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Guillermo Boido - Einstein: ciencia y estética. El caso del surgimiento de la relatividad especial

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Ciencia y estética: el caso del surgimiento de la relatividad especial
Guillermo Boido
Facultad de Ciencias Exactas y NaturalesUniversidad de Buenos Aires
 Ante los ojos del epistemólogo sistemático, el científico siempre debe aparecer como una especie de oportunista inescrupuloso.
Einstein
Si la naturaleza nos conduce a formas matemáticas de gran simplicidad y bellezaque nadie ha hallado anteriormente, no podemos dejar de pensar que son«ciertas», que nos descubren una característica real de la naturaleza. [...] Puedeusted objetarme que, al hablar de simplicidad y belleza, introduzco criteriosestéticos de verdad, y yo admito con toda franqueza que estoy muy influenciado por la simplicidad y la belleza de los esquemas matemáticos con los que lanaturaleza se presenta ante nosotros.
De Albert Einstein a Werner Heisenberg
1. Introducción
En julio de 1905 el joven Einstein, de veintiséis años de edad, se doctoró en la Universidad deZurich, y también publicó en la revista
 Annalen der Physic
, a intervalos de menos de ochosemanas, cuatro artículos teóricos que habrían de alterar profundamente la historia subsiguientede la física. No nos ocuparemos aquí del el primero de ellos, que trata sobre el movimiento browniano, ni del segundo, sobre el efecto fotoeléctrico (por el cual obtuvo luego el premio Nobel), sino de los restantes, “Sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento(recibido por la revista el 30 de junio) y “¿Depende la inercia de un cuerpo de su contenido deenergía?” (recibido el 27 de setiembre), complementario del anterior. Ellos fundan la llamada
teoría especial (o restringida) de la relatividad.
La génesis de la relatividad especial, y en particular el papel desempeñado en ella por elllamado “experimento de Michelson”, ha dado lugar a numerosos estudios y controversias,algunos de los cuales analizaremos en este trabajo. Esta tarea tiene notables implicancias para lafilosofía de la ciencia históricamente orientada, pues atañe a distintas concepciones de la cienciaque se han sostenido a lo largo del siglo XX y en particular a las pretensiones empiristas de queel punto de partida y la justificacn de las teorías radican en la observacn y laexperimentación. Pero antes de ocuparnos de todo ello debemos comenzar por exponer una breve síntesis del estado de la física clásica, a fines del siglo XIX, a propósito de la cuestión quenos ocupa.
2. El punto de vista clásico sobre la electrodinámica de los cuerpos en movimiento
Un sistema de referencia es llamado
inercial 
si un observador situado en él comprueba que secumple la llamada
ley de interacción
(o de acción y reacción) según la cual, si detectamos unafuerza en un cuerpo A, habrá otro cuerpo B sobre el cual actuará otra de igual intensidad pero desentido contrario a la primera. Una calesita en movimiento no es un sistema inercial porque, sinos situamos en ella, experimentaremos una fuerza que nos impulsa hacia afuera (centrífuga)
Hemos reunido aquí, con algunos agregados, dos trabajos ya publicados, Boido 2004 y Boido 2005. Este escrito nodebe ser concebido como un tercer artículo sobre el tema sino como una recopilación de textos destinada a servir afines educativos, en virtud de que los dos trabajos mencionados han tenido una difusión escasa o nula. Incluyeademás algunos fragmentos del Cap. 3 del libro de Brian Easlea mencionado en la bibliografía.
