco, un madrileño que dirigíauna pequeña agencia especializada en Indonesia, yque ya sabía lo que era llevar a profesionales - espe-cialmente reporteros y antropólogos -, a las zonas másremotas de las islas.Carrasco conocía Indonesia al dedillo, y sus contac-tos en Papúa, empezando por los guías, eran de losmejores del lugar..Le expliqué a Carrasco lo que pretendía y vio factibleel proyecto. Se comunicó con sus contactos de Yaya-pura y pronto tuvimos un itinerario que nos permitiría,con la ayuda imprescindible de las avionetas misio-neras, acceder a territorio Yali y a territorio Korowai y Kombai.El coste de la expedición seguía siendo alto, pero sehabía reducido sustancialmente, y yo estaba decididoa acometerlo. Volví a interesarme por los Stone Korowais y la “lí-nea de pacificación”, pero la respuesta fue idéntica ala de sus predecesores: ellos nunca traspasarían esalínea y… “allá tú si te aventuras a hacerlo”.Nuevamente aparqué la idea.En pocos días, Carrasco me consiguió los permisosnecesarios para entrar en Papúa Occidental y las tierrasaltas de la isla. El primero acababa de ser impuesto unpar de semanas antes por las autoridades indonesas,el segundo, el “Surat Jalan”, solía llevar casi un día deestancia personal en Yayapura, para su obtención. Yoacababa de ahorrarme ese día. Desde luego, AlfonsoCarrasco sabía lo que se traía entre manos.Fijamos una fecha de salida: su contacto en Jakartame estaría esperando el domingo 10 de julio. Yo debe-ría salir de España, el 9 de julio. A principios de junio comencé a preparar elequipo.Mis viejas botas no eran adecuadas para el nivel dehumedad y de agua que iban a tener que soportar, asíque me compré otras más altas, complementadas porunas polainas para protegerme mejor de las mordedu-ras de las sanguijuelas..
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La PrÓXIMa SeMaNa
3ª parte
Le pregunte a Thonysi pasaba algo.
“Tranquilo”
- me contestó –La respuesta no meconvenció… 
“Entonces, ¿por quécogen los porteadores sus arcos y flechas?”
 
El canto dE las Marzas, la últiMa nochE dE fEbrEro, parEcE sEr dE origEn roMano, sEcristianizó dEspués Evolucionando hasta quEdar En El ritual actual quE hoy conocE-Mos dE Entonar cancionEs tradicionalEs por grupos dE hoMbrEs, con finEs jubilosos
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excesivamente grande para mí…?”Mi estado de excitación estaba por las nubes y mimotivación era cada vez mayor.
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Me encanta esa sensación de dejarte llevar rumbo alo desconocido, de esa especie de calma tensa que ex-perimento los momentos previos a un viaje de estascaracterísticas.Me gusta reunirme con mis amigos a modo de des-pedida y darme algún lujo de los que no tendré a mialcance durante algún tiempo. Trato de alargar y desentir el paso de las horas…El viernes 8 de julio, a primera hora de la tarde iba atomar un avión hacia Madrid.Por la mañana traté de relajarme.Desayune en El Sardinero, me di unasauna en el Club de Tenis y paseé porReina Victoria y la península de LaMagdalena, disfrutando de aquellabelleza, que ese día me parecía aúnmás espectacular.He viajado a lugares maravillosos,pero siempre he tenido la sensaciónde tener el listón muy alto, de tener lafortuna de vivir en uno de los parajesmás bonitos del mundo…A veces, seme pasaba por la cabeza la posibili-dad de no volver a ver nunca la costade Cantabria….Por primera vez, me parecía percibircierta preocupación y temor en todo elmundo por mi causa: mis padres y her-manos, mis amigos…Lo notaba en su mirada cuandose despedían.Tras disfrutar de una buena cena, en compañía demis amigos, en Madrid, decidí acostarme; “ mejor em-pezar bien descansado”…Mi primer imprevisto no tardo en llegar, pero no tuvonada que ver con las peculiaridades de trasladarmeprácticamente a la Edad de Piedra, sino, por el con-trario, de los frecuentes contratiempos que te deparael mundo del desarrollo y de la alta tecnología: el vue-lo que debía tomar en el aeropuerto de Barajas teníaprevisto una hora de retraso.Como consecuencia, estaba claro que perdería la co-nexión a Yakarta, en el aeropuerto de Bangkok.Una de las frases más utilizadas del swahili, y que
