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V I A J A R
Desde el interior de la tienda de campaña
escuche gritos. Ya estaba acostumbrado a que,
entre ellos, se comunicaran de forma un tanto exagerada,
así que, en un principio, no di mayor importancia a las voces
que provenían del exterior. Sin embargo, el griterío se hizo cada
vez más intenso y comencé a percibir cierto grado de agresividad en
las entonaciones, por lo que salí de la tienda a comprobar qué pasaba. Claramente,
Thony estaba enfrascado en una fuerte discusión con el jefe del poblado.
-, dejan de ser tan contemporáneas como loes la sociedad que conocemos y a cuyos va-lores, virtudes y defectos, la mayoría de no-sotros pertenecemos…Con el tiempo creo haber encontrado larespuesta a esta pregunta.Mi abuelo materno ha sido probablemen-te uno de los miembros más desconocidos demi familia. El hecho de que fuera mexicano yque viviera en aquel país, unido a su prema-tura muerte - cuando yo era todavía un niño-, hizo que mi trato con él fuera mínimo yapenas supiera de su vida nada, más allá delsalvoconducto, firmado de puño y letra por elmismísimo Pancho Villa, que mi madre teníaenmarcado en casa, y que estaba a nombrede mi abuelo Manolo.No hace mucho tiempo, mi madre me mos-tró unas viejas películas en 16 milímetros,en las que se veía a mi abuelo durante variossafaris a África, que había realizado a media-dos del siglo XX.Rodeado de nativos semidesnudos, em-puñando arcos y flechas, mi abuelo se intro-ducía en las entrañas de un enorme elefan-te abatido.
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de CaMINoPor La JuNGLa
Las vestimentas, el atrezzo, el escenario, yel sabor del blanco y negro, me hacía pensarque, en cualquier momento, un grito atrona-ría en la selva y aparecería Tarzán, descol-gándose con lianas, tal y como tantas veceshabía visto en el cine.Más tarde encontré distintos recortes de laprensa de San Luis Potosí, en México, que na-rraba las peripecias africanas de mi antepasa-do durante una de sus expediciones. Junto a esos recortes, había otros que ha-blaban de una faceta artística y de varias ex-posiciones de pintura que D. Manuel Piñerohabía protagonizado o producido.Me vi reflejado en todo aquello. Al final, el miembro más desconocido demi familia iba a convertirse, por obra y gra-cia de los genes, en el que más me había in-fluenciado en una de las facetas más pinto-rescas de mi vida.Por supuesto, desde muy pequeño seguí conpasión las aventuras y peripecias de los másgrandes viajeros y exploradores de la historia. Y sobre todos ellos: el reportero Tintín.Fue a raíz del safari que realicé a Kenia yTanzania, en 1990, cuando comencé a sentirmi inclinación por el descubrimiento de mun-dos y experiencias nuevas y excitantes.Los 27 días que pasé acampado en la saba-na africana, en medio de la naturaleza máspura y salvaje, aquella intensa sensación delibertad, me marcaron como viajero.Un año después, viajé por primera vez ala isla de Papúa, a la parte oriental, conoci-da como Papúa Nueva Guinea, y que, a dife-rencia de la parte occidental, que pertenecea Indonesia, es independiente.En Papúa tuve mi primer contacto con las ances-trales culturas de las tribus de la zona: los Huli, los Arapesh…Mi interés por la etnografía, y por la fotografía, en-marcada en esa área acababa de nacer.Como ya dije antes, fue allí donde conocí a John ydonde tuve por primera vez conocimiento de la exis-tencia de Irian Jaya y de las tribus que se escondían,ajenas al resto del mundo, en sus tupidas, y casi inac-cesibles junglas.Todo aquello me resultaba apasionante, enorme-mente atractivo, pero entonces, la posibilidad de em-barcarme en una expedición al interior de las selvasde Irían Jaya se me antojaba un reto excesivamentepeligroso, fuera de mis posibilidades. Sin embargo, laidea nunca se me iría de la cabeza.Durante catorce años, me fui curtiendo como viajero y como fotógrafo, y mi capacidad para adentrarme enzonas remotas y adaptarme a sus exigencias de todotipo fue a más.En agosto de 2004, recién regresado de Guatemala,tomé la decisión: el próximo verano afrontaría el reto,me adentraría en lo más profundo de Papúa occidental, viajaría a Irian Jaya.Son muchas las tribus que habitan Papúa Occiden-tal. Los más populares son los Dani que se asientanen el valle de Baliem, la zona mas accesible y conoci-da por los escasos treckers y viajeros que se decidena visitar Irian Jaya.Sin embargo, yo estaba decidido a ir más allá. A medida que recopilaba información sobre la isla, ibaadquiriendo conocimientos sobre otras etnias muchomás remotas y, por tanto, menos acostumbradas a la visita del hombre blanco: los Lani, los Yali, los Asmat,los Korowai, los Kombai, los Una…De todos estos grupos yo me centre principalmen-te en dos: los Yali de las montañas - cercanos a losDani, pero instalados en un área de mucho más difí-cil acceso y mucho más puros en cuanto a la influen-cia occidental – y, sobre todos, los Korowai, ocultos yprotegidos del resto de la humanidad por una densa y cenagosa selva.Internarme en territorio Korowai, un lugar donde po-cos occidentales se habían atrevido a llegar, habitadopor algunos de los grupos más belicosos y agresivos delplaneta, aún hoy caníbales, y que construyen sus casasen las copas de los árboles, iba a convertirse, sin lugara dudas, en el reto más exigente de todo el viaje.Lo que sí tuve muy claro desde el momento que toméla decisión de embarcarme en la aventura de Irian Jaya,es que iba a ser fundamental prepararme a fondo.
V I A J A R
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P l a n e t a
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S U P L E M E N T O D O M I N I C A L
P l a n e t a
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S U P L E M E N T O D O M I N I C A L
La PrÓXIMa SeMaNa
2ª parte
Le pregunte a Thonysi pasaba algo.
“Tranquilo”
- me contestó –La respuesta no meconvenció…
“Entonces, ¿por quécogen los porteadores sus arcos y flechas?”
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