Índice
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Las enseñanzas
Capítulo I...........................................................................................................................6Capítulo II........................................................................................................................10Capítulo III .......................................................................................................................16Capítulo IV .......................................................................................................................28Capítulo V........................................................................................................................34Capítulo VI .......................................................................................................................40Capítulo VII ......................................................................................................................43Capítulo VIII.....................................................................................................................48Capítulo IX .......................................................................................................................51Capítulo X.......................................................................................................................54Capítulo XI .......................................................................................................................59
INTRODUCCIÓN
DURANTE el verano de 1960, siendo estudiante de antropología en la Universidad de California, los Ángeles,hice varios viajes al suroeste para recabar información sobre las plantas medicinales usadas por los indios dela zona. Los hechos que aquí describo empezaron durante uno de mis viajes. Esperaba yo un autobúsGreyhound en un pueblo fronterizo, platicando con un amigo que había sido mi guía y ayudante en lainvestigación. De pronto se inclinó hacia mí y dijo que el hombre sentado junto a la ventana, un indio viejo decabello blanco, sabía mucho de plantas, del peyote sobre todo. Pedía mi amigo presentarme a ese hombre.Mi amigo lo saludó, luego se acercó a darle la mano. Después de que ambos hablaron un rato, mi amigo mehizo seña de unírmeles, pero inmediatamente me dejó solo con el viejo, sin molestarse siquiera enpresentarnos. El no se sintió incomodado en lo más mínimo. Le dije mi nombre y él respondió que se llamabaJuan y que estaba a mis órdenes. Me hablaba de "usted". Nos dimos la mano por iniciativa mía y luegopermanecimos un tiempo callados. No era un silencio tenso, sino una quietud natural y relajada por ambaspartes. Aunque las arrugas de su rostro moreno y de su cuello revelaban su edad, me fijé en que su cuerpo eraágil y musculoso.Le dije que me interesaba obtener informes sobre plantas medicinales. Aunque de hecho mi ignorancia conrespecto al peyote era casi total, me descubrí fingiendo saber mucho, e incluso insinuando que tal vez leconviniera platicar conmigo. Mientras yo parloteaba así, él asentía despacio y me miraba, pero sin decir nada.Esquivé sus ojos y terminamos por quedar los dos en silencio absoluto. Finalmente, tras lo que pareció untiempo muy largo, don Juan se levantó y miró por la ventana. Su autobús había llegado. Dijo adiós y salió de laterminal.Me molestaba haberle dicho tonterías, y que esos ojos notables hubieran visto mi juego. Al volver, mi amigotrató de consolarme por no haber logrado algo de don Juan. Explicó que el viejo era a menudo callado oevasivo; pero el efecto inquietante de ese primer encuentro no se disipó con facilidad.Me propuse averiguar dónde vivía don Juan, y más tarde lo visité varias veces. En cada visita intenté llevarloa hablar del peyote, pero sin éxito. No obstante, nos hicimos muy buenos amigos, y mi investigación científicafue relegada, o al menos reencaminada por cauces que se hallaban mundos aparte de mi intención original.El amigo que me presentó a don Juan explicó más tarde que el viejo no era originario de Arizona, donde nosconocimos, sino un indio yaqui de Sonora.Al principio vi a don Juan simplemente, como un hombre algo peculiar que sabía mucho sobre el peyote y quehablaba el español notablemente bien. Pero la gente con quien vivía lo consideraba dueño de algún "saber secreto", lo creía "brujo". Como se sabe, la palabra denota esencialmente a una persona que, posee poderesextraordinarios, por lo general malignos.Después de todo un año de conocernos, don Juan fue franco conmigo. Un día me explicó que poseía ciertosconocimientos recibidos de un maestro, un "benefactor como él lo llamaba, que lo había dirigido en una especiede aprendizaje. Don Juan, a su vez, me había escogido como aprendiz, pero me advirtió que yo deberíacomprometerme a fondo, y que el proceso era largo y arduo.Al describir a su maestro, don Juan usó la palabra "diablero". Más tarde supe que ése es un término usadosólo por los indios de Sonora. Denota a una persona malvada que practica la magia negra y puedetransformarse en animal: en pájaro, perro, coyote o cualquier otra criatura. En una de mis visitas a Sonora tuveuna experiencia peculiar que ilustraba el sentir de los indios hacia los diableros. Iba yo conduciendo un auto denoche, en compañía de dos amigos indios, cuando vi a un animal, al parecer un perro, cruzar la carretera. Unode mis compañeros dijo que no era un perro, sino un coyote enorme. Disminuí la velocidad, y me acerqué a lacuneta para verlo bien. Permaneció unos cuantos segundos más al alcance de los faros y luego corrió aadentrarse en el chaparral. Era sin duda un coyote, pero del doble del tamaño ordinario. Hablandoexcitadamente, mis amigos convinieron en que era un animal muy fuera de lo común, y uno de ellos indicó que
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