...al atardecer, y que podría pasar delos 30 grados al medio día a cercade cero grados durante la noche. Siese cambio te coge empapado en sudor,el resultado es obvio, y si algo me pareceimprescindible evitar en situaciones tanadversas, es caer enfermo.Por eso, me compré varias camisetas denueva tecnología, cuyo tejido te mantieneseco por dentro.El botiquín también sería importante yesta vez lo doté mucho más concienzuda-mente que en otras ocasiones, incluyendo jeringas y agujas por si fuera necesario in- yectarme antibiótico por vía intravenosa,algo en lo que prefería no pensar…En sanidad exterior ya me cono-cen; saben de mis viajes y de mi interéspor llegar a zonas, normalmente pocorecomendadas.Pero esta vez, cuando mencione Irian Jaya, la doc-tora me miró con estupor.Otras veces ya había intentado persuadirme de misplanes sin éxito, así que en esta ocasión ni lo intentó.El 7 de julio revisé por última vez el equipaje. Todo es-taba preparado, la cuenta atrás había comenzado…Las noches previas a la partida me notaba inquieto;no lograba dormir bien.La adrenalina hervía en mi interior. La ansiedad ibaen aumento y se mezclaba con un cierto desasosiego,que me producía el temor a lo desconocido.Tenía dudas sobre mi propia capacidad para supe-rar las adversidades de todo tipo en que podía vermeenvuelto; “¿me habría embarcado en una aventura
 
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El agua se aparecía como
uno de los
grandes obstáculos a superar - especialmente
durante el trecking en la selva -. Llovería abundantemente
 y la mayor parte del terreno podía quedar anegado de agua, que
puede llegarte hasta la barbilla en más de una ocasión. Compré
mochilas y bolsas estancas para proteger la ropa, el equipo
fotográfico y la documentación. Para el recorrido por las montañas que integrabanel ter
ritorio Yali, me preocupaba el radical cambio de temperatura que se producía...
más engarza con la mentalidad africana es “a kunamatata”, “no pasa nada”. Así que pensé: “a kuna ma-tata”, “ya resolveré este problema cuando llegue aBangkok”.La verdad es que aquella mañana me sentía comoen una nube. Desde el momento que pisé el aeropuer-to, desconecté de todo el stress, prisas y demás senti-mientos, inherentes a la sociedad en que vivimos porestas latitudes, y me sumergí de lleno en la diferentementalidad del mundo al que me dirigía, el cual no en-tiende de ese tipo de sensaciones.Estaba absolutamente centrado en la vivencia. To-talmente mentalizado para acatar y adaptarme a cual-quier imprevisto u obstáculo que se interpusiera en elcamino. Así que, un simple retraso del vuelo no iba ainterrumpir aquella especie de “nirvana”.Mucha gente se agobia en los aeropuertos, pero paramí representan la puerta hacia la libertad, el pasadi-zo hacia el gran mundo que te espera al otro lado, dis-puesto a enriquecerte y abrir tu mente a nuevas ideas y filosofías de vida. Al desprenderme del equipaje en el mostrador defacturación, tengo la sensación de quitarme tambiénla carga del día a día. Me siento liberado y me dejo lle- var pacientemente hacia el destino elegido.De pronto, como por arte de magia, te encuentrasdentro de un pintoresco hormiguero de razas y culturasque no se parecen en nada a lo que ves habitualmen-te: negros, orientales, maletas, mochilas, pierceings,turbantes, sarhis, sombreros téjanos…Son tus “nuevos vecinos”. Ahora eres un “ciudada-no más del mundo”…El trayecto entre Madrid y Bangkok me llevaría ca-torce horas de vuelo.Entre película y película, comida y cena, y el inter-cambio de alguna palabra con la pareja, en luna demiel, que estaba sentada a mi lado, la verdad es quecatorce horas, con la vista clavada en el respaldo deenfrente, dan para pensar.Las dudas y temores sobre lo que me esperaba enIrian Jaya no dejaban de visitarme de vez en cuando y, ahora que me dirigía definitivamente hacia allí, seacrecentaban cada vez más. Canibalismo, Stone Ko-rowais, precipicios, serpientes venenosas …Eran ideasque me inquietaban y entraban en conflicto con mi de-terminación y mi entusiasmo.
