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Guillermo Boido - La curiosidad y el gato

Guillermo Boido - La curiosidad y el gato

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1
 
LA CURIOSIDAD Y EL GATO
Guillermo Boido
 Novedades de Eudeba
, a.1, n.3, setiembre 1985Escrito con motivo de la reimpresión por Eudeba de
 Historia de las técnicas
, de PierreDucassé
1
Ante el solemne panorama de la cultura humanística tradicional, el científico y eltecnólogo suelen sentirse un tanto intimidados. ¿Por qué, se nos pregunta a veces,quienes dedican sus esfuerzos a la investigación científica o técnica no parecenhallarse, en lo cultural, en un pie de igualdad con el escritor o el artista? ¿Por quédifieren radicalmente las notas y comentarios que se les dedican a cada uno en losperiódicos? Al escritor se lo considera depositario de toda problemática imaginable:el compromiso del intelectual, la crisis ecológica, la política económica de turno, eldilema del ser o la violencia en el fútbol. Al científico, si se lo interroga, se lointerroga sobre tecnología y, sólo a veces, sobre ciencia. Se supone, al parecer, queen razón de su extrema especialización es incapaz de ofrecer una
Weltanschauung
tanto o más rica que la del artista o el filósofo. Las excepciones, que incluyen alcardiólogo de moda y al pediatra estrella, semejan más bien gentes que, si biensaben ciencia o tecnología, en realidad se han pasado al otro bando.
2
Dicho de otro modo, al escritor se le exigen juicios de valor; al científico,información. Como quien dijera: zapatero a tus zapatos. El suplemento "cultural" delos periódicos trata de novelistas, pintores y filósofos de índole varia; el que seocupa de "ciencia y tecnología" trata de neumáticos. La Europa del siglo XIII,recuerda Lynn White, creó a un tiempo una forma poética, el soneto, y unainnovación técnica, el botón. Nuestra educación tradicional nos exige honrar alsoneto y menospreciar al botón, si bien ambos son objetos culturales según elentender del antropólogo, para quien es cultura todo aquello que el hombre agregaa la naturaleza. Ambos, el soneto y el botón, resultaron de actos creadores ysatisficieron genuinas necesidades humanas, pero se nos ha enseñado que ambos,el soneto y el botón, conllevan valores intrínsecos muy distintos. Una concepciónnormativa de la cultura detecta en el soneto la capacidad de "elevar la vida" o"enriquecer el espíritu", mas nada semejante ocurre con la modesta condiciónterrena del botón. Con respecto al soneto, esto poco prueba: compárese a Quevedocon tanto insufrible sonetista de suplemento y se verá. Con respecto al botón, estoprueba que quienes jerarquizaron y codificaron los valores, allá por la Edad Media,no fueron humildes campesinos que en el duro invierno se abrigaban con gabanesabotonados, sino más bien aristócratas para quienes la cultura y la educación eranemolumentos de una buena vida que no exigía el uso de las manos. Así, los valoresinherentes al trabajo material, a la tecnología y a las artes manuales fueronexpulsados con desdén del prestigioso orbe de la ética. Como quien dice: zapateroa tus zapatos.
3
La curiosidad es la madre del conocimiento. Pero la curiosidad, sentencia un dichopopular, mató al gato. Esta es la ambivalencia de la ciencia y la tecnologíamodernas ante los ojos del profano. Se nos dice cómo es el interior de una estrella;se nos fabrican maravillosos fármacos para disminuir la elevada presión arterial.Pero al mismo tiempo comprobamos que la opresión política y social no cede, quemasas hambrientas agonizan en el mundo, que vivimos al borde de una catástrofeecológica o nuclear. ¿Cuál es la responsabilidad que atañe a la ciencia y a latecnología en el diseño de este trágico estado de cosas? Desde antiguo se sospechaque el conocimiento es una caja de Pandora cuya apertura supone imprevisiblescataclismos: Prometeo, Adán y Eva, Fausto, son algunas ilustres víctimas de tales
 
