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Interdiscursividades. De hegemonías y disidencias. Marc Angenot

Interdiscursividades. De hegemonías y disidencias. Marc Angenot

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Published by Alexandra Navarro
Marc Angenot se considera un “analista del discurso”. Acerca de esta función dice: “…El analista del discurso/historiador de las ideas se ocupará de describir y explicar las regularidades en lo que se dice, se escribe, se fija en imágenes y artefactos en una sociedad. En las esquematizaciones que narran y argumentan y que, en un determinado estado de la sociedad, están dotadas de inteligibilidad y aceptabilidad y parecen esconder “encantos” particulares, el analista intentará identificar funciones y apuestas (enjeux) sociales. Las prácticas discursivas son hechos sociales y, en consecuencia, hechos históricos. 1
El analista ve en lo que se escribe y se difunde en una sociedad dispositivos que funcionan independientemente de los usos que cada individuo les atribuye, que existen fuera de las conciencias individuales y que están dotados de un poder social en virtual del cual se imponen a una colectividad, con un margen de variaciones, y se interiorizan en las conciencias. Ésta es, aplicada a lo conceptual-discusivo, la definición misma de un hecho social según Émile Durkheim.
Contrariamente a los manuales de retórica que abordan los razonamientos, deducción e inducción, como fenómenos intemporales regulados por normas eternas, yo estudio especialmente la argumentación (que es inseparable de otros mecanismos de puesta en discurso) como un hecho histórico y social. La historia retórica es el estudio de la variación histórica y sociológica de los tipos de argumentación, los medios de prueba, los métodos de persuasión. De allí que yo atribuya a la palabra “razonable” un sentido relativo: este término se refiere al conjunto de los esquemas persuasivos que han sido aceptados en alguna parte y en un momento dado o que son aceptados en un medio particular, en una determinada comunidad ideológica, como sagaces y convincentes, mientras que, al mismo tiempo, son considerados como “aberrantes” en otros sectores o en otros momentos.

1 No me parece problemático adoptar, para el estudio del sigloXX, la categoría de “discurso” en un sentido amplio, capaz de incluir todos los dispositivos y géneros semióticos – la pintura, la iconografía, la fotografía, el cine y los medios masivos – susceptibles de funcionar como un vector de ideas, representaciones e ideologías…”

La perspectiva de Angenot retoma lo que se narra y se argumenta, no es reducible a lo colectivo, a lo estadísticamente difundido: se trata de extrapolar de esas “manifestaciones individuales” aquello que puede ser funcional en las “relaciones sociales”, en lo que se pone en juego en la sociedad y es vector de “fuerzas sociales” y que, en el plano de la observación, se identifica por la aparicion de regularidades, de previsibilidades. En ese proyecto de un análisis de los discursos como productos sociales, el lector habrá reconocido un eco de los principios de Durkheim ([1895]), 1968).

El discurso social, dice el autor, - si acaso tiene alguna relación con la lengua normativa, la “lengua literaria” de una sociedad – no tiene relación con la “lengua” de los lingüistas. Si bien el discurso social es la mediación necesaria para que el código lingüístico se concrete en enunciados aceptables e inteligibles, la perspectiva sociodiscursiva permanece heurísticamente alejada del ámbito de la lingüística. Ambas perspectivas parecen irreconciliables, y el análisis de los lenguajes sociales es antagonista (como, según mi parecer, demuestra toda la investigación contemporánea) de la descripción de “la lengua” como un sistema cuyas funciones sociales deben ser, en cierto modo, neutralizadas, escotomizadas. Sin embargo, el discurso social, al igual que el “código” lingüístico, es aquello que ya está allí, aquello que in-forma el enunciado particular y le confiere un estatus inteligible.

Porque todo discurso concreto (enunciado) descubre siempre el objeto de su orientación como algo ya especificado, cuestionado, evaluado, envuelto, si así pudiera decirse, por una bruma ligera que lo
Marc Angenot se considera un “analista del discurso”. Acerca de esta función dice: “…El analista del discurso/historiador de las ideas se ocupará de describir y explicar las regularidades en lo que se dice, se escribe, se fija en imágenes y artefactos en una sociedad. En las esquematizaciones que narran y argumentan y que, en un determinado estado de la sociedad, están dotadas de inteligibilidad y aceptabilidad y parecen esconder “encantos” particulares, el analista intentará identificar funciones y apuestas (enjeux) sociales. Las prácticas discursivas son hechos sociales y, en consecuencia, hechos históricos. 1
El analista ve en lo que se escribe y se difunde en una sociedad dispositivos que funcionan independientemente de los usos que cada individuo les atribuye, que existen fuera de las conciencias individuales y que están dotados de un poder social en virtual del cual se imponen a una colectividad, con un margen de variaciones, y se interiorizan en las conciencias. Ésta es, aplicada a lo conceptual-discusivo, la definición misma de un hecho social según Émile Durkheim.
Contrariamente a los manuales de retórica que abordan los razonamientos, deducción e inducción, como fenómenos intemporales regulados por normas eternas, yo estudio especialmente la argumentación (que es inseparable de otros mecanismos de puesta en discurso) como un hecho histórico y social. La historia retórica es el estudio de la variación histórica y sociológica de los tipos de argumentación, los medios de prueba, los métodos de persuasión. De allí que yo atribuya a la palabra “razonable” un sentido relativo: este término se refiere al conjunto de los esquemas persuasivos que han sido aceptados en alguna parte y en un momento dado o que son aceptados en un medio particular, en una determinada comunidad ideológica, como sagaces y convincentes, mientras que, al mismo tiempo, son considerados como “aberrantes” en otros sectores o en otros momentos.

1 No me parece problemático adoptar, para el estudio del sigloXX, la categoría de “discurso” en un sentido amplio, capaz de incluir todos los dispositivos y géneros semióticos – la pintura, la iconografía, la fotografía, el cine y los medios masivos – susceptibles de funcionar como un vector de ideas, representaciones e ideologías…”

La perspectiva de Angenot retoma lo que se narra y se argumenta, no es reducible a lo colectivo, a lo estadísticamente difundido: se trata de extrapolar de esas “manifestaciones individuales” aquello que puede ser funcional en las “relaciones sociales”, en lo que se pone en juego en la sociedad y es vector de “fuerzas sociales” y que, en el plano de la observación, se identifica por la aparicion de regularidades, de previsibilidades. En ese proyecto de un análisis de los discursos como productos sociales, el lector habrá reconocido un eco de los principios de Durkheim ([1895]), 1968).

El discurso social, dice el autor, - si acaso tiene alguna relación con la lengua normativa, la “lengua literaria” de una sociedad – no tiene relación con la “lengua” de los lingüistas. Si bien el discurso social es la mediación necesaria para que el código lingüístico se concrete en enunciados aceptables e inteligibles, la perspectiva sociodiscursiva permanece heurísticamente alejada del ámbito de la lingüística. Ambas perspectivas parecen irreconciliables, y el análisis de los lenguajes sociales es antagonista (como, según mi parecer, demuestra toda la investigación contemporánea) de la descripción de “la lengua” como un sistema cuyas funciones sociales deben ser, en cierto modo, neutralizadas, escotomizadas. Sin embargo, el discurso social, al igual que el “código” lingüístico, es aquello que ya está allí, aquello que in-forma el enunciado particular y le confiere un estatus inteligible.

Porque todo discurso concreto (enunciado) descubre siempre el objeto de su orientación como algo ya especificado, cuestionado, evaluado, envuelto, si así pudiera decirse, por una bruma ligera que lo

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Published by: Alexandra Navarro on Nov 08, 2010
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08/10/2013

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