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Libros Sangrientos III

Libros Sangrientos III

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Published by Chikhlozho Nublada

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11/10/2013

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Título de la edición original:
 Books of Blood, III 
Traducción del inglés: Santiago Jordán SempereEscaneado y corregido por oñacsE en febrero de 2002Licencia editorial para Círculo de Lectorespor cortesía de Editorial Planeta, S.A.Clive Barker, 1984Depósito legal: B 3866-1991ISBN 84-226-3244-6ÍNDICEHijo del celuloideRex, el hombre-loboConfesiones del sudario (de un pornógrafo)Víctimas propiciatoriasRestos humanos
Para Roy y Lynee
HIJO DEL CELULOIDE
UNO: TRAILER
Barberio se sentía bien a pesar de la bala. Naturalmente, le molestaba el pecho al respirardemasiado fuerte y la herida de su muslo no tenía buen aspecto, pero ya le habían pegadoalgún tiro antes sin quitarle la sonrisa de la boca. Por lo menos era libre: eso era lo principal.Nadie –juró–, nadie le volvería a encerrar, se mataría antes de que lo detuvieran de nuevo. Sino tenía suerte y lo acorralaban, se metería la pistola en la boca y se volaría la tapa de lossesos. De ninguna manera volverían a arrastrarlo vivo a aquella celda.
 
La vida era demasiado larga para quien estaba encerrado contando los segundos. Lehabían bastado un par de meses para aprender esa lección. La vida era larga, repetitiva ycorrosiva, y si no te andabas con ojo, pronto empezabas a pensar que era mejor morir antesque prolongar la existencia en la cloaca en que te habían metido. Mejor ahorcarse con elcinturón a medianoche que enfrentarse al tedio de otras veinticuatro horas, con sus ochenta yseis mil cuatrocientos segundos.Así que se lo jugó todo a una carta.Primero compró una pistola de estraperlo en la prisión. Le costó todo lo que tenía y unpuñado de pagarés a devolver fuera si quería seguir vivo. Luego siguió la primera instruccióndel manual: trepar la pared. Y el Dios que ampara a los ladrones de bodegas le protegióaquella noche porque como hay Dios que subió volando aquel muro y salió pitando sin queun solo perro le olisqueara los talones.¿Y la policía? Desde el domingo metieron la zarpa en todos los sentidos, buscándoledonde jamás había estado, declarando a su hermano y su hermanastra sospechosos de darlerefugio cuando ni siquiera sabían que hubiera escapado, publicando un informe detallado conuna descripción de su persona antes de entrar en la cárcel, cuando pesaba diez kilos más queahora. De todo eso se enteró por Geraldine, una mujer a la que había cortejado en los buenostiempos, que le vendó la pierna y le dio la botella de Southern Comfort que ya llevaba casivacía en el bolsillo. Recogió su bebida y su simpatía y siguió su camino, confiando en lalegendaria estulticia de la ley y en el dios que ya le había llevado tan lejos. Lo llamaba Sing-Sing. Se lo representaba como un tipo gordo con una sonrisa de oreja a oreja, un salami deprimera en una mano y una taza de café solo en la otra. Para Barberio, Sing-Sing olía como elseno del hogar materno cuando su madre todavía estaba bien de la cabeza y él era su alegría ysu orgullo.Lamentablemente, Sing-Sing miraba a otra parte cuando el único policía con ojos delince de toda la ciudad vio a Barberio escurrirse por un callejón como una serpiente y loreconoció gracias a aquel obsoleto pero exhaustivo informe. Era un poli joven (no debía tenermis de veinticinco años) dispuesto a convertirse en héroe, demasiado estúpido paracomprender el significado del disparo de aviso de Barberio. En lugar de cubrirse y permitirque éste escapara, había precipitado el desenlace al dirigirse por la calle directamente haciaél.Barberio no tuvo opción. Disparó.El poli replicó. Sing-Sing debió interponerse desviando la trayectoria de la bala que,dirigida al corazón de Barberio, le hirió en la pierna, y haciendo que el disparo de éstealcanzara al policía en plena nariz. El ojos de lince se cayó como si acabara de recordar quetenía una cita con el suelo y Barberio se alejó rezongando, sangrando y asustado. Nuncahabía matado a un hombre, y empezó por un policía. Toda una introducción al arte.Pero Sing-Sing todavía estaba de su lado. La bala de la pierna le dolía, pero los cuidadosde Geraldine habían cortado la hemorragia y el licor había hecho maravillas contra el dolor.Medio día más tarde seguía ahí, cansado pero vivo, después de atravesar cojeando la mitad deuna ciudad tan atestada de policías sedientos de venganza que parecía un desfile de psicóticosen el baile de disfraces de una comisaría. Ya sólo le pedía a su protector un lugar en el quedescansar un poco. No demasiado, sólo lo suficiente para recobrar el aliento y preparar suspróximos movimientos. Tampoco le vendrían mal una o dos horas de sueño.El caso es que cada día el dolor le devoraba más el estómago. Tal vez debería buscar unteléfono después de descansar un poco, volver a llamar a Geraldine, conseguir queconvenciera a un doctor para que lo viera. Pensaba salir de la ciudad antes de medianoche,pero esa posibilidad le parecía ahora muy remota. Por peligroso que fuera tendría quequedarse en aquel lugar una noche y quizá casi todo el día siguiente; huir a campo abiertocuando hubiera recobrado fuerzas y le hubieran sacado la bala de la pierna.
 
