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La Terapia Narrativa - o Hanlon

La Terapia Narrativa - o Hanlon

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Published by: Juan Antonio Bustamante Donoso on Oct 29, 2010
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LA TERAPIANARRATIVA
 
La terapia narrativa y la tercera oleada de la psicoterapia 
BILL O'HANLONEste artículo es el Capítulo 20 del libro de O’Hanlon: “
Desarrollar Posibilidades 
”, (PaidosTerapia Familiar, 2001)El título original de este artículo era «The Third Wave» y fue publicado en
Family Therapy Networker 
en noviembre/diciembre de 1994.Marisa, una emigrante italiana que residía en Nueva Zelanda, trabajaba como asistenta. Aunqueera una mujer muy inteligente que hablaba un inglés impecable, su bloqueo a la hora de escribir lehabía impedido conseguir un trabajo más acorde con sus capacidades. Hacía poco, y después demás de dos decenios de infeliz matrimonio, había visitado a un vidente que le dijo que toda la vidahabía sido pisoteada «como un felpudo». Entonces se inscribió en un cursillo de autoafirmación enun centro comunitario cercano, pero durante un ejercicio de dramatización le entró el pánico y semarchó corriendo de la sala. Creía que se estaba volviendo loca. Poco después fue a ver alterapeuta narrativo David Epston y al cabo de unos minutos de iniciarse la primera sesiónexclamó: «¡Soy mala! ¡Mala! ¡Mala!».Luego Marisa le contó su vida a Epston. Había nacido en Italia justo después de la II GuerraMundial y era el vigésimo primer hijo que había tenido su madre. Muchos años después, supo quesu verdadero padre era un amigo de la familia de 72 años de edad que había estado apunto demorir cuando ella nació. Aunque durante los pocos años que le quedaron de vida su madre lehabía dado muestras de cariño, tanto ella como sus hermanos la trataban como un ser inferior,diciéndole que sólo serviría para criada. A los trece años de edad la habían enviado a Inglaterrapara que trabajara como ama de llaves para una hermana mayor y allí fue maltratada y abusadasexualmente por su cuñado. Cuando tenía 18 años de edad, decidió huir de su familia y emigró aNueva Zelanda, donde se casó y empezó a trabajar como sirvienta. Hacía poco había empezado ahartarse del papel sumiso que tenía en su matrimonio y, a veces, su ira era tan intensa que ellamisma se asustaba.Después de la sesión, Epston, que por aquel entonces estaba desarrollando su método narrativode terapia, le escribió una carta a Marisa:Por lo que he visto, el hecho de que haya contado su vida a una persona prácticamentedesconocida, una vida que en el fondo es la historia de una continua explotación, ha hecho que sehaya liberado un poco de ella. Cuando uno cuenta su vida, hace que ésta se convierta en unrelato, un relato que se puede dejar atrás y que hace más fácil crear un futuro diseñado por unomismo. [Además] su relato se debe documentar para que usted misma no lo olvide y para quepuedan disponer de él otras personas a las que usted desee inspirar. Esas personascomprenderán, como he comprendido yo, cómo se ha ido fortaleciendo usted ante lasadversidades con el paso del tiempo. Paradójicamente, todos los intentos que han hecho losdemás de debilitarla y convertirla en una esclava han fortalecido su determinación de llegar a serusted misma aunque haya sido a costa de mucho dolor y sufrimiento. Estuvo apunto de aceptar laactitud de su familia hacia usted y esto explica que se sintiera pisoteada durante tanto tiempo.Probablemente se preguntará por qué su padre la amaba tanto si su madre no la quería. Fue ella
 
quien le enseñó a ser servil, a hacer mucho por los demás y a esperar muy poco a cambio. Paraque su madre la traicionara así, inculcándole esa mentalidad de servidumbre, debió convencerse así misma de que usted era mala: de no ser así, no hubiera podido traicionarla como lo hizo. Y lasotras personas que se encargaban de usted la veían como una Cenicienta. Su familia le hizo austed lo peor e intentaba que usted creyera que esto era lo mejor que podía o debía esperarporque era «mala». Intentaron convencerla (y es indudable que lo consiguieron muchas veces) deque usted era merecedora de sus castigos y su crueldad. Su visita al vidente que le dijo que erausted como un «felpudo» fue un momento crucial en su vida y usted empezó su revolución con lapersona que tenía más a mano, su marido. Cuando usted era una esclava, eligió a un compañeroque fuera su amo y al que pudiera servir, agradecida por poder recoger las migajas de su mesa.Su marido debió de quedar mudo de asombro al escuchar sus reivindicaciones de justicia y deigualdad en su relación. No había agotado usted todas sus fuerzas en su sufrimiento y suesclavitud y empezó a tomar medidas para solucionar la situación de su familia. Empezó a aceptarsu propia experiencia ya confiar en ella, y por primera vez recurrió a su propio poder para moldearlos sucesos de su vida y romper con muchas de las cosas que la deprimían y le impedían levantarcabeza. Se demostró a sí misma que su ira estaba más que justificada. Al parecer, este cambio tanprofundo que experimentó hizo que su marido la viera con más respeto. Entonces, con más detreinta años, su propio poder salió a la superficie y usted misma acabó aceptándolo: nadie másvolvería a enterrarlo. Sentía usted tanto coraje que decidió reclamar justicia y poner las cosas ensu sitio. Y ahí trazó una línea entre su pasado y su futuro. En el pasado, su vida estaba definidapor las ideas y actitudes de los demás; en el futuro, su vida estaría definida por el amor propio y elrespeto a sí misma. Al final, la muerte de su madre la liberó: pudo usted dejar de buscar a lamadre que nunca existió. Era libre de vivir su propia vida, creyendo en usted misma, y es naturalque se sintiera asustada por la posibilidad. Recuerde que, cuando se es un prisionero, uno llega aacostumbrarse a la prisión. La libertad puede ser desconcertante y muchas personas vuelven a sucelda en busca de refugio. Creo que usted siempre ha sido consciente del daño que se le hacía yque, por esta razón, nunca se ha convertido en una verdadera esclava. Al contrario, usted ha sidocomo una prisionera de guerra, humillada, sí, pero nunca vencida. Por eso creo que es usted unaheroína y que aún no es plenamente consciente de su propio heroísmo. Varias semanas después, Marisa volvió a la terapia acompañada de su marido. Había releído lacarta muchas veces. Decía que era «la realidad misma» en negro sobre blanco y que no la podíanegar. Ahora se veía como una persona que había tenido una vida horrible, pero siempre habíasido fuerte y nunca se había sometido por completo a esa imagen tan devaluada de sí misma. Lossucesos que hacía poco la habían alarmado los veía ahora como una prueba de que por fin estabadejando atrás sus antiguas pautas de «víctima» y de que podía empezar una nueva vida. Le dijo aEpston que en aquellos momentos no sentía la necesidad de visitarlo más.Cinco años después, volvió a ponerse en contacto con Epston. Por aquel entonces se dedicaba adiseñar vestidos y le dijo: «Ahora mi vida tiene un futuro. Nunca volverá a ser como antes». Dijoque la primera sesión y la carta habían sido el principio de una nueva vida marcada por el respetoy el logro. Después había releído la carta en varias ocasiones, sobre todo cuando recordaba losabusos sexuales de su cuñado. Pero llegó un momento en que ya no necesitaba volver a leerla y,al final, la destruyó.Leí la carta de Epston a Marisa por primera vez hace unos años, cuando volvía en avión de Nueva
 
