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LOS AÑOS DE APRENDIZAJE DE WILHELM MEISTERGOETHE
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Librodot Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister Goethe
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LIBRO PRIMERO
CAPÍTULO PRIMERO
LA representación tardaba en acabar. La vieja Bárbara se había asomado varias veces ala ventana para ver si se dejaba oír el traqueteo de los coches. Esperaba a Mariana, su bellaseñora, que hoy en el sainete fascinaba al público vestida con uniforme de oficial. La esperabacon más impaciencia de la habitual, a pesar de que sólo le tenía preparada una cena frugal,pues esta vez iba a sorprenderla con un paquete que Norberg, un joven y prósperocomerciante, le había enviado por correo como muestra de que, aun lejos de su amada, no laolvidaba.Su condición de antigua criada, confidente, consejera, mediadora y gobernanta leotorgaba a Bárbara el derecho de abrir la correspondencia. Aquella tarde había resistidomenos que nunca la curiosidad, porque estaba más interesada que la propia Mariana en losfavores del generoso pretendiente. Para la más grande de sus alegrías había encontrado en elpaquete no sólo una pieza de muselina y las más novedosas cintas para Mariana, sino tambiénuna pieza de indiana, pañuelos para el cuello y un rollo con dinero para ella. ¡Con cuántasimpatía y agradecimiento se acordó del ausente Norberg! ¡Con cuánta resolución se propusoponderarlo ante Mariana, y recordarle lo mucho que le debía y lo merecedor que era éste de sufidelidad!Extendida sobre la mesita, la muselina, cuyo tono era avivado por las cintas medioenrolladas, parecía un regalo de Navidad. La disposición de las luces realzaba el brillo delobsequio; todo estaba en orden cuando la vieja oyó los pasos de Mariana subiendo la escaleray corrió a recibirla. Pero cómo retrocedió sorprendida cuando aquel pequeño oficial femenino,sin reparar en sus carantoñas, pasaba de largo y, con una prisa y una agitación inusuales,penetraba en el cuarto, arrojaba su sombrero de plumas y su espada sobre la mesa y se ponía apasear de un lado a otro del cuarto y no le dedicaba ni una sola mirada a las luces que habíansido dispuestas y encendidas con solemnidad.-¿Qué ocurre, corazoncito? -exclamó la vieja sorprendida-. Por el amor de Dios, ¿qué tepasa, hijita? ¡Mira estos regalos! ¿Quién puede habértelos enviado sino el más entrañable detus amigos? Norberg te ha mandado esta pieza de muselina para que te hagas ropa de dormir.Muy pronto lo tendrás a él mismo aquí; me parece más solícito y más entregado que nunca.La vieja se giró para mostrarle aquello con lo que también ella había sido obsequiada,pero en esto Mariana, apartándose de los regalos, exclamó con vehemencia:-Deja, eso!, ¡déjalo! Hoy no quiero oír nada de todo ese asunto. Yo te obedecí, tú loquisiste y bien está. Si vuelve Norberg, seré otra vez suya; tuya es mi voluntad; haz de mí loque quieras; pero hasta entonces quiero ser dueña de mí misma, y, aunque tuvieras millenguas no lograrías disuadirme de mi empeño. Quiero entregarme al que me ama y al que yoamo. ¡No frunzas el ceño! Quiero abandonarme a esta pasión como si fuera a durareternamente.A la vieja no le faltaban objeciones ni consideraciones en contra; pero, como lasanteriores discusiones se habían tornado violentas y agrias, Mariana se abalanzó sobre ella yla abrazó. La vieja rió con ganas.-Tendré que procurar que venga de traje largo si quiero mantenerme con vida.¡Suélteme! Espero que la muchacha me pida perdón por el mal trago que me ha hecho pasar elbrioso oficial. Fuera la guerrera y todo lo demás. Es un traje muy incómodo y por lo visto,peligroso para usted. A usted las charreteras la trastornan.La vieja había apoyado la mano sobre Mariana, ésta se zafó.
