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LA TERCERA ORILLA DEL RÍO: UNA OPORTUNIDAD PARA EL PASAJE A LOSIMBÓLICO
Licenciada Claudia Melville
Conferencia dictada en la UFM para la Semana de la Psicología 2010 organizada por la APE (Asociación de Psicólogos Estudiantes)
Introducción
El abordaje del inconsciente humano desde la literatura muchas veces nos da la oportunidad deobtener un retrato pintoresco de la psique humana. Freud se apoyó de la literatura para moldear yextender sus conceptos. Freud tuvo un interés especial en ciertos literatos como Dostoievski y suobra
Los hermanos Karamazov 
, donde analiza los conflictos inconscientes de los personajes y apartir de la cual escribe en el año 1928
Dostoievski y El
Parricidio”, obra en la cual
explica elsíntoma de epilepsia del autor como consecuencia de un sentimiento de culpa ante la muerte desu padre. Freud prestó mucha atención a la conflictiva de los personajes de Shakespeare, comoMacbeth y Hamlet, a través de los cuales el lector vivencia mucho de los conceptos psicoanalíticosmás relevantes.La literatura logra entonces captar muchos aspectos del inconsciente humano por la mismalibertad que tiene el escritor en la escenificación de su propio inconsciente a través de diversospersonajes y ambientes creados. El literato, como un paciente, elige la trama de manerasintomática y escoge a nivel consciente e inconsciente sus relatos. Sin embargo, el paciente parecetener mayores límites en cuanto a tiempo y espacio, a diferencia de los relatos literarios cuyospersonajes responden a la característica definitoria del inconsciente: su atemporalidad.Encontramos que muchos personajes sobreviven generaciones por las mismas respuestas queotorgan al inconsciente del lector.El cuento
“La tercera margen del río”
 
(La tercera orilla del río)
escrito por el brasileño JoaoGuimaraes Rosa logra representar las maniobras psíquicas que son necesarias para lograr el pasajea lo simbólico, un concepto descrito por muchos autores psicoanalíticos, cada uno con un lenguajeparticular pero adueñándose del mismo destino. Joao Guimaraes Rosa logra ilustrar esteimportante concepto a través de un cuento corto en el cual el narrador experimenta diversosconflictos psíquicos a raíz de una decisión paterna bastante paradójica que no encuadra unarespuesta y es en ese intento de hallar y elaborar soluciones que el pasaje a lo simbólico se haceposible en esta conmovedora historia.En esta conferencia se hará una revisión del concepto de lo simbólico a través del análisis de estecuento con la intención de otorgarle al oyente un espacio de posibles elaboraciones subjetivasante la paradoja del cuento.¿A qué me refiero con esto?
 
Al dictar una conferencia, se da por sentado que el que presenta sabe o es conocedor del temaque imparte. En esta conferencia particular les voy a proponer algo distinto. A pesar que muchosde los conceptos psicoanalíticos que van a escuchar en este espacio resulten objetivos yreconocidos por varios de ustedes, me gustaría que escuchen el cuento en un estado de nointegración, ¿qué quiero decir con esto? Que no pretendan encontrarle una lógica tanestructurada al cuento y que toleremos esa tensión entre lo que ya sabemos y cierto estadoposible de no-saber en lo que escuchamos. Según Winnicott, es en esa transición entre lo quesabemos y en esa tolerancia del no saber, que nos enriquecemos psíquicamente.
CUENTO
 N
uestro padre era un hombre cumplidor, ordenado, positivo y fue así desde jovencito y niño, porlo que testimoniaron las diversas personas sensatas, cuando indagué la información. De lo que yomismo recuerdo, él no parecía más extravagante ni más triste que los otros, conocidos nuestros.Solamente quieto. Era nuestra madre la que mandaba y quien a diario regañaba a mi hermana, ami hermano y a mí. Pero ocurrió que, cierto día, nuestro padre mandó que se le hiciera una canoa.Era en serio. Encargó la canoa, una especial, de cedro rojo, pequeña, sólo con la tablilla de popa,para que cupiera justo el remero. Tuvo que ser fabricada toda ella, elegida fuerte y arqueada enrígido, apropiada para durar en el agua unos veinte o treinta años. Nuestra madre mucho renegócontra la idea. ¿Sería posible que él, que no se ocupaba de esas artes, se iba a proponer ahorapesquerías y cacerías? Nuestro padre nada decía. Nuestra casa, en ese tiempo, estaba aún máscercana al río, cosa de menos de cuarto de legua: el río por ahí se extendía grande, hondo, calladosiempre. Ancho, de no poder verse la otra orilla. Y no puedo olvidarme del día en que la canoaquedó lista.Sin alegría, sin inquietud, nuestro padre se caló el sombrero y decidió un adiós. No dijo otraspalabras, ni se llevó provisiones y ropas, ni nos hizo ninguna recomendación. Nuestra madre,pensé que iba a gritar, pero persistió, solamente alba de tan pálida, mordió el labio y bramó: -"¡Vete, puedes quedarte, no vuelvas más!" Nuestro padre contuvo la respuesta. Me miró, manso,haciendo ademán de que lo acompañara, sólo algunos pasos. Temí la ira de nuestra madre, pero,de golpe, mañoso, obedecí. El rumbo de aquello me animaba, me asaltaba una idea y pregunté: -"Padre, ¿puedo ir con usted en esa canoa?" Volvió a mirarme y me dio la bendición, con un gestome mandó de regreso. Hice como que vine, pero di la vuelta en la gruta del monte para saber.Nuestro padre entró en la canoa, la desamarró para remar. Y la canoa salió alejándose, lo mismosu sombra, como un yacaré, extendida larga.Nuestro padre no regresó. No iba a ninguna parte. Sólo ejercitaba la invención de permanecer enaquellos espacios del río, de medio a medio, siempre en la canoa, para no salir de ella nunca más.Lo extraño de esa verdad espantó a la gente. Aquello que no había, acontecía. Los parientes,
 