Zelanda. La encontré metida entre el material que Epston me había dado sobre la terapianarrativa. Durante todos estos años he leído docenas de casos que exponían las virtudes dealguna técnica nueva, pero éste era distinto: me hizo llorar. Me conmovía ver cómo había salvadoMarisa su vida y me maravillaba ver cómo se había logrado esta transformación.Entonces, como ahora, trabajaba principalmente con terapias breves orientadas a soluciones. Aunque de vez en cuando había observado algunas transformaciones espectaculares, la mayorparte de mi trabajo era mucho más modesto que el de Epston con Marisa. Yo ayudaba a laspersonas a salirse de las pautas en las que se habían estancado y a seguir adelante con su vida. SiMarisa hubiera acudido a mí, probablemente la habría ayudado con su bloqueo al escribir. Lehubiese preguntado qué otras cosas había llegado a dominar después de pensar que seríanimposibles. ¿Podría transferir esta sensación de competencia a la escritura del inglés?Probablemente también le hubiera preguntado cómo había aprendido a hablar ya comprender elinglés y hubiese intentado emplear los mismos métodos para ayudarle a aprender a escribirlo.Creo que habría sido capaz de ayudar a Marisa. Podría haber encontrado un trabajo mejor, podríahaber mejorado algo su vida y podría haber activado otros cambios positivos. Creo que Marisahubiera quedado satisfecha. Pero mis aspiraciones nunca habrían sido tan ambiciosas como las deEpston.«Si viene usted a mi consulta -parecía decir su carta- voy a ayudarle a reinventar su vida. Usted esmucho más que el relato que me ha contado.» Marisa no sólo iba a poder escribir: iba a conseguiruna nueva vida, una nueva oportunidad. Para Epston, en cualquier momento podía sonar la últimacampanada de nochevieja y cada sesión ofrecía la posibilidad de empezar de nuevo. Su trabajo,pensaba yo, contenía las ambiciones de la terapia a largo plazo pero en un marco temporal a cortoplazo. Sin embargo, estaba claro que había algo más y no acababa de captar del todo cómo lohabía conseguido.En los años que han pasado desde aquel día en el avión he leído y observado muchas otrasentrevistas terapéuticas de David Epston y de su amigo y ocasional colaborador Michael White, losprincipales diseñadores del método narrativo. Al principio, parecía pura magia. Entraba unapersona como Marisa, que llevaba años andando por el mismo camino, un camino que sólo parecíaconducir a más dolor y sufrimiento, pero durante la conversación aparecía una bifurcación, unnuevo camino que siempre había estado ahí, pero que, de alguna manera, había pasadoinadvertido. Y no es que nunca hubiera visto algo parecido en una sesión de te- rapia. Yo mismohabía ayudado a muchas personas a encontrar caminos en los que no habían reparado en formade soluciones y recursos que ya habían empleado con éxito en otras ocasiones y que podían volvera emplear. Otras veces las ayudaba a encontrar un nuevo destino buscando y experimentandohasta encontrar la nueva senda.Pero Epston y White parecían ir más allá: abrían puertas a nuevas identidades que parecían surgirde la nada. Era algo a la vez inexplicable, radical y elegante. Cuando la persona se sentía atrapadaen un rincón, Epston y White pintaban una puerta en la pared allí donde hacía falta y entonces,como Bugs Bunny en sus películas, se la abrían y le ayudaban a atravesarla. Yo quería aprender apintar puertas como aquéllas. Pero las primeras veces que intenté imitar lo que les había vistohacer, más que parecerme a Bugs Bunny me parecía al personaje de Elmer, que intenta atravesarlas puertas que Bugs Bunny ha pintado y lo único que consigue es darse de narices contra lapared.

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