 
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-No tan rápido -exclamó-. Todavía espero visita esta noche.-Eso no esta nada bien -repuso la vieja-. ¿No se tratará de ese muchacho joven, blandoy poco refinado que es hijo de un comerciante?-De ése se trata precisamente.-Parece como si la generosidad empezara a ser su pasión dominante -respondió conretintín la vieja-, porque usted carga con entusiasmo con los inmaduros y faltos de patrimonio.Tiene que ser muy agradable que a una la adoren como benefactora desinteresada.-¡Haz las burlas que quieras! ¡Le amo!, ¡le amo! ¡Con qué fascinación pronuncio porprimera vez estas palabras! Ésta es la pasión que tanto tiempo me he imaginado, pero que nopodía concebir. Sí, quiero abrazarlo, quiero arrojarme a sus brazos como si fuera a estarrodeada por ellos toda una eternidad. Quiero demostrarle todo mi amor, quiero gozar de todala inmensidad de su amor.-¡Cautela! -dijo la vieja con calma-, ¡cautela! He de interrumpir su alegría con unaspalabras: Norberg viene. En catorce días estará aquí. He aquí la carta que venía acompañandoa los regalos.Aunque el sol de la mañana quisiera arrebatarme a mi amado, lo ignoraría. ¡Catorcedías! ¡Eso es una eternidad! ¿Qué no puede pasar en catorce días?, ¿qué no puede cambiar entanto tiempo?En esto entró Wilhelm. ¡Con cuánta viveza corrió ella a su encuentro!, ¡con cuántoentusiasmo abrazó él aquel uniforme rojo y apretó contra su pecho aquel chaleco de rasoblanco!¿Quién se atrevería a describir, quién seria capaz de expresar la alegría de dosamantes? La vieja se apartó rezongando, nosotros también nos marchamos para dejar a lapareja a solas con su dicha.
CAPÍTULO SEGUNDO
A la
mañana siguiente, al saludar Wilhelm a su madre, ésta le reveló que su padreestaba muy disgustado y que en breve iba a prohibirle sus visitas diarias al teatro.-Aunque yo misma voy a veces al teatro -continuó-ahora debo maldecirlo, pues tudesmedido apasionamiento por esta afición perturba la tranquilidad de mi hogar. Tu padre merepite siempre: ¿qué utilidad tiene? y ¿cómo se puede perder así el tiempo?-Ya he tenido que oírselo decir -repuso Wilhelm- y tal vez le haya contestado convehemencia; pero, por el amor de Dios, madre, ¿es inútil todo aquello que no llenarápidamente la bolsa de dinero, todo aquello que no nos procura una posesión inmediata? ¿Noteníamos espacio suficiente en nuestra casa antigua? ¿Acaso era necesario que mandásemosconstruir una nueva? ¿No emplea mi padre anualmente una sensible parte de sus gananciascomerciales para el embellecimiento de las habitaciones? ¿No son inútiles también estatapicería de seda y estos muebles ingleses? ¿No podríamos contentamos con menos? Almenos yo confieso que estas paredes con franjas, con estas flores mil veces repetidas, estasguirnaldas, cestitos y figuras me producen una impresión plenamente desagradable. No meparecen más atractivas que el telón de nuestro teatro. Pero, ¡qué diferente es estar sentado anteél! Aunque haya que esperar mucho, se alzará y entonces veremos los más variados objetosque nos entretienen, ilustran y ennoblecen.-Pero modera tu pasión por él -dijo la madre-. Tu padre también quiere compañía por lanoche y cree que el teatro te dispersa y, al final, cuando se disgusta, me echa a mí la culpa.Cuántas veces tengo que reprocharme haberte regalado aquella Navidad de hace doce años elteatro de marionetas que fue el que os despertó el gusto por el espectáculo.-No maldiga el teatro de marionetas, ni se lamente por su amor y sus cuidados.Aquellos fueron los primeros momentos felices que disfruté en nuestra nueva y vacía casa.Todavía tengo presente aquel momento, recuerdo la especial sensación que tuve cuando,después de haber recibido nuestros habituales regalos de Navidad, nos hicieron tomar asiento
Comment [.1]:
A Goethe se le confió el teatro demarionetas que había sidopropiedad de su abuela paterna,Cornelia. La preparación demontajes escénicos caseros supusosu primer contacto con la escena.La importancia de esta experienciainfantil se manifiesta en lareiterada mención de la misma.Tanto en este pun¬to como en Lavocación teatral de WilhelmMeister (libro I) y en Poesía yverdad (libro I, 2).
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