vecinos y conocidos nuestros, se reunieron, y juntos se aconsejaron. Nuestra madre, avergonzada,se portó con mucha cordura; por eso todos atribuyeron a nuestro padre el motivo del que noquerían hablar: locura. Unos consideraban que podría tratarse del cumplimiento de algunapromesa o que, nuestro padre, tal vez, por escrúpulo de alguna enfermedad, como ser lepra,despertaba para otra suerte de vida, cerca y lejos de su familia.Las voces de las noticias eran dadas por ciertas personas -pasantes, moradores de las riberas,incluso en la lejanía del otro lado- diciendo que nuestro padre nunca surgía a buscar tierra, enningún punto o rincón, ni de día, ni de noche, del modo como cursaba el río, libre, solitario.Entonces, nuestra madre y los parientes nuestros concluyeron: que las provisiones que estuvieranescondidas en la canoa se gastarían; y, él, o desembarcaba y se alejaba yéndose para siempre, loque por lo menos se correspondía con lo correcto, o se arrepentía, de una vez, y volvía a casa.Eso era un engaño. Yo mismo cumplía con llevarle, cada día, un tanto de comida hurtada: idea quetuve, ya en la primera noche, cuando nuestra gente probó con prender fogatas a la orilla del río,mientras que a su claridad, se rezaba y se llamaba. Después, seguido, aparecí con pilocillo, pan demaíz, penca de plátanos. Avisté a nuestro padre, al fin de una hora, muy tardada de transcurrir: así solo, él allá a lo lejos, sentado en el fondo de la canoa, detenida en el liso del río. Me vio, no remóhacia acá, no hizo señas. Le enseñé la comida, la deposité en una cueva de piedras en la barranca,a salvo de alimañas, de lluvia y rocío. Eso, hice y rehíce siempre, mucho tiempo. Sorpresa que mástarde tuve: nuestra madre sabía de esa agencia, disimulaba no saberla; ella misma dejaba,facilitadas, sobras de cosas, para que yo las consiguiese. Nuestra madre no se manifestaba mucho.Hizo venir a nuestro tío, su hermano, para ayudar en la hacienda y en los negocios. Hizo venir almaestro para nosotros, los niños. Encomendó al cura que un día se paramentase, en la orilla, paraconjurar y rogar a nuestro padre que desistiera de la entristecedora porfía. Otra vez, pordisposición de ella, para amedrentar, vinieron los dos soldados. Todo lo cual no valió de nada.Nuestro padre pasaba a lo largo, entrevisto o desleído, cruzando en la canoa, sin dejar que seacercase nadie a la mano o a la voz. Incluso cuando estuvieron, no hace mucho, dos hombres delperiódico, que trajeron lancha y pretendían retratarlo, no vencieron: nuestro padre desaparecíapor el otro lado, aproaba la canoa en el brezal, de leguas, que hay, por entre juncos y matorrales, yél solo conocía, a palmos, su oscuridad.Tuvimos que acostumbrarnos a aquello. A las penas, que aquello trajo, uno nunca se acostumbró,es verdad. Lo sé por mí, que lo quería, y lo que no quería, sólo con nuestro padre lo hallaba; estotironeaba mis pensamientos para atrás. Lo duro era no entender, de ninguna manera, cómo élaguantaba. De día y de noche, con sol o aguaceros, calor, escarcha, y en los terribles fríos de lamitad del año, sin protección, sólo con el sombrero viejo en la cabeza, por todas las semanas, ymeses, y los años -sin tener en cuenta su irse del vivir. No bajaba en ninguna de las orillas, ni en lasislas y los bajíos del río, nunca más pisó suelo o pasto. Claro, que al menos, para dormir, su poco,él debería amarrar la canoa en alguna punta de la isla, en lo escondido. Pero ni prendía fueguito
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