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LA BIBLIA EN DVD(EL MONTAJE DELDIRECTOR)
Jesús Zamora Bonilla
 
La Biblia en DVD (el montaje del director)
MOLINA DE ARAGÓN, SEIS GRADOS BAJO CEROHabía tenido que ir a Teruel desde Madrid para visitar a unos clientes.Se acercaba el invierno y el mal tiempo me acobardaba, así que decidí dejar micoche en el garaje y viajar en autobús. Es un viaje de menos de trescientosquilómetros, pero que dura cuatro horas y media, y eso sin lluvia o nieve. Enrealidad, esta lentitud no me pareció un inconveniente, porque, frente a lacontinua prisa de mi vida cotidiana, el tener todas aquellas horas, y otras tantasen el viaje de vuelta, para poder pasarlas leyendo con toda tranquilidad, sinninguna otra obligación, me parecía un verdadero regalo, así que hice acopiode tres o cuatro volúmenes prometedores, además de un par de periódicos, yme embarqen el autos paladeando mi suerte. El viaje de ida fuerealmente como lo había previsto, y, después de hojear pausadamente losperiódicos, cayó de un solo golpe un libro apasionante acerca del cromosomaY, no todas cuyas afirmaciones me parecieron correctas o pertinentes, pero talcosa no hacía sino avivar mi interés por su lectura. El viaje de retorno, encambio, fue bastante peor. Una tormenta de nieve hizo que recorriéramos laprimera parte del camino a paso de tortuga, los otros libros que llevaba nodespertaron tanto interés en mí como el primero, y además, habíamos salidotan temprano que aún no había periódicos a la venta en Teruel cuando montéen el autobús. Para colmo de males, el conductor llevaba puesta una emisoracuyas canciones estridentes nos impedían conciliar el sueño a los pasajeros,aunque sin duda el hombre lo hacía con la precavida intención de mantenerse
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La Biblia en DVD (el montaje del director)
despierto durante el camino. Así que, cada dos por tres, no podía evitar levantar la vista de mis lecturas y pasarme largos minutos contemplando lanieve caer, aunque para ello tea que frotar los empañados cristalescontinuamente. El autobús que une Madrid y Teruel hace una parada de casimedia hora en Molina de Aragón, una ciudad pequeña, muy importante siglosatrás por estar situada a mitad del camino entre los reinos de Aragón y Castilla,pero que quedó casi aislada desde el siglo XIX por la apertura de nuevascarreteras y líneas de ferrocarril bastante más al norte. Aquella mañana pudecomprobar que el clima tampoco había favorecido el destino de la villa, pues esposiblemente la más fría de todo el país. Una pareja de policías municipalesestaban esperando que el autobús estacionase para decirle al conductor que lacarretera de Guadalajara, por donde habíamos de proseguir nuestro viaje,estaría cortada mientras las máquinas quitanieves la dejaban practicable, locual aún llevaría una hora, por lo menos. Así que los escasos viajeros nosvimos condenados a matar el tiempo en un pequeño bar.La mayoría de los otros pasajeros eran trabajadores inmigrantes, queviajaban en grupos de dos o tres, y que, con la excepcn de algunossudamericanos, hablaban entre sí en lenguas que yo no comprendía. Cavilépor un momento sobre las razones que cada uno de ellos podía tener paraaquel viaje intempestivo; seguramente se ganarían la vida haciendo trabajos deuno o de pocos días en donde les surgiese. El único pasajero que parecíaespañol, además de mí mismo, era un hombre de unos cincuenta y tantosaños, enfundado en un abrigo de paño negro, abrochado hasta arriba, pero quedejaba ver el alzacuello de un sacerdote. Yo no tea mucha gana deconversación, tras haber llamado a mi casa para anunciar la fastidiosa demora
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