de CaMINoPor La JuNGLa
De alguna manera, aquella experiencia iba a convertirseen la prueba del algodón. Iba a determinar si el concep-to que tenía sobre mí mismo como viajero se ajustabaa la realidad o, por el contrario, era ficticio.De otra parte, era la primera vez que me embarca-ba en un viaje de estas características en solitario.No tenía ni idea de cómo sería mi guía y los portado-res que estaban llamados a ser mis únicos compañe-ros de viaje.Si me pasara algo, ¿en quién me apoyaría?, ¿estaríami vida a salvo en manos de estos desconocidos?, ¿po-dría verme abandonado en mitad de la jungla al menorcontratiempo? … Recordaba las advertencias de la pri-mera agencia que contacté: “una vez en el interior dela jungla estarás sólo y prácticamente ilocalizable”. Yaera demasiado tarde para ese tipo de preguntas; no mequedaba otra opción que confiar en ellos.Con una hora de retraso sobre el horario previsto, elavión tomó tierra en el aeropuerto de Bangkok.Una vez allí, pude resolver el problema de la pérdi-da de conexión con el vuelo a Jakarta, motivado por elretraso en Madrid, y fui reubicado en el último aviónde la tarde con dirección a la capital indonesa, un vuelo de la compañía Lufthansa, que saldría ocho ho-ras después.Con tanto retraso, dispuse de muy poco tiempo paradescansar del largo viaje en el cómodo hotel que ha-bía reservado en Jakarta para tal fin.Con los primeros rayos de sol, tras haber cerradolos ojos poco más de hora y media en la habitación delhotel, vino a recogerme un joven indonesio, que debíallevarme de vuelta al aeropuerto, para tomar el vuelohacia Yayapura, capital de Papúa Occidental.La conversación que mantuve con aquel joven resul-tó tan breve como impactante y consiguió alimentaraún más mis dudas y temores.El joven de la agencia se había informado del desti-no de mi viaje a Irian Jaya y. desde el primer momen-to, intentó persuadirme de la idea.“la provincia está cerrada a occidentales desde hacemeses”-me dijo - “sólo se les facilita la entrada a aque-llos a quienes se haya concedido el nuevo permiso para viajar a la isla ” Yo le mostré el impreso que Carrasco había conse-guido para mí en la Embajada de Indonesia poco an-tes de mi partida.“¿Cómo lo ha conseguido?; este permiso es muy di-fícil de obtener”- Parecía asombrado-. Yo, la verdad, no sabía que responder. Sólo sabíaque para Carrasco había resultado relativamente fá-cil, y también sabía que el madrileño estaba muy bienrelacionado en la embajada…
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La PrÓXIMa SeMaNa
4ª parte
Le pregunte a Thonysi pasaba algo.
“Tranquilo”
- me contestó –La respuesta no meconvenció… 
“Entonces, ¿por quécogen los porteadores sus arcos y flechas?”

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