 
2
episodios. Nuestra sociedad actual está impregnada de la escisión entre el afán deobtener más saber y poder, y el temor de llegar a adquirirlos. Hemos convertido ala ciencia en un fetiche, y hoy la ciencia se ha distanciado de la sociedad, se haausentado del hombre concreto y el científico se ha vuelto, para decirlo conpalabras de Jacob Bronowski, "el extranjero misterioso, la voz desprovista deemoción, el experto y el dios". No ha creado la guerra, pero ha multiplicado elpoder de los mercaderes de la muerte. No ha creado la injusticia ni la estupidez,pero ha brindado medios para incrementar la eficacia de la opresión y lamasificación de la estulticia. ¿Quién podría confiar en él, en un mundo desgarradopor la irracionalidad y la pasión? ¿Cómo ignorarlo, en un mundo dependiente de latecnología científica hasta el extremo de que miles de millones de seres morirían deinanición sin ella? La curiosidad que alimenta al gato, ¿acabará por matar al gato?
4
Digámoslo de una buena vez: los sagrados preceptos del viejo humanismo nosatisfacen el hambre; la agricultura, sí. Los dueños históricos de la ética, que nohan sido nunca científicos, técnicos o artesanos, han predicado en demasía lanecesidad de una vida virtuosa a quienes, en razón de las condiciones de suexistencia social, difícilmente puedan considerarse a sí mismos como seresrazonablemente vivos. Ninguna exhortación desde un púlpito impedirá que losseñores de la guerra hagan su cotidiana movida de ajedrez en un tablero macabro.La política necrofílica de nuestro tiempo ignora a la vez las necesidades materialesy afectivas del hombre concreto y las monsergas de una ética concebida para unmundo que no existe. El nuestro ha sido modelado por revoluciones industriales,pero aún creemos que podemos eximir de juicio ético y político a los productores dela ciencia y de la técnica que les presta fundamento. Al amparo de estemalentendido, algunos de ellos aún pretenden vivir en el espléndido aislamiento delpasado, y para ellos la prédica de hombres como Russell, Einstein o Pauling siguegirando en el vacío, por indiferencia, por complicidad, por temor a malquistarse conel amo. Y también se dicen: zapatero a tus zapatos.
5
Demeter personificaba para el griego a la tierra dispensadora de frutos. Lamolienda del trigo, cuenta Pierre Ducassé, era encomendada prevalentemente a lasmujeres, hasta que la invención del molino de agua, en el siglo II a.C., las liberó deesa agobiante
y
monótona carga. Un anónimo poeta supo reconocer laespiritualidad del molino:
Retira tus manos de la muela, molinera; duerme mucho,aunque el canto del gallo anuncie el día, pues Demeter encargó a las ninfas eltrabajo que realizan tus manos.
Esta es una lección que debemos aprender: el valorpositivo o negativo que ofrece la técnica radica en su capacidad, respectivamente,de liberar o esclavizar al hombre concreto.
Cuando la lanzadera camine sola,
decíairónicamente Aristóteles,
los esclavos serán innecesarios.
Las ideologíasdemocráticas y
 
las gestas de liberación política
y
social de los siglos XVIII y XIX,que posibilitaron la abolición de la esclavitud, desdeñaron los valores de unhumanismo decadente
y
convirtieron al científico y al técnico en protagonistas.Difícilmente hubieran logrado su objetivo sin la complicidad de la cienciaexperimental
y
la tecnología, gracias a las cuales al fin la lanzadera caminó sola. Yesta es otra lección de la historia: la decisión de escoger entre un valor positivo onegativo de la técnica es una decisión política.
6
Somos lo uno
y
añoramos lo otro: tal es nuestra alteridad, la condición del amor,de la fraternidad, del arte. Nada podrá sustituir al
Quijote
o a la
Misa en si menor
de Bach. Pero sus valores,
y
aquellos emergentes de la ciencia
y
de la tecnología,deben ser hoy reformulados en términos de una renovada concepción delhumanismo. Hemos comprendido que el soneto
y
el botón son, ambos, cara
y
cruzde una misma
y
milenaria búsqueda fundacional de la libertad humana.Entendemos al humanismo como un quehacer ético incesante, autocorrectivo ymilitante. Exigimos que sus normas morales sean propuestas a modo de técnicasde convivencia social, factibles de análisis crítico, capaces de garantizar la

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