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sin que exista otro cuerpo sobre el cual actúe aquella segunda fuerza. Newton supuso que unsistema de referencia vinculado a las estrellas es un sistema inercial; de acuerdo con ello, laTierra
no es un sistema inercial 
en virtud de su movimiento rotacional y orbital (alrededor delSol) con respecto a las estrellas. Sin embargo, si se desprecian los efectos de tales movimientos,nuestro planeta puede ser considerado como un sistema de referencia aproximadamente inercial.Ya en el siglo XVII era bien sabido que, si S es un sistema inercial, también lo será otro sistemaS’ que se traslade uniformemente con respecto a S. Si admitimos que la Tierra es un sistemainercial, lo será también un vagón de ferrocarril que se mueve con velocidad constante sobrerieles rectilíneos. Pero si el tren, de pronto, tomase una trayectoria curva, el vagón dejará de ser un sistema inercial, análogamente a lo que sucedía con la calesita.En muchas oportunidades es necesario ofrecer la descripción del movimiento de un cuerpo talcomo lo hace un observador situado en un sistema inercial S cuando se conoce la descripciónhecha por un segundo observador situado en otro sistema inercial S’. En general, talesdescripciones diferirán entre sí. Por caso, si alguien camina por el vagón inercial S’ de nuestroejemplo anterior a 3 km/h en el mismo sentido en que avanza el tren, y la velocidad del tren conrespecto a la estación es de 60 km/h, el pasajero se mueve a razón de 63 km/h con respecto a laestación, S. (Y si caminase en sentido contrario, lo haría a 57 km/h.) En símbolos, si V es lavelocidad del vagón con respecto a la estación y
v’ 
la del pasajero con respecto al vagón, lavelocidad del pasajero con respecto a la estación será
v
=
v’ 
± V (donde se tomará el signo quecorresponda según el sentido de avance del pasajero). El conjunto de las sencillas ecuacionesque permiten realizar estos cómputos se denomina
transformación de Galileo
o
 galileana
.Ahora bien, en la física clásica, el movimiento de los cuerpos se describe por medio de las leyesde Newton (1687), y ocurre que tales leyes son
invariantes
con respecto a dicha transformación:tienen la misma forma en ambos sistemas, S y S’. De aquí resulta el llamado
 principio clásicode relatividad 
(debido a Galileo): si existe un sistema inercial, todos los restantes seránequivalentes, y por tanto, ninguno de ellos será
 privilegiado
. Como consecuencia, por caso, el período de un péndulo que cuelga del techo del vagón será el mismo medido por el pasajero o bien por el observador de la estación. Dicho de otro modo, esto significa que es imposibledetectar el movimiento de S’ (el van) con respecto a S (la estacn) por medio deexperimentos
 puramente mecánicos
, tales como hacer oscilar un péndulo en S’ y medir su período o dejar caer un cuerpo en S’ desde cierta altura y medir el tiempo de caída: losresultados que obtendel observador en S’ coincidirán con los que observaría S. Seimposible, para el pasajero de S’, detectar de este modo si su sistema S’, el vagón, se mueve ono con respecto a S, la estación.Por el contrario, ello no ocurre con las leyes que describen los fenómenos electromagnéticos,debidas al físico escocés James Clerk Maxwell (1873), llamadas “ecuaciones de Maxwell”, pueséstas
no son
 
invariantes
con relación a la transformación galileana. Los físicos del siglo XIXhabían introducido la noción de
éter 
, un medio material omnipresente en el universo al que seidentificaba con el espacio absoluto de Newton, y al que se consideraba “asiento” de la propagación de las ondas electromagnéticas, como la luz o las ondas de radio. Dicho de otromodo, éstas se propagarían en el éter tal como el sonido lo hace en el aire. En particular, conrespecto al “sistema inercial del éter”, S, la velocidad de la luz tendrá un valor determinado,
c
=300 000 km/s, pero la transformación galileana nos indica en este caso que para cualquier otrosistema inercial, S’, que se traslade uniformemente con respecto a S, dicha velocidad tendrá unvalor diferente. Esta diferencia permitiría detectar el movimiento de S’ con respecto a S. Si un pulso luminoso tiene velocidad
c
con respecto a S y la dirección del pulso es paralela a la detraslación de S’ con respecto a S, el observador situado en S’ medirá valores
c
+V o
c
-V (segúnel sentido del pulso), donde V es la velocidad de S’ con respecto a S. El sistema de éter, por tanto, resultaba privilegiado, y el principio de relatividad, válido para la mecánica,
no lo era para el electromagnetismo