¡Dios, cómo le ardía el estómago! Estaba seguro de que se trataba de una úlceraprovocada por la mugrienta bazofia que llamaban comida en la penitenciaria. Muchos teníanproblemas de estómago y de intestinos allí dentro. Se sentiría mejor después de unos cuantosdías de pizzas y cervezas, sin ninguna duda.La palabra
cáncer 
no figuraba en el vocabulario de Barberio. Nunca había pensado enuna enfermedad mortal, y menos en relación consigo mismo. Era como si un buey, ya en elmatadero, se quejara de que le dolía una pezuña mientras se encaminaba hacia la pistola delmatarife. Un hombre de su gremio, siempre rodeado de instrumentos letales, no cuenta conmorir de una enfermedad de estómago. Pero ésa era la causa de su dolor.El solar que estaba detrás del Movie Palace había sido un restaurante, pero hacía tresaños que un incendio lo arrasó y aún no habían quitado los escombros.Volver a edificar no reportaría beneficios, y nadie había demostrado demasiado interéspor la parcela. Los vecinos zascandilearon por la zona, pero eso fue en los sesenta y aprincipios de los setenta. Durante esa década vertiginosa florecieron los locales de diversión:restaurantes, bares, cines. Pero luego vino la inevitable depresión. Cada vez venían menoschavales por esta zona a gastarse el dinero: había nuevos locales de moda, nuevos sitios enque dejarse ver. Los bares quebraron, y con ellos los restaurantes. Sólo quedó, como vestigiode días más prósperos, el Movie Palace, en un distrito cada año más desastrado y peligroso.La jungla de enredaderas y vigas podridas que atestaba el solar abandonado le iba deperlas a Barberio. La pierna le hacía ver las estrellas, se tambaleaba de puro cansado, y eldolor de estómago se hacía más intenso. Necesitaba urgentemente un lugar sobre el que dejarreposar su greñuda cabeza. Apurar el Southern Comfort y pensar en Geraldine.Era la una y media del mediodía; el solar era un lugar de citas para los gatos. Cuandoapartó unas vigas y se deslizó en la oscuridad se escondieron espantados. Su refugio apestabaa orines –de hombre y de gato–, a basura y a restos de antiguas hogueras, pero a él le parecióun santuario.Buscando el apoyo de la pared trasera del Movie Palace, Barberio se reclinó sobre suantebrazo y vomitó todo el Southern Comfort mezclado con acetona. Unos niños habíanconstruido una guarida improvisada con vigas, tablones quemados y hierros dobladosparalelamente al muro. Ideal, pensó, un santuario dentro de un santuario. Sing-Sing le sonreíacon las quijadas grasientas. Gimiendo un poco –tenía el estómago fatal esa noche– se arrastrópor la pared hasta el cobertizo y entró por la puerta.Otra persona había dormido en aquel lugar: al sentarse sintió bajo él una arpillerahúmeda y a su izquierda una botella tintineó contra un ladrillo. El aire estaba impregnado deun olor sobre el que no quería pararse a pensar; era como si las cloacas salieran a lasuperficie. A fin de cuentas el rincón era escuálido: pero resultaba más seguro que la calle. Sesentó contra el muro del Movie Palace y expulsó sus temores con un suspiro lento y largo.A una manzana, o quizá media, se oyó el aullido desconsolado de un coche de policía, ysu recién conquistada sensación de seguridad desapareció de golpe. Se estaban acercando, loiban a matar, estaba convencido. Se habían limitado a seguirle el juego, dejándole quecreyera haber escapado, pero sin dejar de dar vueltas, como tiburones, elegantes ysilenciosos, hasta que estuviera demasiado cansado para oponer resistencia. Mierda: habíamatado a un policía, qué no harían con él cuando lo tuvieran a solas entre sus manos. Lo ibana crucificar.«Bueno, Sing-Sing, ¿y ahora qué? Deja de poner esa cara de sorpresa y sácame de ésta.»Durante un rato no ocurrió nada. Y entonces el dios le sonrió en su imaginación, y notópor casualidad unas bisagras en su espalda.¡Mierda! Una puerta. Estaba recostado contra una puerta.

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