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Ciceron - La Leyes

Ciceron - La Leyes

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01/06/2013

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Biblioteca Virtual AntorchaLas leyes de Cicerón
Presentación.
El escrito que aquí publicamos, Las leyes, es, por desgracia un tratado incompleto queconsta de tres libros y que, originalmente, se piensa, habría sido conformado por seis.Igualmente se presupone que no fue publicado en vida de su autor, puesto que, a decir delos eruditos, presenta una notoria falta de pulido tanto en su estructura como en su estilo,lo que, se afirma, Cicerón no hubiere jamás permitido.Sin embargo, la gran importancia de este incompleto tratado, consiste, en nuestra opinión,en que se trata de un texto que aborda el derecho romano de la República.Por lo general, cuando se hace mención del derecho romano, refiérese al derechoimperial, incluso, en muchísimas ocasiones, trátase únicamente del derecho romano deOriente, mal llamado bizantino, y, en muy pocas ocasiones es posible abundar sobre, yválgasenos la redundancia, el derecho romano de la Roma de Italia y no de la deConstantinopla.Tal característica de esta obra resulta, para nosotros, fundamental, puesto que da luz auna concepción del derecho romano republicano, por lo general, lo repetimos, arrinconadaa meras referencias de píe de página en las obras de derecho romano.Esperamos que todo aquel que lea esta edición virtual, logre conformarse una idea másamplia del derecho romano de la Roma de Italia, en la época de la República, lograndocon ello dar más amplitud y proyección al concepto mismo del derecho romano.
Chantal López y Omar Cortés
 
LIBRO PRIMERO
IAtico.- Ciertamente, se reconoce aquel bosque y aquella encina de Arpino,frecuentemente leídos por mí en el Mario (1). Si aquella encina permanece; esto es, enverdad, porque es muy vieja.Quinto.- Permanece, verdaderamente, Atico nuestro, y siempre permanecerá; porque fueplantada por el ingenio, y por el cultivo de ningún agricultor puede ser sembrado un árboltan duradero como por el verso de un poeta.Atico.- ¿De qué modo, en fin, Quinto? y ¿qué es eso que siembran los poetas? Porqueme pareces, alabando a tu hermano, darte tu voto (2).Quinto.- Sea así enhorabuena. SIn embargo, mientras hablen las letras latinas, no faltaráa este lugar una encina que sea dicha de Mario, y ella, como afirma Scévola (3) del Mariode mi hermano, encanecerá por siglos innumerables.Si no es que por casualidad ha podido tu Atenas tener en la ciudadela su olivo sempiterno(4), o, porque el Ulises de Homero dijo haber visto él en Delos una palma grande y flexible(5), muestran hoy la misma; y muchas otras cosas permanecen por conmemoración enmuchos lugares por más tiempo que pudieron estar por naturaleza. Por lo cual, aquellaencina glandífera, de la que en otro tiempo echó a volar, la dorada mensajera de Júpiter,vista con admirable figura.Ahora sea ésta; pero cuando la tempestad o la vetustez la haya consumido, habrá, contodo, en estos lugares una encina a la cual llamen encina de Mario.Atico.- No lo dudo, ciertamente; pero, no ya de ti, Quinto, sino del poeta mismo; quierosaber esto: si hayan plantado tus versos esa encina, o hayas aprendido el hecho deMario; tal como escribes.Marco.- Te responderé, en verdad; pero no antes que me hayas respondido tú mismo,Atico, si, ciertamente, no lejos de tu casa, paseando Rómulo, después de su muerte,dijere a Julio Próculo que él era un dios, y que se llamaba Quirino, y mandare que enaquel lugar le fuera dedicado un templo (6); y en Atenas, no Iejos asimismo de aquellaantigua casa tuya, arrebatare a Oritia el Aquilón (7); porqué así se ha transmitido.Atico.- ¿Para qué, en fin, y por qué preguntas esas cosas?Marco.- Para nada, ciertamente, sino para que no inquieras demasiado díligentemente enaquellas cosas que de ese modo hayan sido entregadas a la memoria.Atico.- Pero muchas cosas que hay en el Mario son indagadas si sean fingidas overdaderas; y por algunos se pide de ti aun severidad, porque debe exigirse, ya en unamemoria reciente, ya en un hombre de Arpino.
 
Marco.- Y yo deseo ¡por Hércules! no ser reputado yo mentiroso; pero, sin embargo, Tito,lo hacen imperitamente esos algunos que exijan en ese ensayo la verdad, no como de unpoeta, sino como de un testigo. Y no dudo que no reputen ellos mismos, ya que Numatuvo coloquios con Egeria, ya que fue puesto un bonete a Tarquinio por un águila.Quinto.- Entiendo, hermano, reputar tú que unas leyes han de ser observadas en unahistoria, otras en un poema.Marco.- Si, como quiera que en aquélla se refieran á la verdad cada una de las cosas, enéste a la delectación la mayor parte. Aunque tanto en Herodoto, el padre de la historia,como en Teopompo, hay innumerables fábulas.
Notas
(1) Arpino (Arpinum), en el Lacio, fue patria de Cicerón, y en una aldea inmediata, Cereate, nació Mario. Enhonor de éste escribió aquél en eu primera juventud un poema del que nos quedan unos pocos versos, enlos cuales se encuentra precisamente el pasaje en que Mario, desterrado, pasando por el bosque de Arpino,ve que un águila remonta el vuelo desde una encina, llevando una serpiente en las garras, a la que destrozaa picotazos, arrojándola a tierra ensangrentada, y, ante aquel espectáculo, cobra Marío nuevos ánimos.(2) Esto es, alabarte a ti mismo, porque Quinto era también poeta.(3) No se sabe si el augur o el pontifice, pero es lo más probable que se trate del primero.(4) El que, según la tradición, había hecho surgir Atena, cuando se verificó el certamen en que, paramerecer el honor de dar su nombre a la ciudad, ella y Neptuno procuraron ofrecer la cosa más útil, dandoéste como tal el caballo.(5) Aquella bajo la cual Latona había dado a luz a Diana y a Apolo.(6) En el Quirinal, nombre derivado de Quirino, y donde se habia verificado la aparición y edificado eltemplo, estaba situada la casa Panfiliana, que habitaba Atico.(7) Según la leyenda, Aquilón ó Bóreas (el viento del Norte) arrebató a Oritia, hija del rey de Atenas Erecteo, junto al río Iliso o al monte Areópago.

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