. Sería posible, por tanto, detectar el movimiento de S’ (por ejemplo,la Tierra) con respecto a S (el éter) por medio de experimentos de cacter óptico oelectromagtico en general. Pero hasta fines del siglo XIX no se dispuso de equipos
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experimentales suficientemente precisos como para llevar a cabo el intento de poner enevidencia el movimiento de la Tierra con respecto al éter.Finalmente, el físico estadounidense Albert Michelson diseñó un experimento para detectar dicho movimiento (1881, realizado en 1887 con la colaboración de Edward Morley) pero elresultado fue sorprendentemente negativo. Se esperaba un corrimiento de la franja deinterferencia en un interferómetro diseñado por el propio Michelson, pero dicho corrimiento nose producía. Todo sucedía como si la Tierra no se moviese con relación al sistema inercial deléter. Ello creó gran confusión y perplejidad entre los físicos. Como es sabido, las teorías no sedescartan de plano por el hecho de que presenten dificultades, ya que es posible “protegerlas” por medio de nuevas hipótesis auxiliares. Así, por ejemplo, el notable físico holandés Hendrik Lorentz intentó preservar la mecánica de Newton y las ecuaciones de Maxwell, bases de lafísica clásica, por medio de hipótesis tales como la llamada del “arrastre de éter”. Sin embargo,ésta era incompatible con la observación de la aberración estelar por James Bradley (1727) ycon ciertos experimentos sobre propagación luminosa en el agua realizados por HippolyteFizeau (1851). Otros intentos similares corrieron la misma suerte. El problema generado por elresultado negativo del experimento de Michelson no estaba resuelto y uno de los aspectoscentrales de la física clásica parecía estar en crisis. De hecho, lo estaba.
3. Alternativas ante la crisis
Dos imponentes teorías de la física clásica, particularmente exitosas, se hallaban aquí en juego:la mecánica de Newton y el electromagnetismo de Maxwell. A la mayoría de los físicos de finesdel siglo XIX les resultaba inconcebible tener que modificar una u otra para poder explicar elresultado obtenido por Michelson. De allí que la alternativa a la que llamaremos [1], sostenida por Lorentz, era la de proseguir con el programa clásico, que aceptaba ambas teorías y latransformación galileana, y tratar de imaginar hipótesis tales como la ya mencionada del“arrastre de éter” u otras para impedir una catástrofe en el seno de la hasta entonces brillantefísica de Galileo, Newton, Faraday y Maxwell. Sin embargo, algunos físicos sugirieronabandonar el programa de Lorentz y optar por una de estas dos opciones:
 Alternativa [2]: el programa de Ritz 
. Consiste en aceptar que no existe un sistema privilegiado;el principio de relatividad valdría para toda la física, las leyes de Newton y la transformacióngalileana no sufrirían modificaciones, pero sería necesario reformular las ecuaciones deMaxwell. En tal caso quedaría explicado el resultado negativo de la experiencia de Michelson.Sería asunto de físicos experimentales diseñar experimentos que muestren desviaciones de laelectrodinámica maxwelliana, para que luego los teóricos reformulen las leyes delelectromagnetismo, que serían llamadas, por ejemplo, de Maxwell-Smith. En general, estas posturas corresponden a las llamadas
teorías de emisión
, la más acabada de las cuales fue presentada por el físico suizo Walter Ritz en 1906. Puesto que no modifican las venerables leyesde Newton ni la transformación galileana (pero sí la más reciente teoría de Maxwell), a estaalternativa la podemos llamar 
reformista
.
 Alternativa [3]: el programa de Einstein
. Aquí se admite que no existe un sistema privilegiadoy que el principio de relatividad es válido para toda la física, pero, si bien se aceptan lasecuaciones de Maxwell, las leyes de Newton deberán ser modificadas y perdería vigencia latransformación galileana. También en este caso se podría explicar el resultado obtenido por Michelson. Sería asunto de físicos experimentales diseñar experimentos que muestrendesviaciones de la mecánica newtoniana, para que luego los teóricos reformulen las leyes de Newton (que serían llamadas, por ejemplo, de Newton-Jones) y propongan otra transformacióndistinta de la galileana, ante la cual las ecuaciones de Maxwell sean invariantes. Éste no es otroque el programa de la teoría especial de la relatividad, propuesta por Einstein en 1905. Las(solamente) dos hipótesis fundamentales de la relatividad especial, junto con algunas hipótesisauxiliares, permiten inferir las llamadas “transformaciones de Lorentz” en sustitución de lasgalileanas. Pero ello conducía a conclusiones sorprendentes, que parecían violar todo sentido
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