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«Glosas a
Umbrales del Naufragio
de Arturo Borra», Leonardo Torres Londoño
Sin duda, el vínculo que une a Arturo Borra con las palabras, nos permite tener en lasmanos sus «Umbrales del naufragio»: el mismo apego que le tenemos a las últimaspertenencias después del hundimiento, cuando aún no sabemos para qué nos servirán en esaotra orilla, pero son la reliquia insignificante de un antes añorado y es todo lo que tenemospara no quedarnos a solas con la mera precariedad de nuestra existencia.Porque ¡cuánta desolación!,cuánta imposibilidad recorren sus poemas: «En todoanhelo/ hay enjambres ávidos de una miel/ imposible», «si lanzaste tu cuerpo al cieloimposible». Al final se pregunta uno de qué lado de esos umbrales nos hallamos: no puede serque estemos llegando apenas, el libro está escrito desde este paisaje sin materia posible,desunido, fragmentado y más que fragmentado, tan dislocado que sólo quien ha vivido más deuna estancia en parajes tan postreros puede escribirlos con su propia médula. Entonces, a laluz de los últimos poemas (el lugar más oscuro está bajo la lámpara dice un proverbio chino),el lector puede decirse, de manera abusiva e ingenua, que quizás deberíamos aprehender estosumbrales desde el otro lado, como si pudiéramos dar la espalda a ese desierto socavado querecorremos en la lectura y vislumbrar, ya no el lugar abolido de donde venimos sino ese«lugar vacío/ que te deja llegar», donde la «poesía es una promesa» y «la escritura sobrante»puede ser esa «especie / que agoniza». Pero mientras se agonice, aunque la inconsistencia delas palabras sea esa agonía, hay vida.Para un libro de esta densidad la apnea es indispensable, porque no hay posibilidad desubir a la superficie (ya no la hay) para tomar aire. Cuando se escribe desde «los oficios de laceguera», cuando «la ceguera es anatomía de la mirada» y que sólo se «ensaya / en lapenumbra», como lo dicen los poemas inaugurales, sabemos que estamos traspasando unumbral del que será difícil salir indemne. Y es que nada está en pie, no queda nada; del fervoro de la gracia apenas sobrevive la amnesia (Fervor), el poeta va por una «superficie / de vacío / sin sabercuándo fueron los incendios / que me convirtieron en ceniza». Su morada que seconfunde consigo mismo es «una ranura que espía el cielo», su nacimiento fue sólo un«pasaje a la intemperie», su mirada hacia el pasado sólo encuentra un mundo roto, unainfancia «alzada en sacrificio»: es un mundo donde «todos se han ido», y en el que todo escuchillo (la pregunta, la respuesta, la bocanada, la belleza).«Umbrales del naufragio» se podría acercar a Pierre Reverdy, cuya poesía es de unainconsolación total. La postura es diferente, sin duda, pues en él es el individuo (el mismoReverdy) el que está roto frente a un mundo hostil pero consistente; en «Umbrales delnaufragio», en cambio, todo el entorno está descuajado y el individuo que ha sido puesto allí no puede más que deshacerse a sí mismo como si fuera, en negativo, la única forma deexistencia posible. El lector se pregunta junto con el poeta «¿Por qué nunca hay descanso / enesta meseta calcinante?» y es que el naufragio lo llevamos «a bordo», la existencia se juega enese atravesar hacia otra orilla (pero ¿cuál?), acompañado por el eco de las heridas que«también viajan», sin dejar de insistir en medio del agua en «este murmullo» que son laspalabras que no lo dejan, que no le dejan callar y que, en la oscuridad, buscan acaso susilencio en el poema mismo como una «última estrategia / de la promesa», estrategia por lacual «voz
 y
silencio / dejarán de traicionar la noche».Con todo, veo el libro como un rescate de la palabra, a pesar de ella, sin duda, porquees lo único que nos queda cuando ya no queda nada más que la desolación y es lo que intentaArturo Borra en cadapágina, quemándola al sol de sus imágenes,como si quisiera, desde el
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